Pocos conjuntos canadienses han sabido capitalizar el impulso de sus primeros trabajos de la manera en que lo hacen los torontonianos cootie catcher en su asalto a Carpark Records, un movimiento que cristaliza después de un par de entregas donde ya apuntaban maneras dentro del ruido de fondo del garage pop y los registros de baja fidelidad. El salto a un estudio propiamente dicho no ha domesticado su espíritu, sino que ha permitido que las catorce canciones que componen el LP luzcan con una claridad inédita sin perder esa querencia por los samples tomados de aquí y allá ni esa forma peculiar de encarar las interpretaciones, como si todo pudiera descarrilar en cualquier momento pero nunca lo hace del todo. La grabación en Threshold Studios, en su Ontario natal, les ha brindado la oportunidad de expandir su paleta sin renunciar a los métodos artesanales que les granjearon cierta reputación en los sótanos de la escena local, y el resultado es un trabajo que transpira la excitación contenida de quien por fin puede gritar sin que le pidan que baje la voz. La presencia de Nate Amos en las mezclas, conocido por su labor con Water from Your Eyes, aporta una capa de cohesión que nunca atenta contra la espontaneidad característica del cuarteto.
La apertura con 'Loiter for the love of it' sitúa al oyente ante un escenario donde las claves y los bloques de madera marcan el compás de una declaración de intenciones que bebe del college rock ochentero y noventero, con Nolan Jakupovski al frente de una letra que confronta directamente cualquier intento de imposición moral. El tono coloquialmente beligerante de versos como "You don't get to decide what's wrong, what's right" anticipa el desencanto existencial que atraviesa el elepé, una constante incluso cuando los arreglos invitan al baile despreocupado. En 'Straight drop', la urgencia de las guitarras y la carrera rítmica contrastan con la imagen de Anita Fowl llorando en el autobús, un pequeño detalle narrativo que condensa la tensión entre lo que suena y lo que se cuenta. La capacidad del grupo para yuxtaponer la euforia sonora con decepciones cotidianas alcanza cotas particularmente afortunadas en 'Quarter note rock', donde los platos de DJ, cortesía de Sophia Chavez, se codean con una estructura pop embriagadora que esconde reproches hacia ídolos que defraudan al conocerse.
La convivencia de los tres compositores y vocalistas, con Joseph Shemoun sosteniendo la base rítmica, genera un entramado de perspectivas que enriquece cada surco del plástico. Mientras Jakupovski tiende puentes hacia el slacker rock más reconocible, las aportaciones de Chavez y Fowl introducen texturas sintéticas y líneas de bajo que dialogan con la tradición del pop de guitarras sin llegar a instalarse cómodamente en ningún subgénero concreto. Piezas como 'Rhymes with rest' explotan la dulzura de las voces femeninas sobre guitarras limpias para construir un espacio de confidencia que se ve perturbado por pequeños accidentes sónicos, como si la tranquilidad nunca pudiera ser completa. En el extremo opuesto, 'Stick figure' adopta una expresividad más hierática y rocosa que demuestra la versatilidad del cuarteto a la hora de transitar por distintos estados de ánimo sin perder su seña de identidad. El interludio acústico distorsionado de 'From here to Halifax' remite a ciertas maquetas de los noventa pasadas por el filtro de una licuadora digital, un efecto que subraya esa querencia por lo imperfecto como valor estético.
Las letras del trío ahondan en la frustración que generan las relaciones mediocres, los empleos sin sentido y las amistades de conveniencia con un lenguaje coloquial salpicado de la's, oh's y ah's que actúan como coletillas emocionales. En 'Gingham dress', Chavez canaliza el hastío de una cita que tras ocho meses sigue sin definirse, utilizando la imaginería doméstica como telón de fondo para una devoción que se marchita sin remedio. La supuesta falta de rumbo de 'No biggie' oculta un lamento de Jakupovski por un vínculo que se deshilacha, mientras que 'Puzzle pop' reflexiona sobre la necesidad de exigir más a quienes nos rodean a través de una estructura que cambia de dirección constantemente, como si el pensamiento no pudiera fijarse en una sola idea. Incluso cuando el tono se vuelve más melancólico, como en 'Take me for granted' o 'Wrong choice', los títulos funcionan como resumen de una filosofía que prefiere llamar a las cosas por su nombre antes que edulcorar la realidad.
La producción compartida por la propia banda permite que cada canción respire con personalidad propia dentro de un conjunto que fluye con naturalidad a lo largo de sus treinta y nueve minutos de duración. La brevedad de muchos cortes, con 'Lyfestyle' apenas superando el minuto y medio, responde a una concepción del pop como fogonazo más que como desarrollo extenso, una estrategia que conecta con cierta tradición del punk de los setenta y el twee de los ochenta sin llegar a mimetizarse con ninguna de esas corrientes. El sample de voz que advierte "I know what you're like" en 'Puzzle pop' actúa como un subrayado inquietante dentro de un tema que, por lo demás, mantiene una energía desbocada hasta su conclusión. La grabación en Threshold Studios ha permitido capturar con nitidez los matices de una propuesta que, sin embargo, se resiste a sonar demasiado limpia, conservando esa aspereza que les aleja de cualquier tentación de radiofórmula facilona. El cierre con 'Pirouette' retoma el impulso inicial para despedirse con la misma urgencia con la que comenzaron, dejando la sensación de haber presenciado una carrera de fondo en formato esprint.
La manera en que cootie catcher aborda temáticas políticas o morales nunca resulta panfletaria, sino que se filtra a través de las experiencias concretas de sus protagonistas. La referencia al "late-stage capitalism" en los textos promocionales no se traduce en arengas, sino en retratos de una generación que negocia su lugar en el mundo mientras las certezas se desvanecen. Las dificultades económicas, la precariedad laboral y la dificultad para construir vínculos estables aparecen reflejadas en pequeños gestos cotidianos más que en grandes declaraciones, lo que dota al conjunto de una honestidad que trasciende modas o etiquetas. La decisión de autoproducirse y mantener el control sobre el resultado final refuerza esa coherencia entre el mensaje y el medio, demostrando que es posible ambicionar mayores audiencias sin renunciar a los principios que sustentan la propuesta. La mezcla de Amos consigue que todos estos elementos convivan sin jerarquías impositivas, generando un paisaje sonoro donde lo orgánico y lo digital se funden en una misma textura.
Conclusión
cootie catcher transforman el descontento cotidiano en canciones breves que estallan en múltiples direcciones, atrapando al oyente en un torbellino de samples y hallazgos sónicos.

