Desde mediados de la década pasada, los de Philadelphia se han consolidado como uno de los nombres fundamentales dentro del resurgir del shoegaze pesado, aunque su trayectoria siempre ha estado marcada por cambios de formación y una evolución sonora constante. Con este quinto larga duración, el grupo regresa después de un silencio discográfico prolongado y lo hace además estrenando sello, fichando por Run For Cover en lo que supone un nuevo punto de partida para Domenic Palermo, único miembro original que permanece. El proceso de escritura y grabación ha estado condicionado por el diagnóstico de un trastorno neurológico que padece su líder, una circunstancia que inevitablemente termina filtrándose en las composiciones y que dota al conjunto de una capa de significado adicional que trasciende lo meramente musical. La formación actual incorpora a Doyle Martin a la guitarra, Zachary Jones a la batería, Bobb Bruno al bajo y Cam Smith también como guitarrista, configurando una alineación que aporta nuevas dinámicas a la propuesta del conjunto sin desnaturalizar aquello que los ha hecho reconocibles a lo largo de los años.
La manera en que abordan las canciones revela una banda que ha decidido ensanchar su paleta sonora sin renunciar a las coordenadas que siempre han manejado, aunque el resultado final transmite cierta sensación de búsqueda más que de hallazgo. La apertura con 'never come never morning' sitúa al oyente ante un Palermo que examina su biografía desde una perspectiva adulta, enfrentando recuerdos de infancia con la crudeza del presente y estableciendo un tono confesional que recorrerá buena parte del metraje. Le sigue 'cannibal world', donde incorporan breakbeats frenéticos y texturas de guitarra que remiten a la electrónica de los noventa, generando un contraste que funciona como uno de los instantes más estimulantes del repertorio. La pieza que da título al álbum, 'a short history of decay', recupera el sonido característico de la formación con capas de distorsión bien calibradas y una sección rítmica que sostiene la estructura con solvencia, aunque sin alcanzar la intensidad de trabajos previos.
La vertiente más reposada del conjunto se manifiesta en cortes como 'the rain don’t care' y 'purple strings', donde las guitarras acústicas toman protagonismo y las cuerdas interpretadas por Mary Lattimore aportan calidez a un entramado que parece buscar la contención emocional por encima del estruendo. Estas composiciones ponen de manifiesto la intención de explorar territorios más cercanos al slowcore o incluso al country rock, pero la ejecución adolece de cierto amaneramiento que diluye el impacto que podrían haber tenido si se hubieran integrado con mayor naturalidad dentro del conjunto. No obstante, 'toothless coal' irrumpe con energía para recordar que la formación todavía es capaz de generar momentos de tensión bien resueltos, con cambios de ritmo y silencios calculados que demuestran oficio y conocimiento del género que practican.
La recta final del elepé transita por senderos desiguales que reflejan la dicotomía presente a lo largo de todo el trabajo. 'nerve scales' juega con arpegios y patrones de batería que evocan el rock alternativo de los noventa sin llegar a concretar una identidad propia, mientras 'essential tremors' cierra el círculo temático con una pieza donde Palermo hace explícita su condición médica y permite que los temblores que afectan su voz se conviertan en parte de la textura sonora, un gesto que aporta veracidad a un relato que en otros momentos había coqueteado con la abstracción. Los textos se mueven entre la crónica personal y la observación del entorno, con imágenes que hablan de decadencia física, relaciones dañadas y la imposibilidad de escapar de ciertos patrones heredados. La producción, compartida con Nick Bassett, apuesta por una claridad que beneficia a los pasajes más líricos pero resta pegada a los momentos donde históricamente el grupo había encontrado su nicho expresivo.
En el contexto de una escena que ha multiplicado sus exponentes durante los últimos años, la propuesta de Nothing se sostiene por la coherencia de una trayectoria que ahora incorpora matices biográficos de calado, aunque el resultado artístico levanta interrogantes sobre hacia dónde se encamina el proyecto. La inclusión de elementos ajenos a su zona de confort podría haber supuesto una renovación estimulante, pero en demasiadas ocasiones estos coqueteos quedan a medio camino de una integración plena. Los pasajes más ruidosos conservan la fibra que los hizo reconocibles, pero aparecen espaciados y rodeados de material que busca otras cotas expresivas sin terminar de encontrarlas. El equilibrio entre ambas caras se antoja precario, y el oyente atento percibe cierta incomodidad en la manera de encajar las piezas, como si el rompecabezas hubiera sido resuelto con prisas. Queda la sensación de que el fondo emocianal y la voluntad de explorar nuevos territorios merecían un tratamiento más orgánico.
Conclusión
Nothing reflexionan sobre el deterioro físico y las heridas del pasado con una mirada que evita el sentimentalismo fácil y prefiere encarar los acontecimientos desde la distancia que otorgan los años y la experiencia acumulada.

