Desde que aterrizaron con aquel derroche de melodías soleadas hace ya ocho años, el trío de Halifax The Orielles ha recorrido un camino marcado por la curiosidad y la negativa a repetir fórmulas. Su evolución los llevó primero a terrenos bailables y posteriormente a incursiones en el arte sonoro más abstracto, una progresión que en su cuarto larga duración parece encontrar un punto de engarce entre aquellos primeros destellos pop y las lecciones asimiladas en sus entregas más recientes. La gestación del trabajo tuvo lugar en dos entornos radicalmente opuestos, un estudio en Hamburgo y una antigua fábrica reconvertida en la isla griega de Hydra, y esa dualidad geográfica impregna cada surco de un plástico que confronta lo orgánico con lo industrial, lo cálido con lo clínico, sin que ninguna de las dos fuerzas termine de imponerse a la otra.
La apertura con 'Three Halves' sumerge de inmediato en esa ambivalencia, con guitarras que adoptan texturas ásperas y un bajo que serpentea entre la penumbra antes de que la voz de Esmé Hand-Halford emerja con una claridad casi fantasmal. No hay rastro aquí de la inmediatez gozosa de sus inicios, sino una construcción pausada que juega con el silencio y la saturación, como si la ciudad nocturna a la que aluden respirara entre los amplificadores. A medida que avanza, la pieza muta hacia un estado de mayor densidad sin perder nunca esa cualidad evanescente, y ese equilibrio entre lo tangible y lo etéreo se convierte en una constante a lo largo de todo el minutaje. Los cambios de dinámica no responden a estructuras previsibles, sino que fluyen con una lógica interna que recompensa la escucha atenta, desvelando capas que inicialmente permanecían ocultas tras el muro de distorsión.
En 'Tears Are' despliegan un artefacto de aristas punzantes que recuerda por momentos a la new wave más intelectual, aunque la comparación se queda corta en cuanto la pieza gira hacia una sección acústica de una delicadeza inesperada. La repetición de la frase “sympathetic shapes” actúa como ancla en medio de un mar de cambios rítmicos y texturales, y es ahí donde la voz de Hand-Halford adquiere una dimensión casi escultórica, moldeando el espacio que dejan los instrumentos cuando se retiran. La capacidad para transitar del ruido organizado a la serenidad pastoril sin que la costura se note es uno de los mayores aciertos de un conjunto que nunca subraya sus propios hallazgos, sino que los presenta con una naturalidad pasmosa. Piezas como 'Ember' profundizan en esa exploración, con un bajo que mantiene un pulso hipnótico mientras capas de electrónica minimalista y guitarras folk se superponen sin llegar a saturar el panorama.
La influencia de los espacios de grabación se hace más evidente en cortes como 'All in Metal', donde la percusión adquiere una sequedad metálica y los arreglos de cuerda se deslizan con una elegancia traviesa que complica cualquier intento de clasificación genérica. Por el contrario, 'The Woodland Has Returned' respira la holgura de las tardes mediterráneas, con un entramado de guitarras acústicas y pianos que sostienen un dueto vocal de una calidez contenida. Esa capacidad para evocar paisajes sin recurrir a la postal turística habla de una madurez compositiva que no necesita de grandilocuencias para transmitir sensaciones. Incluso cuando abordan estructuras más reconocibles, como en el ecuador luminoso de 'Tiny Beads Reflecting Light', la inclusión de pequeños detalles disonantes o cambios de tempo impide que la comodidad se instale, manteniendo al oyente en un estado de alerta benévola.
El tramo final del elepé reserva algunos de sus momentos más arriesgados, como la turbadora 'You Are Eating a Part of Yourself', que parte de acordes reverberantes para construir una masa sonora de una densidad casi física antes de desvanecerse y dejar únicamente el piano y la voz susurrando versos incómodos sobre la dificultad de elegir sin traicionarse. La referencia velada a la disonancia cognitiva no se queda en mero ejercicio intelectual, sino que encuentra en la música un correlato perfecto, con texturas que se expanden y contraen como la respiración de alguien que intenta mantener la calma en medio de una discusión. Por su parte, 'Wasp' juega al escondite con el oyente, lanzando estímulos sonoros que parecen venir de todas direcciones a la vez, desde palmadas electrónicas hasta campanas que podrían doblar por una era ya extinguida.
El cierre con 'To Undo the World Itself' explota las cualidades más etéreas de la voz principal, sumergiéndola en un baño de guitarras sostenidas que crecen hasta casi desbordar el marco estéreo para luego replegarse y dejar que unas pocas notas floten en el aire como interrogantes sin respuesta explícita. A lo largo de los cuarenta y cuatro minutos de duración, el conjunto demuestra que la experimentación no está reñida con la emoción directa, y que es posible abordar temas como la pérdida, la dualidad o la autodestrucción sin caer en el patetismo ni en la abstracción vacía. La decisión de mantener la producción limpia pero no aséptica, de dejar que los instrumentos respiren y que las voces ocupen su lugar sin imponerse, contribuye a crear una atmósfera en la que cada escucha revela nuevos matices, nuevas aristas de un prisma que gira lentamente mostrando caras distintas según la luz que reciba.
Conclusión
En el nuevo disco de The Orielles, las texturas ásperas y los pasajes de una serenidad casi pastoral conviven en un equilibrio inestable, reflejando la complejidad de aceptar la propia naturaleza contradictoria que tiene todo lo que nos rodea.

