Wavves atraviesan un momento particularmente fértil. Han sabido resistir el vaivén de las tendencias generacionales sin renunciar a la música que los catapultó a la fama hace ya más de una década, demostrando que aquel surf punk de pulsión urgente, optimismo contenido y estribillos infalibles sigue contando con un público fiel. En su reciente visita a Madrid dejaron claro que no viven únicamente de la nostalgia de aquellos años dorados, sino que el material incluido en su último LP ‘Spun’ aporta matices nuevos y ensancha su repertorio con solvencia. Nathan Williams, aquejado de problemas vocales derivados de algún tipo de afección respiratoria que le obligó a visitar al médico la misma mañana del concierto, supo sobreponerse a las circunstancias y sostuvo la actuación con una profesionalidad incuestionable.
La velada se abrió con No Fucks, elección plenamente acertada. En el contexto español pueden considerarse herederos no tanto del sonido concreto de Wavves como de su estructura formal y de ese espíritu pop punk asociado a la luz del sol y a la iconografía playera, aunque inevitablemente tamizado por el carácter asturiano que impregna su propuesta. Su concierto evocó cierta nostalgia, pues de aquella escena de jóvenes bandas de guitarras que hace una década miraban con fascinación a la costa oeste estadounidense queda hoy poco o casi nada. Elisa, batería del grupo, confirmó desde el escenario que solo lleva dos tatuajes, uno dedicado a su propia banda y otro con una frase de Wavves, detalle que reforzó el vínculo simbólico entre ambos proyectos. Tras un tiempo prolongado alejados de los escenarios, su regreso se antojaba justificado. Ofrecieron un directo conciso y sin rodeos en el que no faltaron sus temas más celebrados como ‘Punkipop’, ‘Antes lo sospechaba’, ‘Muerte por asco’ y, por supuesto, ‘En la cama’, probablemente la canción que mejor dialogó con el espíritu de la noche. Como teloneros, cumplieron con creces y dejaron el deseo de que pronto lleguen nuevas composiciones.
Sin apenas demora, Wavves irrumpieron en el escenario con una energía desbordante. ‘Way Too Much’ funcionó como declaración de intenciones y marcó los derroteros de la noche: estribillos concebidos para acelerar el pulso, líneas de bajo densas y una euforia dosificada con inteligencia. El público, sorprendentemente heterogéneo, componía un mosaico generacional que invitaba a preguntarse si algún algoritmo reciente ha contribuido a renovar la base de seguidores. Dentro del pogo, la mezcla resultaba tan diversa como entusiasta. La sensación era la de estar ante una cita irrepetible, quizá porque con Nathan Williams nunca se sabe qué puede deparar el futuro. El repertorio, medido con precisión, fue desplegando sus joyas en el momento exacto. ‘King of the Beach’, situada en tercer lugar, desencadenó la respuesta colectiva que se espera de un concierto de Wavves y consolidó la comunión entre banda y audiencia.
No todo fue arrebato festivo. También hubo espacio para la faceta más sombría y contenida del grupo, esa que cristalizó hace más de doce años en ‘Afraid of Heights’. Recuperaron el tema homónimo en un gesto que reivindica su condición de melancólicos a su manera. Los coros surferos persistieron, aunque teñidos de un aire más reflexivo, casi susurrado, subrayando que Wavves también funcionan como banda sonora para momentos en los que la vida pierde su brillo. Desde ahí enlazaron con ‘So Bored’, síntesis perfecta de esa apatía existencial que atraviesa parte de su cancionero, y más tarde con ‘Take on the World’, donde la narrativa de la autoaversión parecía buscar un punto de cierre. Demostrada la amplitud de su registro dentro de unos parámetros estilísticos muy definidos, llegó la recta final con la vertiginosa y reciente ‘Bonzo’ y con ‘No Shade’, momento en el que Nathan dividió al público en dos mitades para provocar el pogo más intenso de la noche.
A medida que avanzaba el concierto, el desgaste físico del cantante se hacía evidente. Su aspecto se fue apagando y los signos de dolor de garganta resultaban visibles, pero ni siquiera esa merma restó intensidad al desenlace. ‘Green Eyes’ sirvió como catarsis final, desatando el caos festivo que certificó que la velada había merecido la pena. Wavves continúan siendo una celebración en sí mismos, independientemente de las circunstancias. En un presente convulso, refugiarse en su música sigue siendo, para muchos, una forma legítima de resistencia y de alegría compartida.
