Review

Hydroplane - A Place In My Memory Is All I Have To Claim

Hydroplane

2025

8


Por -

La trayectoria de Hydroplane nunca ha sido una carrera de velocidad, sino una sucesión de movimientos pausados que parecen obedecer a un calendario interior. Desde sus primeras grabaciones, los tres integrantes encontraron una forma de expresión que huía de los fuegos artificiales y prefería el murmullo. Con ‘A Place In My Memory Is All I Have To Claim’, regresan después de más de veinte años sin publicar, no para recuperar un espacio perdido, sino para comprobar qué queda en pie de aquel impulso inicial. Lo que ofrecen es una reconstrucción del recuerdo, una mirada hacia lo que permanece tras la erosión del tiempo. Andrew Withycombe, Kerrie Bolton y Bart Cummings vuelven a su territorio de siempre, ese lugar donde las melodías flotan y los sonidos se rozan sin mezclarse. Grabaron este trabajo en 2024, un año que parece haber actuado como punto de reencuentro, y en esas canciones se nota el peso de la distancia. No hay urgencia ni artificio, solo una voluntad clara de dejar que el pasado y el presente convivan sin conflicto.

El comienzo con ‘Houdini’s Plane’ actúa como una especie de carta de presentación, en la que la voz de Bolton emerge entre repeticiones que se desvanecen poco a poco, como si la canción se estuviera escribiendo mientras desaparece. La frase “In the end, it was the end” funciona casi como un aviso de intenciones. Hydroplane no intentan disimular la caducidad ni convertirla en algo épico. Asumen el final como parte del proceso y construyen a partir de él. En esa pieza y en la siguiente, ‘Incident at Westall’, el grupo plantea un contraste entre el sonido y el silencio, entre la nitidez del timbre vocal y la textura difusa de los sintetizadores. La distancia entre ambos genera una tensión contenida que define buena parte del disco. Lo interesante no está en lo que se dice, sino en cómo se sostiene cada palabra, en el espacio que deja libre la voz para que el resto respire. La estructura de las canciones parece diseñada para que la repetición funcione como un ciclo más que como un adorno. Esa manera de organizar los temas convierte la escucha en algo casi físico: uno siente que el sonido se mueve despacio, sin destino, pero con dirección.

‘Aspen Blues’ introduce una especie de calma intermedia, un fragmento en el que los elementos se reducen al mínimo y las texturas cobran protagonismo. El trío trabaja con la sencillez de quien confía en la duración de un acorde o en la resonancia de un eco. Bolton canta sin dramatismo, con un tono que parece más un pensamiento en voz alta que una interpretación. La claridad de su voz contrasta con el paisaje que la rodea, y ese contraste genera una sensación de proximidad que no resulta cálida, sino extrañamente objetiva. Hydroplane no buscan consolar; buscan mostrar cómo el sonido puede crear una forma de compañía sin necesidad de subrayar emociones. Lo consiguen porque cada elemento ocupa su lugar con una precisión que parece natural. Las capas electrónicas y los acordes de guitarra no compiten entre sí, sino que se rozan hasta formar una superficie irregular, como un tejido hecho con hilos de distinta densidad.

‘Valley of Sorrows’ y ‘Solar Flare’ amplían esa misma lógica desde distintos enfoques. La primera se desarrolla como una corriente continua, casi sin percusión, donde el espacio lo llena la reverberación. La segunda retoma un formato más clásico, con guitarra y voz en primer plano, pero sin abandonar el aire suspendido que atraviesa todo el disco. En ambas, el grupo muestra su capacidad para mantener un tono uniforme sin caer en la monotonía. Lo logran porque entienden que la variación no depende de añadir elementos, sino de alterar la percepción del tiempo. Hydroplane consiguen que cada tema sea una versión de otro, una transformación leve que cambia el punto de vista sin romper el conjunto. La coherencia se construye desde esa lentitud, desde la persistencia de un mismo pulso que se repite como si fuera una respiración.

Las letras, aunque breves, sostienen el sentido de todo. Los temas giran en torno a la pérdida, la memoria y la sensación de que el pasado sigue latiendo bajo la superficie. No hay dramatización, sino una observación tranquila. En ‘The Loneliest Astronaut’, el aislamiento aparece descrito como un estado de serenidad, sin lamento ni ironía. La voz no busca empatía, sino comprensión. En ese modo de narrar, Hydroplane consiguen algo difícil: hablar de lo que se disuelve sin caer en la nostalgia. Cada palabra tiene un peso medido, y su colocación dentro de la melodía sugiere que lo importante no es el significado literal, sino la manera en que el lenguaje se deja arrastrar por el sonido. Esa coincidencia entre forma y contenido convierte el disco en un relato sobre la persistencia: lo que se va sigue presente en la vibración de lo que queda.

El trabajo de producción mantiene una austeridad coherente con la intención del grupo. Todo está equilibrado sin jerarquías. No hay elementos que busquen protagonismo ni arreglos que interrumpan la continuidad. Esa horizontalidad crea una sensación de espacio compartido en el que cada sonido parece surgir del mismo punto. Hydroplane continúan fieles a su método de siempre, y en ese respeto a su propio ritmo reside la autenticidad del proyecto. No hay voluntad de actualizarse ni de dialogar con las modas; solo un interés por mantener viva una manera de hacer música que confía más en la duración que en el impacto. La grabación parece una conversación mantenida en voz baja, en la que lo esencial se dice sin subrayados. Esa claridad es la que les distingue y la que convierte este regreso en un gesto de continuidad más que de retorno.

El cierre con ‘I’ve Got a Buzz’ resume la esencia del álbum. La canción avanza con un motivo que se repite y se disuelve, como si el grupo quisiera demostrar que toda permanencia es provisional. La voz se mueve entre el eco y la respiración, y el conjunto se apaga sin desenlace. En ese punto final se concentra todo lo anterior: la aceptación del paso del tiempo, la calma ante lo que se extingue y la convicción de que en la repetición se esconde una forma de resistencia. Hydroplane consiguen que la lentitud deje de ser sinónimo de quietud y se convierta en una manera de mirar. Escuchar el disco equivale a observar cómo se desplazan las sombras a lo largo de una tarde: casi nada cambia, pero todo se transforma. Lo que empieza como una evocación del pasado termina siendo una reflexión sobre la forma de estar en el presente. Así, su regreso no pretende recuperar un lugar perdido, sino abrir otro en el que el silencio también cuenta.

Conclusión

Hydroplane firman un disco que se mueve entre ecos, loops y voces que flotan, una especie de conversación silenciosa sobre lo que queda cuando ya nada necesita explicarse.

8

Álbum

Hydroplane - A Place In My Memory Is All I Have To Claim

Artista

Hydroplane

Año

2025

Discográfica

Efficient Space

Tratando de escribir casi siempre sobre las cosas que me gustan.