El verano de 2003 funciona como un territorio fértil para que Charlie Polinger, en su salto al largometraje, explore los mecanismos del acoso escolar dentro de un campus deportivo juvenil. El realizador sitúa la acción en un campamento de waterpolo masculino, un espacio cerrado donde las jerarquías se imponen con la misma contundencia que los ejercicios en la piscina. La película, presentada en el Americana Film Fest después de su paso por la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, construye su atmósfera a partir de los códigos del thriller psicológico, aunque su mirada se dirige hacia los procesos de socialización y exclusión que padecen los preadolescentes. La fotografía de Steven Breckon, rodada en 35 milímetros, otorga una textura particular a los espacios clínicos de las instalaciones deportivas, mientras que la partitura de Johan Lenox introduce elementos de desasosiego que refuerzan la tensión latente entre los jóvenes.
La trama sigue a Ben, un chico de doce años recién llegado a la ciudad después de que su madre decidiese mudarse por una nueva relación sentimental. El personaje interpretado por Everett Blunck llega al campamento cuando la segunda sesión ya ha comenzado, lo que le coloca automáticamente en una posición de desventaja frente al resto de compañeros. Pronto descubre que el grupo funciona alrededor de Jake, un adolescente rubio que Kayo Martin dota de una seguridad incómoda y una capacidad innata para detectar las debilidades ajenas. Jake bautiza a Ben como Soppy por su forma de pronunciar ciertas palabras y le explica la norma no escrita del lugar: existe un apestado llamado Eli que padece la plaga, una enfermedad cutánea que según el rumor corroe el cerebro y que obliga a cualquier contacto a extremar las medidas de higiene. Kenny Rasmussen compone a ese chico solitario que come en los vestuarios y duerme apartado, y cuya única falta parece ser la de no encajar en los patrones de comportamiento esperados.
El análisis del funcionamiento interno de esta comunidad adolescente ocupa el centro del relato. Polinger examina cómo se transmiten los códigos de pertenencia y qué mecanismos activa la masa cuando identifica a una víctima propiciatoria. Jake no necesita ejercer la violencia física directa porque ha perfeccionado el arte de la exclusión mediante la palabra y la mirada. Su poder reside en la capacidad para definir quién merece quedarse y quién debe ser expulsado simbólicamente del grupo. Ben observa ese proceso con una mezcla de fascinación y rechazo, atrapado entre el deseo de integrarse y la incomodidad que le produce el tratamiento dispensado a Eli. La evolución del protagonista consiste precisamente en el recorrido que va desde la aceptación pasiva de las reglas impuestas hasta la toma de conciencia sobre el precio que supone mantener el estatus a costa del sufrimiento ajeno.
Joel Edgerton aparece en un papel secundario como Daddy Wags, el entrenador que supervisa las sesiones de waterpolo sin llegar a ejercer una autoridad real sobre los chicos. Su presencia resulta testimonial, un adulto que pronuncia discursos motivacionales vacíos mientras los mecanismos de crueldad se desarrollan a sus espaldas. Esta ausencia de una figura paterna efectiva subraya la idea de que los adolescentes construyen sus propios sistemas normativos cuando los mayores abandonan su responsabilidad. La dirección de Polinger incide en esa orfandad institucional mediante planos que aíslan a los personajes en los pasillos y las duchas, lugares de tránsito donde las reglas quedan suspendidas y los abusos encuentran su caldo de cultivo. La piscina funciona como un escenario adicional donde los cuerpos se muestran vulnerables, y las coreografías acuáticas adquieren una cualidad fantasmal cuando la cámara las registra desde el fondo del vaso.
El tratamiento de la enfermedad inventada remite a dinámicas sociales muy reconocibles. Los chicos convierten una afección dermatológica común en un estigma que justifica el aislamiento, y esa construcción colectiva del miedo opera como mecanismo de cohesión interna. La plaga no necesita existir realmente porque su potencia simbólica resulta suficiente para mantener a raya al diferente y recordar al resto lo que puede suceder si desafían las normas establecidas. Polinger maneja con oficio esa ambigüedad, mostrando cómo el rumor adquiere consistencia a fuerza de repetición y cómo la fantasía compartida acaba generando consecuencias materiales sobre el cuerpo de la víctima. Los momentos en que Ben se acerca a Eli revelan a un chico consciente de su posición pero también dueño de una personalidad compleja, interesado por la magia y los bailes solitarios, que no renuncia a establecer vínculos aunque estos supongan un riesgo.
La puesta en escena opta por subrayar la tensión mediante recursos formales que a ratos resultan excesivos. Los sustos programados y los primeros planos de los rostros en momentos de confrontación buscan mantener al espectador en un estado de alerta continua, aunque esa estrategia pierde efectividad cuando se repite más de lo necesario. El realizador muestra mayor acierto cuando confía en la capacidad expresiva de sus jóvenes intérpretes, especialmente en las escenas donde Ben debe negociar su posición sin palabras, mediante miradas y silencios que Blunck resuelve con naturalidad. El contraste entre la energía desbordada de Jake y la contención ansiosa de Ben define el conflicto central de una película interesada en explorar las contradicciones morales que afloran durante la pubertad. Las bromas compartidas en el comedor y las conversaciones sobre sexo revelan la fragilidad de unos chicos que ensayan formas de masculinidad sin comprender todavía sus consecuencias.
La recta final acumula tensión hasta un desenlace que libera la violencia contenida a lo largo del metraje. Polinger resuelve la confrontación con imágenes que mantienen la coherencia estética del conjunto, aunque el desenlace deja preguntas sobre el verdadero aprendizaje de Ben y sobre la capacidad del sistema para transformarse después de la explosión. La estructura circular que devuelve a los personajes a la piscina sugiere que las dinámicas de exclusión difícilmente desaparecen, sino que mutan para encontrar nuevos chivos expiatorios. La película funciona mejor como radiografía de un momento concreto que como alegato conclusivo sobre el acoso escolar, y en ese retrato de la fragilidad adolescente reside su principal acierto. Polinger demuestra habilidad para extraer matices de sus intérpretes juveniles y para construir un ambiente opresivo sin necesidad de recurrir a grandilocuencias narrativas, aunque el conjunto acusa cierta irregularidad en el ritmo y una tendencia a sobrecargar la banda sonora en los pasajes más tensos.
Crítica elaborada por Marina Rivas
