La carrera de Robyn ha sido una constante reinvención dentro de la música pop, construyendo un universo propio donde las pistas de baile funcionan como espacios seguros para el desamor y la euforia. Con su noveno álbum, la artista sueca vuelve a situarse en el centro de su propia narrativa tras un periodo marcado por el fin de una relación de larga duración, un evento que actuó como catalizador para cuestionar todo lo que creía saber sobre el amor, la sexualidad y la maternidad en solitario. Este nuevo trabajo nace desde esa necesidad de desmontar estructuras emocionales, aunque el resultado final presenta una mezcla desigual donde la ambición por abarcar tantos frentes termina por diluir parte de su impacto.
‘Really Real’ abre el conjunto con una escena de intimidad fallida que resulta tan incómoda como certera, situando al oyente en medio de un desencuentro donde la protagonista planea su huida mientras finge estar presente. El giro hacia una conversación telefónica con su madre introduce esa dualidad que recorre todo el trabajo: la fragilidad que busca consuelo y la fortaleza que se construye desde la independencia. La guitarra que irrumpe hacia el final no se limita a ser un recurso estilístico, sino que representa sonoramente la fractura de una realidad compartida. Sin embargo, este arranque prometedor establece un nivel de intensidad que el resto del álbum no siempre logra sostener, dejando la sensación de que la chispa inicial se va apagando conforme avanzan los cortes.
La revisión de su propio catálogo se convierte en uno de los ejes compositivos, aunque el ejercicio resulta de doble filo. ‘Blow My Mind’, que en su versión original de 2002 era una declaración de seducción, se transforma aquí en una oda al hijo de la artista, reconfigurando por completo el sentido de la letra. Esta operación de resignificar el pasado demuestra inteligencia narrativa, pero también evidencia cierta dependencia de materiales previos que resta impulso a la búsqueda de nuevos caminos. Algo similar ocurre con ‘Sucker For Love’, rescatado de su colaboración con Röyksopp, que conserva ese espíritu lúdico pero no termina de justificar su inclusión más allá del guiño a los seguidores de siempre.
La pieza que da título al conjunto pretende ser el manifiesto de esta nueva etapa, exponiendo sin filtros la experiencia de someterse a tratamientos de fertilidad mientras se mantiene una vida sexual activa. Frases como "My body’s a spaceship with the ovaries on hyperdrive" buscan normalizar realidades que la cultura pop suele silenciar, y la intención resulta loable. El problema reside en la ejecución: el rap sobre bases electrónicas se vuelve farragoso, y el humor pretendido termina rozando lo forzado. Lo que en manos de otra artista podría pasar por una excentricidad menor, en Robyn choca con la sofisticación que ha caracterizado sus mejores trabajos, dejando la impresión de que la necesidad de ser disruptiva pesa más que la naturalidad del gesto.
En los momentos donde la producción se despeja, la artista encuentra espacios para la matización que en los cortes más recargados quedan sepultados. ‘It Don’t Mean A Thing’ destaca precisamente por su contención, permitiendo que la voz transite entre la negación, la bravata y el desconsenso sin necesidad de estribillos grandilocuentes. Las imágenes que maneja, como "You cut my flowers, I loved you like sin, true love forever / Stupid forever", funcionan como fragmentos de un diario personal que la cantante expone sin artificios. Estos momentos demuestran que cuando la producción se retira, la escritura gana en precisión y la artista consigue conectar con esa mezcla de euforia y melancolía que siempre fue su sello.
La colaboración con Max Martin en ‘Talk To Me’ recupera la fórmula que la impulsó al estrellato mundial, con una estructura de pop electrónico pensada para llenar estadios. Este retorno a las raíces comerciales puede interpretarse como un guiño a su propia historia, pero también revela cierta dificultad para trascender los códigos que ella misma estableció hace más de una década. El resto de cortes se mueven entre la electrónica de corte ochentero y las texturas más contemporáneas, creando una amalgama que no termina de definirse. La sensación que perdura es la de un trabajo que intenta abarcar demasiadas direcciones sin consolidar ninguna, como si la artista no acabara de decidir si quiere mirar al pasado con nostalgia o construir un lenguaje nuevo.
‘Into The Sun’ cierra el recorrido con la metáfora espacial que ha aparecido de forma recurrente, imaginando a la protagonista como una piloto que se lanza hacia su propia destrucción sin un ápice de dramatismo. Ese desenlace, que debería funcionar como un clímax, revela las costuras de un proyecto que aspira a conciliar la reflexión existencial con la euforia bailable pero que se queda en un término medio que no satisface por completo en ninguno de los dos frentes. Robyn ha demostrado en el pasado que sabe convertir la introspección en himnos universales, pero aquí la fórmula se resiente por una acumulación de ideas que no alcanzan la contundencia de sus trabajos anteriores.
Conclusión
En 'Sexistential', Robyn convierte la sexualidad femenina después de los cuarenta en territorio de exploración sin tapujos, mezclando encuentros casuales con la gestión de la vida cotidiana en un ejercicio que busca normalizar pero termina resultando forzado por momentos.

