more eaze escogió el título de su nuevo disco, ‘sentence structure in the country’, remitiendo a una idea que John Coltrane expresó en su momento: que todo tiene que ver con todo. Partiendo de esta base, resulta curioso como Mari Rubio aplica esa lógica al concebir un trabajo donde las estructuras gramaticales del habla rural se convierten en materia prima para una exploración que atraviesa décadas de tradición musical. Su trayectoria, marcada por una formación clásica en fiddle y una posterior inmersión en la música concreta, encuentra en este trabajo un punto de convergencia inesperado. La mudanza desde Texas a Nueva York actuó como catalizador, no tanto por el cambio geográfico en sí, sino por la necesidad de procesar las transformaciones personales y profesionales que este conlleva. Rubio no busca retratar la añoranza de un lugar, sino la manera en que el desplazamiento reconfigura las herramientas expresivas, obligando a reinterpretar las formas tradicionales que aprendió en su infancia desde una perspectiva actual y tecnológicamente mediada.
La voz de Rubio, tratada con una afinación electrónica que oscila entre lo etéreo y lo mecánico, se convierte en el hilo conductor de un relato que explora las fisuras de las relaciones y la rutina creativa. En ‘leave (again)’, el susurro procesado se enfrenta a un fondo de estática y burbujeos sintéticos, dibujando un espacio donde la lógica del diálogo se quiebra. La escritura evita la confesión directa para centrarse en la repetición de patrones emocionales; la protagonista de las canciones parece atrapada en un ciclo de partidas y retornos que la producción musical traduce en bucles que se deshacen antes de consolidarse. ‘distance’ emplea la steel guitar como un contrapunto melódico que emerge de entre la niebla electrónica, mientras que ‘bad friend’ utiliza un pulso mecánico para sostener una reflexión sobre la responsabilidad afectiva, donde la frialdad del ritmo contrasta con la calidez residual de los acordes de guitarra acústica.
La colaboración con otros músicos neoyorquinos no se limita a un mero acompañamiento, sino que se integra en la arquitectura conceptual del álbum. Wendy Eisenberg, Jade Guterman o Ryan Sawyer no son invitados que añaden capas; sus formas de tocar redefinen la naturaleza de las composiciones, funcionando como un espejo donde Rubio puede reconocer sus propias intenciones. ‘crunch the numbers’ ejemplifica esta dinámica con un desarrollo que parte de la aspereza de los crujidos y la inquietud de la percusión para desembocar en un romanticismo inesperado, cortesía de los movimientos armónicos de Henry Earnest. La pieza no evoluciona hacia una resolución convencional, sino que se permite habitar ese contraste como un estado válido, mostrando que la estructura puede ser maleable si se sigue la lógica interna del material en lugar de imponer una forma predeterminada.
El sentimiento de control y pérdida del mismo se manifiesta con especial claridad en ‘the producer’, donde Rubio abandona el tratamiento electrónico de la voz para ofrecer una interpretación más directa, casi en primer plano. El texto aborda las paradojas del trabajo artístico en la economía de la atención: la transformación de la angustia en producto, la distancia entre el esfuerzo invertido y la recompensa obtenida. La inclusión de un blip metronómico no solo marca el ritmo, sino que expone el esqueleto del proceso de escritura, desnudando la maquinaria que hay detrás de la creación. Esta transparencia no actúa como una crítica al artificio, sino como una afirmación de que el artificio es parte inseparable de la expresión, y que la tecnología, lejos de desvirtuar el sentimiento, puede ser el vehículo más preciso para exteriorizar una frustración que de otro modo quedaría silenciada.
Las piezas más extensas del conjunto, como ‘biters’ o el tema que da título al trabajo, funcionan como laboratorios donde las tensiones entre lo acústico y lo sintético alcanzan su máxima expresión. En ‘sentence structure in the country’, un inicio abrasador de sintetizador da paso a una procesión de elementos que parecen actuar con voluntad propia: el violonchelo de Alice Gerlach aporta una urgencia melódica que deforma la estructura de baile campestre, mientras las gaitas electrónicas y los golpes dislocados construyen un paisaje que es a la vez hostil y reconfortante. Rubio muestra aquí su destreza como orquestadora al permitir que cada instrumento conserve su identidad, incluso cuando se sumerge en un todo que se asemeja a un ecosistema en evolución constante, donde la supervivencia de cada motivo depende de su capacidad para adaptarse al entorno cambiante.
La reflexión sobre la forma se convierte en contenido en sí misma, especialmente cuando Rubio siempre ha mencionado como el proceso de gestación de sus canciones siempre se prolonga a lo largo de varios años. Las variaciones de tempo y las modificaciones en los arreglos no responden a una búsqueda de perfección formal, sino a un seguimiento de las derivas que el propio material sugería. ‘move’, que cierra el álbum, resume esta filosofía con su estructura que parece suspendida en el instante previo al despegue, utilizando una progresión de sintetizador que se repite como un mantra mientras las cuerdas aparecen con mesura. La letra, que recuerda un viaje en avión y la decepción de un reencuentro, se convierte en una metáfora de cómo la distancia física redefine los afectos, y de cómo la repetición mecánica puede erosionar la intensidad de lo que antes parecía inamovible.
Conclusión
En su nuevo trabajo, more eaze reconstruye los códigos de la música rural desde una perspectiva electrónica, convirtiendo la nostalgia en un recurso maleable que cuestiona las fronteras entre lo orgánico y lo procesado.

