La mirada que todos tenemos de Roma cambia cuando Marta se detiene frente a un cartel publicitario iluminado en plena noche y empieza a hablarle a la figura de un cantante coreano de cartón. Esa escena, tan extraña como reveladora, define la relación que Isabel Coixet plantea entre soledad, deseo y necesidad de comunicación. Desde ese punto, ‘Tres adioses’ despliega un relato sobre una mujer que reorganiza su vida tras una separación y un diagnóstico médico que altera cada una de sus rutinas. La directora transforma esa premisa en una observación sobre cómo una persona, rodeada de ruido y de exigencias cotidianas, intenta recuperar un equilibrio que no depende de los demás. Basada en la novela ‘Tres cuencos’ de Michela Murgia, la película combina guion y puesta en escena con una precisión que convierte los espacios ordinarios —una escuela, una cocina, una calle cualquiera— en escenarios de reflexión práctica. Roma aparece como una ciudad luminosa pero cansada, donde la cámara busca rincones sin turistas y esquinas donde el tiempo se detiene. Coixet construye así un retrato de vida urbana que rehúye el artificio y se concentra en lo esencial: cómo alguien decide continuar sin dramatismos excesivos y con una serenidad que cuesta sostener.
La historia se articula alrededor de tres despedidas: la del amor que se agota, la del bienestar que se desvanece y la del tiempo que se acorta. Marta, interpretada por Alba Rohrwacher, afronta cada una de ellas con una mezcla de lucidez y cansancio. Su ruptura con Antonio, un chef que busca refugio en su trabajo, marca el inicio de una secuencia de transformaciones que se desarrollan sin gritos ni sentimentalismo. Coixet observa la distancia entre ambos como un proceso inevitable en el que las emociones se diluyen en lo cotidiano. Los espacios compartidos —la casa, la mesa, la ciudad— pierden su sentido a medida que el afecto se convierte en hábito. La dirección combina planos largos con un montaje pausado que da margen a los silencios y a los pequeños movimientos. Rohrwacher sostiene el film con una interpretación precisa, capaz de expresar la incomodidad y la determinación con una naturalidad convincente. Elio Germano, en el papel de Antonio, encarna a un hombre desbordado por su propia indecisión, atrapado entre la culpa y el deseo de mantener su estabilidad.
El guion alterna escenas de observación cotidiana con situaciones que marcan la progresión del relato. Coixet utiliza la enfermedad de la protagonista como punto de inflexión, sin convertirla en un espectáculo de sufrimiento. A través de la comida, la música y los sentidos, la película muestra cómo Marta redescubre lo que había dado por hecho. La secuencia en la que prueba un helado después de recibir la noticia de su dolencia simboliza ese cambio: el sabor funciona como un recordatorio de que seguir viviendo implica seguir sintiendo. La directora filma con detalle los sonidos y movimientos del entorno, desde el vapor de una olla hasta el murmullo de las calles romanas. Esa atención a lo cotidiano no persigue embellecerlo, sino subrayar su importancia. La fotografía de Guido Michelotti refuerza este enfoque mediante una luz cálida que envuelve los espacios sin convertirlos en postales. La cámara se mantiene cerca de los personajes, observando sus reacciones con distancia suficiente para preservar su intimidad.
En el plano interpretativo, Alba Rohrwacher ofrece un trabajo sobresaliente por su control y su veracidad. Su personaje evita el sentimentalismo y mantiene una firmeza que da coherencia a cada decisión. Frente a ella, Sarita Choudhury, en el papel de médica y confidente, aporta un contrapunto racional y cálido que equilibra el tono general del film. Francesco Carril, como compañero de trabajo, introduce una mirada exterior, más simple y terrenal, que ayuda a situar a Marta en un contexto social reconocible. Coixet utiliza estas relaciones para desarrollar una reflexión sobre el cuidado, la solidaridad y la dificultad de compartir la vulnerabilidad en una sociedad orientada al rendimiento y la apariencia. Roma aparece entonces como una ciudad que ofrece refugio y a la vez impone distancia, donde los vínculos se diluyen entre la prisa y el aislamiento.
La puesta en escena de Coixet se distingue por su precisión técnica y por una sobriedad que contrasta con la intensidad del tema. El ritmo pausado, lejos de resultar estático, permite que los espectadores perciban los matices de cada escena. El montaje, discreto y funcional, da espacio a los silencios y a los gestos más simples. La directora demuestra su capacidad para organizar el relato sin subrayar los momentos clave, dejando que la emoción surja de la observación directa. Roma se convierte en un personaje adicional, filmada con una mirada que evita el decorativismo. La ciudad refleja el estado interior de la protagonista a través de su luz cambiante, sus calles vacías y sus fachadas desgastadas. Esta coherencia entre entorno y narrativa contribuye a reforzar el tono de madurez del film.
En su tramo final, la película abandona el conflicto exterior y se concentra en la serenidad que sigue al reconocimiento de los límites. Marta asume su situación con una calma que no se confunde con resignación. La cámara de Coixet la acompaña sin insistencia, dejando que el silencio ocupe el lugar de los discursos. La despedida llega sin artificios, con un equilibrio entre lucidez y aceptación. El cierre no busca provocar tristeza, sino dejar la impresión de que la vida continúa en los pequeños actos que se repiten cada día. La música, usada con discreción, complementa esa sensación de continuidad. La directora logra que el final mantenga la coherencia del conjunto, evitando la tentación de una conclusión solemne.
‘Tres adioses’ representa uno de los trabajos más equilibrados de Isabel Coixet en los últimos años. Su capacidad para combinar claridad narrativa, observación detallada y sensibilidad sin excesos la sitúa en una línea de madurez que se apoya en lo cotidiano. La película plantea una reflexión sobre la enfermedad, el amor y la pérdida sin caer en sentimentalismo ni grandilocuencia. Coixet firma un relato honesto, directo y bien estructurado, donde cada imagen cumple una función y cada emoción se expresa con medida. El resultado es una obra coherente y precisa que confirma su posición como una directora interesada en las historias pequeñas que revelan, sin alardes, la resistencia y la dignidad ante lo inevitable.
Crítica elaborada por Marina Rivas
