Mirah acumula dos décadas y media de trayectoria respaldadas por un catálogo que ha oscilado entre la inmediatez del pop casero y la sofisticación de arreglos más expansivos, y su séptimo álbum llega tras un paréntesis de siete años en los que la vida de la compositora dio varios giros radicales. La muerte de su padre, el nacimiento de su hijo y la reclusión forzada por la pandemia actuaron como detonantes de unas canciones escritas mayoritariamente durante una estancia en California en 2024, cuando por fin pudo distanciarse de la rutina doméstica para observar con perspectiva todo lo ocurrido. El resultado retrata a una autora que procesa el duelo, la crianza y las tensiones de pareja desde una óptica adulta, sin rehuir la crudeza de ciertas confesiones pero buscando también resquicios por los que se cuela una gratitud teñida de melancolía.
Las letras del trabajo transitan por escenarios muy concretos que funcionan como anclajes sentimentales, desde el llanto en una autopista de Nueva Jersey hasta el asombro ante la flora californiana descrita en 'After the Rain', y esa capacidad para fijar emociones en paisajes físicos evita que los temas naufraguen en la abstracción. Canciones como 'New Jersey Turnpike' convierten la pérdida paterna en una elegía contenida donde los pequeños detalles del velatorio pesan tanto como el dolor abstracto, mientras que en 'The Ballad of the Bride of Frankenstein' el imaginario del terror clásico se transforma en un vehículo expresivo para abordar desencuentros conyugales. Esa destreza narrativa se inscribe en una tradición cercana a la canción americana aun cuando la escritura roza la literalidad en momentos como los versos de 'Catch My Breath', sin dejar de sostener una tensión emocional constante.
En el aspecto sonoro, el álbum se asienta sobre texturas folk de raíz campestre que en algunos cortes incorporan destellos new wave, una mezcla que podría resultar chocante pero que aquí se integra con naturalidad gracias a la calidez de las interpretaciones. La presencia de Jenn Wasner y Meg Duffy en el grupo de acompañamiento aporta armonías vocales y pedal steel que envuelven la voz de Mirah sin saturar el mensaje. Temas como 'Stumbling' transforman la ansiedad pandémica en un estribillo casi festivo, subrayando la resiliencia, mientras que 'Hummingbird' coquetea con el jazz vocal sin perder la coherencia narrativa que vertebra el álbum.
La maternidad ocupa un lugar central en varios pasajes, abordada sin idealizaciones edulcoradas y enfatizando la sobrecarga física y mental de criar en soledad durante una crisis sanitaria. 'Mama Me' se acerca a lo empalagoso por su devoción explícita, aunque la crudeza con la que 'To Me' disecciona las contradicciones del amor filial compensa ese exceso con una mirada más turbia. La dimensión política aparece de forma sutil en las decisiones materiales del lanzamiento, como las ediciones físicas libres de plástico.
La madurez de la artista se refleja en su capacidad para dosificar los arrebatos sin renunciar a giros inesperados, como en 'The Beginning of Time', que examina la evolución de las amistades con ternura y desencanto. En el tramo final, 'New Jersey Turnpike' y la pieza de cierre asumen el luto como presencia permanente integrada en la vida cotidiana. Las trompas fúnebres que se extienden tras la última estrofa dejan una estela de tristeza serena que no requiere dramatismos adicionales. El equilibrio entre pérdida y celebración, entre lo doméstico y lo intemporal, convierte esta entrega en un testimonio honesto que reafirma la relevancia de Mirah dentro del folk contemporáneo.
Conclusión
Mirah regresa con un testimonio sereno sobre la crianza en solitario durante la pandemia, la orfandad reciente y las grietas conyugales, todo ello filtrado por una gratitud que nunca cae en la postal ingenua.

