Zion Battle, durante el verano posterior a su graduación escolar, decidió encerrarse con su colaborador Max Morgen en una cabaña cercana al parque Joshua Tree para dar forma a su primer trabajo largo. De esa reclusión en pleno desierto californiano, soportando temperaturas extremas y alejado de cualquier distracción urbana, nació un conjunto de canciones que funcionan como radiografía de un momento concreto: el salto desde la juventud hacia una madurez todavía por definir. Battle, que venía de pasar unos meses en Europa, regresó a Estados Unidos con la intención de examinar qué significa pertenecer a un país construido sobre contradicciones permanentes. Esa doble mirada, la del que observa desde fuera y luego regresa para reconocer su lugar, impregna cada uno de los cortes que componen su estreno.
La figura del vaquero, tan arraigada en el imaginario estadounidense, aparece una y otra vez a lo largo de las once piezas como símbolo de esa libertad esquiva que tanto se ha mitificado. Sin embargo, Battle no recurre al arquetipo desde la nostalgia o la celebración, sino como vehículo para tratar asuntos de pertenencia y soledad en un país que aún no termina de definir su identidad. En cortes como 'Wild Horses' o 'Cowboy', la tensión entre quedarse anclado a lo conocido o lanzarse hacia lo incierto se convierte en un eje central del recorrido, con letras de observación precisa. El joven compositor neoyorquino canta sobre la dificultad de sentirse orgulloso de lo que ocurre a su alrededor cuando el presente político resulta tan esquivo, un planteamiento que encaja en la tradición del folk americano y otras escrituras confesionales que priorizan la mirada íntima.
La colaboración con Max Morgen resulta determinante para entender la textura final del trabajo, ya que el productor no solo se encargó de la grabación sino que aportó buena parte de los arreglos que permiten que las canciones respiren con amplitud. El banjo que aparece en 'Anna' convive con sintetizadores y tratamientos vocales que distorsionan la voz en ciertos pasajes, generando una mezcla que nunca suena forzada pese a su variedad. En 'Cottonmouth', los efectos digitales se extienden sobre la guitarra acústica, reforzando ese desdibujamiento melódico que la letra describe, un enfoque que recuerda a algunas derivas de la americana alternativa. En 'Wake Up Ruben', lo que comienza como un piano de aire jazzístico deriva hacia ritmos bailables, reflejando la alegría contenida del despertar tras el coma.
Las letras de Battle funcionan mejor cuando se permiten ser esquemáticas y dejan espacio para que la música complete lo que las palabras no alcanzan a decir. En 'Hope', los saltos entre susurro y falsete transmiten la urgencia de quien aún aprende a modular sus emociones sin disimularlas. En 'All Hat, No Cattle', ciertos versos delatan una inmadurez propia de la edad, aunque esa misma franqueza resulta simpática por su honestidad. La confesión sobre las lágrimas que brotan de los orificios en 'Wild Horses' podría parecer un exceso, pero encaja en ese tono de diario abierto donde la exageración forma parte del retrato emocional. Incluso en esos momentos en que el texto flojea, la música sostiene el entramado con una calidez que remite a sensibilidades próximas al indie folk y a la canción americana.
El cierre con 'Nantucket' funciona como epílogo después del viaje, una llegada a la orilla tras la tormenta que permite comprobar que algo permanece entero. La canción despliega una calma que contrasta con la energía de cortes anteriores y ofrece un respiro final. Battle no pretende sentar cátedra ni ofrecer lecciones, simplemente coloca ante el oyente un fragmento de su vida reciente y confía en que esa materia prima sea suficiente para establecer conexión. A sus veinte años, su propuesta aún tiene aristas por pulir, pero también una luz propia que lo sitúa como una voz prometedora dentro del folk contemporáneo.
Conclusión
Con 'Buckaroo', Katzin traslada al oyente a un territorio donde los mitos del Oeste sirven para hablar de la confusión juvenil y la dificultad de encontrar un lugar en un país lleno de contradicciones sin resolver.

