Desde que Sonic Youth quedara en standby a comienzos de la década pasada, Gordon ha construido una trayectoria solista que esquiva cualquier previsibilidad, moviéndose entre el ruido experimental de Body/Head y la electrónica más agresiva. Su tercera entrega en solitario, 'PLAY ME', llega en un momento político especialmente denso, y la propia artista ha señalado que la exposición constante a la actualidad informativa terminó filtrándose en la escritura de estas doce canciones. Producido nuevamente junto a Justin Raisen, el álbum condensa su mirada sobre los efectos colaterales del poder tecnocrático y la erosión de lo público, pero lo hace desde una aproximación rítmica que Gordon define como más centrada que en trabajos anteriores. La brevedad de los cortes no responde aquí a una moda pasajera, sino a una voluntad expresiva que busca impacto inmediato sin concesiones.
La apertura con el tema homónimo sitúa al oyente en una tesitura incómoda desde el primer momento, con Gordon enumerando playlists genéricas de Spotify como si leyese la carta de un restaurante de carretera. Ese gesto de señalar la estupidez ambiental con voz cansina recorre buena parte del álbum, donde la sátira y la incomodidad se dan la mano sin que sepamos muy bien si estamos ante una broma pesada o una denuncia en regla. En 'DIRTY TECH', los sintetizadores graves imitan la frialdad de un entorno laboral automatizado mientras Gordon ensaya frases que podrían salir de la boca de un directivo embelesado con la eficiencia algorítmica. La gracia está en que nunca subraya la moraleja, sino que deja que la grotesca familiaridad de esas situaciones emerja por sí sola, como un mal sabor de boca que no termina de irse.
Rítmicamente, el disco se apoya en una base de beats contundentes que deben tanto al trap como a cierta deriva del hip-hop más agresivo, pero Gordon no se limita a montarse sobre ellos como una invitada ocasional. Su voz, siempre en ese registro hablado que tan bien maneja, se incrusta en las texturas electrónicas generando una tensión que rara vez se resuelve en catarsis. 'NO HANDS' ejemplifica esa dinámica con un bajo que parece querer desbordarse mientras ella repite consignas sobre conducción autónoma y desposesión, creando un paralelismo entre la falta de control sobre el vehículo y la que sufrimos respecto a quienes manejan los hilos institucionales. La producción de Raisen juega aquí a difuminar los límites entre lo orgánico y lo sintético, hasta el punto de que la batería de Dave Grohl en 'BUSY BEE' aparece tan manipulada que resulta irreconocible, convertida en un martilleo fantasmal.
Las letras de Gordon han ganado en concreción política sin perder su característico hermetismo, y eso se nota en cortes como 'POST EMPIRE', donde reflexiona sobre las desapariciones forzadas de migrantes con una frialdad que resulta más inquietante que cualquier aspaviento. La artista no necesita alzar la voz para transmitir la urgencia de lo que cuenta, y esa contención emocional funciona como un espejo de la indiferencia institucional que denuncia. En 'BLACK OUT', las referencias al colapso ecológico se mezclan con un estribillo que repite las siglas de la inteligencia artificial hasta vaciarlas de sentido, como si la repetición misma fuese un conjuro contra su poder hipnótico. El humor negro que atraviesa todo el trabajo impide que el mensaje se vuelva aleccionador, manteniendo siempre una distancia irónica que Gordon domina desde sus años ochenteros.
'BYEBYE25!' recupera la estructura de aquel tema incluido en su anterior LP, pero actualiza su lista de la compra con los términos prohibidos por la administración Trump, desde "mexicans" hasta "climate change", convertidos aquí en un inventario burocrático de lo que el poder quiere silenciar. La elección de cerrar el álbum con este corte no es casual, porque condensa esa mezcla de absurdismo y rabia que define 'PLAY ME': Gordon no ofrece diagnósticos cerrados ni manifiestos, sino destellos de una realidad tan disparatada que cualquier respuesta parece ridícula. La producción mantiene ese punto de suciedad digital que ya exploró en 'The Collective', pero aquí los tiempos más ajustados y la variedad de texturas evitan la monotonía, con incursiones en terrenos más melódicos como 'GIRL WITH A LOOK' que recuerdan a cierta deriva del post-punk sin caer en la nostalgia.
La fugacidad de las canciones, ninguna supera los tres minutos, obliga a prestar atención a los detalles que se cuelan en los márgenes: samples de conversaciones, cambios de ritmo abruptos, distorsiones que aparecen y desaparecen sin avisar. Gordon entiende que la saturación informativa de nuestra época exige formas que se adapten a ella sin renunciar a la complejidad, y por eso sus piezas funcionan como fogonazos que iluminan rincones oscuros antes de apagarse. En 'SQUARE JAW', la comparación entre ciertos vehículos de lujo y mandíbulas cuadradas dice más sobre la estética del poder que cualquier tratado sociológico, demostrando que su mirada sigue siendo tan precisa como siempre. La presencia de colaboradores como Raisen no diluye su voz, al contrario, la sitúa en contextos sonoros que la obligan a redefinirse constantemente, sin permitirse el refugio de territorios conocidos.
Conclusión
Las contradicciones del capitalismo tardío encuentran en el nuevo disco de Kim Gordon a una cronista implacable que prefiere mostrar los absurdos antes que denunciarlos explícitamente.

