La evolución de Turnstile ha sido un viaje fascinante que ha dejado a muchos seguidores del hardcore original con sentimientos encontrados, mientras que una nueva ola de oyentes se ha sentido atraída por sus texturas más accesibles y su inclinación hacia estructuras melódicas poco convencionales dentro del género. Con 'NEVER ENOUGH: VERSIONS', el grupo no se limita a publicar un puñado de remezclas sin alma, sino que orquesta un experimento social y musical cediendo las riendas de su Grammy a una veintena de creadores que van desde la crudeza del death metal hasta el pop más refinado, pasando por el ambient y el jazz. La chispa que enciende este proyecto parece ser el deseo de comprobar hasta dónde puede estirarse la elasticidad de sus composiciones cuando son filtradas por sensibilidades tan dispares, una apuesta arriesgada que convierte el álbum en un termómetro de la salud creativa del grupo y de su capacidad para generar diálogos con esferas aparentemente incompatibles.
El contraste más abrupto llega con la aportación de Dying Fetus, que convierte 'Birds' en una descarga de ferocidad que apenas supera los dos minutos, como si el tema hubiera sido sometido a una licuadora de distorsión y velocidad que lo despoja de cualquier rastro de su forma original para ofrecer un guiño a los puristas del sonido más agresivo. Frente a esa explosión, la versión de 'Ceiling' firmada por Hayley Williams apuesta por una atmósfera contenida donde la voz se eleva sobre un lecho de armonías que evocan cierta espiritualidad, otorgando a la letra un peso que en la versión primigenia pasaba más desapercibido entre capas de guitarra y percusión. Por su parte, Elton John imprime su sello en 'Seein' Stars' con un piano que destella y un registro vocal que añade una capa de teatralidad casi cinematográfica, aunque el resultado final no logra despegar del todo porque la canción parece resistirse a ser vestida con ese ropaje tan característico del británico. Estas tres intervenciones, tan dispares entre sí, marcan los polos entre los que se mueve el resto del álbum, estableciendo un eje que va desde el respeto reverencial hasta la deformación casi irreverente del material original.
La selección de colaboradores revela una estrategia de expansión que conecta con un ecosistema musical amplio, donde nombres como Blood Orange o Oklou aportan texturas etéreas y minimalistas que subrayan la faceta más íntima y reflexiva de las canciones, mientras que figuras como Four Tet o Floating Points introducen capas de electrónica que transforman los temas en piezas bailables y abstractas al mismo tiempo. Angel Du$t, con su versión de 'Sunshower', irrumpe con una energía que conecta directamente con las raíces del grupo, ofreciendo un contrapunto a las propuestas más atmosféricas y recordando que la violencia sónica sigue siendo una herramienta válida para expresar determinados estados de ánimo. En el otro extremo, la reinterpretación de 'Magic Man' a cargo de Alex G adopta un enfoque lo-fi que desnuda la estructura de la canción hasta dejarla en un esqueleto de melodía y ruido, una apuesta por la imperfección que dialoga con la producción pulida de otros cortes y genera una tensión interesante entre lo deliberadamente descuidado y lo meticulosamente construido. Esta galería de enfoques convierte el disco en un museo donde cada sala exhibe una lectura distinta del mismo cuadro, y el visitante debe decidir si prefiere la copia fiel o la abstracción más radical.
La diversidad de registros no oculta que algunas de las versiones resultan más convincentes que otras, y esa irregularidad forma parte del encanto y del riesgo asumido por el grupo al abrir la puerta a creadores con visiones tan personales. La propuesta de Slayyyter sobre 'Birds' se mueve en un terreno electroclash que resulta pegadizo pero superficial, como si la cantante hubiera aplicado su fórmula habitual sin indagar en los recovecos emocionales que la letra podría ofrecer, mientras que la lectura de 'Dull' por A.G. Cook introduce un filtro industrial que transforma el tema en una pieza robótica y fría, acertada en su intención de deshumanizar la canción pero quizás demasiado distante como para generar empatía. Estos desaciertos, sin embargo, se ven compensados por momentos de genuina revelación, como la versión de 'Slowdive' que Shabaka Hutchings convierte en una travesía jazzística de vientos y percusión que se aleja tanto del original que casi podría considerarse una composición nueva, demostrando que la reinterpretación más audaz es también la que mayores frutos puede dar cuando el intérprete posee una voz propia y definida. La sensación general que deja el álbum es la de un friso en constante movimiento, donde las piezas encajan o chirrían según la distancia que el colaborador decida tomar respecto al punto de partida.
El sentimiento que subyace a todo el proyecto es el de una celebración comunitaria que trasciende lo puramente musical para adentrarse en el terreno de las alianzas y los afectos compartidos, como si Turnstile estuvieran tejiendo una red de complicidades que va más allá de la simple promoción cruzada. La presencia de artistas como Julien Baker o Mustafa aporta un componente emocional que conecta con la tradición del folk y el soul más desgarrador, añadiendo capas de significado a unas letras que en su concepción original podían pasar por meros vehículos para la energía física. Este enfoque coral dota al álbum de una calidez que contrasta con la frialdad de algunos experimentos electrónicos, creando un tira y afloja entre el corazón y la razón que mantiene al oyente en un estado de alerta constante. La decisión de no incluir apenas versiones interpretadas por los propios miembros del grupo refuerza la idea de que este trabajo no es un ejercicio de autocomplacencia, sino una carta de presentación de su ecosistema creativo, una manera de decir que su música pertenece a una comunidad más amplia que la formada por los cinco integrantes originales.
En conjunto, 'NEVER ENOUGH: VERSIONS' se erige como un documento de su tiempo, una instantánea de un momento en el que las fronteras entre géneros se han vuelto permeables y los artistas se mueven con soltura entre mundos que antes parecían impermeables, y Turnstile aprovechan esa circunstancia para tender puentes con figuras tan dispares como el pop más radiante y el metal más visceral. La irregularidad del resultado final no empaña el mérito de la operación, porque el mero hecho de reunir a una nómina tan variada y conseguir que cada uno deje su huella sin que el conjunto se desmorone ya supone un logro considerable en el panorama actual. El álbum invita a reflexionar sobre la naturaleza de la autoría y sobre cómo una canción puede mutar sin perder su identidad, aunque en este viaje algunas piezas queden por el camino y otras brillen con una luz inesperada que las hace más valiosas que la suma de sus partes originales.
Conclusión
Turnstile se embarcan en una expedición colaborativa que desnuda la arquitectura de sus composiciones, revelando su capacidad para mutar en registros opuestos sin que su esencia se diluya por completo.

