Charlotte Cornfield llevaba años puliendo esa forma de contar historias que parecen susurros en una habitación llena de gente. Cinco discos atrás ya se adivinaba a alguien capaz de extraer poesía de una matrícula de coche o de la mecánica de un monopatín. Pero con ‘Hurts Like Hell’, su sexto trabajo y primero para Merge Records, la canadiense ha cambiado el ángulo de la cámara. La llegada de su hija en 2023 no solo le modificó los horarios, sino la propia lógica con la que se acerca a la escritura. Ya no se trata de exprimir sus vivencias más íntimas hasta que sangren, sino de dejar que las historias fluyan desde fuera, desde esa nueva perspectiva de quien observa el mundo a través de los ojos de otra persona que lo descubre por primera vez.
Esa nueva mirada se manifiesta en una galería de personajes que antes no tenían cabida en su obra. La más llamativa aparece en ‘Lost Leader’, ese retrato de un frontman decadente que la artista construye a cuatro manos con Christian Lee Hutson, donde se desdibuja la línea entre la admiración adolescente y la decepción adulta. Cornfield no se limita a señalar al ídolo caído; prefiere habitar la incomodidad de quien descubre que sus referentes son humanos con egos desmedidos y adicciones a cuestas. Hay un punto tragicómico en la forma en que aborda esa dualidad, como si el respeto por el oficio compitiera con la necesidad de desmontar al farsante. Es un ejercicio de empatía distanciada que la artista ejecuta con una precisión quirúrgica, sin conceder ni una línea de moralina fácil.
El proceso de grabación refleja ese mismo impulso de abrir puertas. Frente al anterior trabajo donde ella sola se encargaba de casi todos los instrumentos, aquí reúne a una banda de ensueño en el estudio de Philip Weinrobe, con músicas como El Kempner de Palehound o Bridget Kearney de Lake Street Dive. No hay auriculares, apenas sobregrabaciones, y la sensación de inmediatez impregna cada corte. La energía de ‘Hurts Like Hell’ es la de un grupo que descubre las canciones mientras las toca, con la frescura de quien improvisa pero la solvencia de quien lleva años en la carretera. Ese ambiente de confianza permite que las colaboraciones de Feist, Buck Meek o Maia Friedman no suenen como añadidos de última hora, sino como voces que forman parte del propio entramado narrativo desde el primer minuto.
La influencia de esa nueva red de apoyos trasciende lo musical. Cornfield encontró en un grupo de chat de madres que trabajan en la música un sostén que va desde recomendaciones de mochilas portabebés hasta denuncias sobre agentes que abandonan a sus representadas tras la maternidad. Ese poso de realidad cotidiana se cuela en canciones como ‘Living With It’, donde la voz de Feist se entrelaza con la suya para desnudar el final de una relación sin caer en la autocompasión. Hay algo poderoso en cómo la artista canadiense transforma una anécdota de llanto en el coche en un ejercicio de despecho contenido, como si la rabia y la tristeza pudieran convivir en el mismo espacio sonoro sin que una anule a la otra.
El título elegido para el álbum contiene su propia contradicción. ‘Hurts Like Hell’ es un guiño a esa paradoja de escribir sobre el dolor desde un lugar de plenitud, de hablar del parto en ‘Bloody and Alive’ justo cuando la protagonista ha salido del otro lado. Cornfield explora esa tensión entre el momento presente y el recuerdo, entre lo que dolió y lo que finalmente curó. En ‘Squiddd’ retrocede a una noche de concierto en Montreal en 2012, reconstruyendo esa sensación de pertenencia a una escena donde lo imposible parecía alcanzable. La canción, coescrita con Adam Finchler, funciona como una cápsula del tiempo que evoca la euforia de los inicios sin idealizarla en exceso.
La escritura de Cornfield siempre se ha caracterizado por esa capacidad de condensar emociones complejas en imágenes tangibles. Si antes podía referirse a una bicicleta plateada para hablar de un fantasma emocional, aquí afina aún más el lápiz. ‘Long Game’ sintetiza su nueva filosofía creativa con la frase “más hacer, menos intentar”, un mantra que aplica tanto a la crianza como a la confección de canciones. La artista ha dejado de ser la autora que se autocensuraba en busca de la frase perfecta para convertirse en alguien que permite que los versos se desarrollen con la naturalidad de una conversación entre amigas. Esa soltura se nota en la variedad de registros que abarca el álbum, desde el country rock desenfadado de la canción titular hasta la intimidad casi doméstica de ‘Kitchen’.
Lejos de caer en la idealización de la figura materna como musa inspiradora, Cornfield aborda la maternidad con la misma honestidad incómoda que aplica al resto de sus temas. ‘Bloody and Alive’ habla de esos momentos posteriores al parto con una crudeza que rara vez aparece en la música popular, desnudando lo físico y lo emocional sin aspavientos. La artista entiende que la vulnerabilidad no reside en mostrar la herida, sino en narrar el proceso de cicatrización con todos sus retrocesos. Por eso su perspectiva se ha ampliado, porque ahora sabe que hay dolores que merecen ser contados desde el humor y otros que exigen el silencio compartido de un grupo de WhatsApp donde nadie juzga.
El resultado es un disco que se mueve con soltura entre la anécdota personal y el retrato ajeno, entre la confesión y la ficción. Cornfield ha encontrado en la colaboración una herramienta para desactivar la presión de ser siempre la protagonista de sus propias historias. Dejarse acompañar por Feist, por ese grupo de músicas que respondieron al Whatsapp sin conocer las canciones, por los productores que le ofrecieron tiempo para madurar las maquetas, ha supuesto una expansión de su universo creativo que se percibe en cada surco. El disco respira con la calma de quien ha aprendido a delegar, a confiar en los arreglos de quienes la rodean y a entender que la mejor forma de sostener una canción es dejar que varias manos la sujeten. Con ‘Hurts Like Hell’, Charlotte Cornfield demuestra que a veces el mejor modo de mirar hacia dentro es empezar a hacerlo hacia fuera.
Conclusión
En 'Hurts Like Hell', Charlotte Cornfield recoge un relato donde la maternidad redefine su escritura, alejándose del yo para habitar personajes y observar con ternura las grietas del orgullo ajeno.

