Cine y series

Wake

Henrik Georgsson

2026



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Un avión que pierde el control en pleno vuelo abre una de las secuencias más tensas de ‘Wake’. La alarma del pasillo se mezcla con los gritos, la cabina se sacude, y durante unos segundos el espectador percibe la sensación exacta de una realidad que empieza a resquebrajarse. No se trata de un accidente aislado, sino del síntoma de un colapso general: el sueño ha desaparecido y Estocolmo se hunde en el agotamiento. A partir de ese punto, la serie dirigida por Henrik Georgsson y creada por Brynja Björk junto a Pauline Wolff traza un relato donde la epidemia de insomnio transforma la vida cotidiana en una cadena de decisiones desesperadas. El planteamiento parte de un hecho reconocible —la pérdida de control sobre el propio ritmo vital— para examinar cómo una sociedad desarrollada reacciona cuando su equilibrio se rompe desde dentro.

El desarrollo de la serie combina tres relatos conectados por la misma sensación de límite. Christian, ministro de Sanidad interpretado por Jonas Karlsson, encarna el intento de sostener una estructura política que se desmorona mientras su vida privada se vuelve incontrolable. La pérdida de autoridad pública se refleja en su dificultad para mantener a raya a su hijo, un joven que parece actuar guiado por el caos que domina la ciudad. Frente a ese universo burocrático, la enfermera Elin, a la que da vida Aliette Opheim, se mueve por las calles atendiendo emergencias sin descanso, en un entorno donde la ética profesional se confunde con la necesidad de salvar a su pareja enferma. El tercer eje lo componen Linda y el niño Isak, interpretados por Frida Argento y Silas Strand, que representan la fragilidad de los vínculos en un mundo donde la solidaridad se convierte en la única forma de subsistencia. Georgsson estructura los seis episodios con precisión, alternando estos puntos de vista para mostrar que el colapso afecta por igual a quienes gobiernan, a quienes trabajan en primera línea y a quienes simplemente tratan de sobrevivir.

La serie plantea un escenario verosímil sin recurrir a efectos espectaculares. Estocolmo se muestra como una ciudad reconocible, atrapada entre el orden administrativo y el caos doméstico. Las instituciones aparecen desbordadas, los hospitales saturados y las calles cada vez más vacías. Esa representación del espacio urbano se convierte en una metáfora del desgaste colectivo: las luces parpadeantes, las ventanas sin cortinas, los cuerpos que continúan moviéndose por inercia. Cada plano transmite la sensación de un mundo que sigue funcionando por costumbre, incluso cuando la energía vital se ha agotado. El guion utiliza esa fatiga constante como herramienta narrativa, logrando que cada conversación, cada gesto repetido y cada mirada perdida refuercen la idea de un país que se deshace sin ruido.

El tono general recuerda a los dramas nórdicos que exploran las tensiones entre poder y vulnerabilidad, aunque Georgsson evita cualquier aire de grandilocuencia. Su dirección se basa en la observación: planos largos, silencios prolongados y una fotografía que convierte el cansancio en atmósfera. La cámara se detiene en los rostros de los personajes para mostrar cómo la vigilia permanente altera su percepción del entorno. El ritmo pausado no busca belleza formal, sino precisión en el detalle. La iluminación fría y la escasez de color acentúan la idea de un entorno clínico donde todo parece estar bajo una luz artificial constante, lo que acentúa la confusión temporal de los personajes, incapaces de distinguir el día de la noche.

Las interpretaciones sostienen el relato con firmeza. Karlsson ofrece un ministro en conflicto entre su deber y su desgaste personal, mostrando un tipo de autoridad desgastada por la exposición pública y las decisiones contradictorias. Opheim imprime a su papel una mezcla de agotamiento y convicción que transmite la sensación de alguien que continúa actuando por pura necesidad moral. Argento aporta el contrapunto juvenil, sin dramatismo, reflejando la madurez forzada de una generación que debe proteger a los más indefensos. El conjunto funciona gracias a la coherencia de tono: nadie busca destacar, y esa contención refuerza la idea de colapso colectivo.

‘Wake’ aborda la epidemia de insomnio como reflejo de una sociedad hiperconectada, incapaz de desconectarse incluso en la catástrofe. La imposibilidad de dormir se convierte en una representación clara del agotamiento contemporáneo, de la exigencia de mantenerse productivo y alerta en todo momento. Esa metáfora se concreta en los comportamientos de los personajes: el político que vive pendiente de las cámaras, la sanitaria que asume más trabajo del que puede soportar, la adolescente que asume responsabilidades impropias de su edad. Todos ellos forman un retrato claro del colapso de la empatía y del cansancio como estado social permanente.

La narrativa evita la moraleja. En su lugar, ofrece una cadena de situaciones que exhiben la fragilidad del orden y la facilidad con la que la desconfianza se propaga. La falta de sueño se traduce en pérdida de criterio, en paranoia colectiva y en una sensación de vigilancia constante que acentúa el carácter político de la serie. El gobierno intenta mantener una imagen de control, mientras los ciudadanos se refugian en rumores y teorías conspirativas. ‘Wake’ refleja con precisión cómo la información puede convertirse en un virus paralelo, más dañino que la propia enfermedad. Georgsson utiliza ese contexto para examinar la erosión del vínculo social y el modo en que el miedo alimenta la descomposición de las instituciones.

El desenlace mantiene la coherencia de su planteamiento: la sociedad continúa en pie, pero su equilibrio se ha vuelto insostenible. La epidemia deja de ser un episodio para convertirse en un nuevo modo de existencia. Esa idea otorga a la serie una fuerza inusual, ya que plantea una distopía que se siente cercana, construida a partir de gestos y rutinas reconocibles. ‘Wake’ en Amazon Prime Video funciona como advertencia: la fatiga colectiva, el exceso de control y la pérdida de confianza se incuban lentamente hasta que la vigilia perpetua se convierte en norma.

El resultado final es una producción sólida, rigurosa y coherente, que utiliza un argumento extremo para explorar una sociedad que ha olvidado cómo detenerse. Georgsson y su equipo consiguen retratar el cansancio contemporáneo con una claridad que incomoda por su cercanía. ‘Wake’ logra que la idea de permanecer despiertos deje de parecer una virtud para transformarse en una condena silenciosa.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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