Cine y series

The History of Concrete

John Wilson

2026



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Un bar medio vacío en la costa de Nueva Jersey concentra una de las escenas más representativas de 'The History of Concrete'. Allí, John Wilson graba a Jack Macco, un músico que alterna su trabajo repartiendo muestras de tequila con actuaciones ante un puñado de espectadores. Ese retrato sirve para entender el sentido del documental: la obstinación de seguir creando incluso cuando el entorno económico, cultural y físico parece desmoronarse. Wilson se acerca a Macco con una mezcla de ironía y atención, convirtiéndolo en el eje humano de una película que utiliza el hormigón como hilo conductor para hablar del paso del tiempo, la vulnerabilidad de las estructuras y la necesidad de encontrar una forma de continuidad en medio de la decadencia. Esa observación cercana y sin dramatismo define el tono del film, que equilibra humor y análisis sin caer en sentimentalismo.

El proyecto nace después del final de la serie 'How To with John Wilson', cuando el director intenta hallar una dirección para su trabajo. Su búsqueda lo lleva a inscribirse en un seminario sobre escritura de películas románticas de Hallmark, un espacio que retrata con precisión mecánica las fórmulas de la industria audiovisual. Ese punto de partida da pie a una serie de asociaciones que lo conducen al tema central: el hormigón como símbolo de permanencia y, a la vez, de fragilidad. A partir de esa idea, el documental recorre distintas localizaciones —Nueva York, Roma, Las Vegas— para explorar cómo el material que sostiene la vida moderna también encarna su desgaste. Wilson combina secuencias urbanas con fragmentos de conversaciones, grabaciones improvisadas y un montaje ágil que organiza el aparente caos en una reflexión constante sobre la construcción, la memoria y el tiempo.

Cada encuentro en la película aporta un matiz distinto. Wilson conversa con un empresario que limpia chicles solidificados de las aceras, con un artista que conserva la piel tatuada de los difuntos y con un funcionario que le advierte sobre el deterioro del sistema de carreteras de Nueva York. Estos personajes funcionan como espejos de una misma idea: la imposibilidad de mantener intacto lo que se edifica. El tono de las entrevistas, lejos de la burla, muestra una mirada interesada por la cotidianidad y por la capacidad de las personas para enfrentarse al deterioro con sentido práctico. Wilson consigue que el humor sirva de herramienta para observar sin solemnidad, utilizando la ironía como defensa ante la ruina que filma. En sus planos de calles agrietadas, sótanos inundados y construcciones romanas aún firmes, el hormigón se transforma en la medida del tiempo y en el reflejo de la civilización que lo emplea.

El documental está narrado con su característico tono de voz calmado y con una estructura en apariencia desordenada que esconde una lógica rigurosa. Cada digresión, cada salto entre temas, construye una red de relaciones donde la materia física y la vida contemporánea se confunden. La música de Suzanne Ciani acompaña esa deriva con un ritmo sereno que contrasta con la textura gris y rugosa de las imágenes. El montaje subraya el paso del deterioro físico al malestar cultural: la erosión del hormigón se relaciona con la precariedad de la creación artística, con una industria que exige uniformidad y desconfía de la singularidad. Wilson utiliza su propia situación laboral —reuniones por videollamada con productores escépticos, presupuestos agotados en viajes infructuosos— para ilustrar el desconcierto de un autor frente a un sistema que ha convertido la cultura en mercancía.

El viaje a Roma, que ocupa una parte esencial del film, concentra la ironía del método de Wilson. Gasta la mayor parte de su presupuesto en un desplazamiento que apenas le ofrece material útil, pero ese fracaso se transforma en parte de la narración. En las ruinas de la capital italiana, el hormigón antiguo resiste como testimonio de una idea de durabilidad que contrasta con la fugacidad de la vida urbana moderna. Esa comparación no se plantea de forma teórica, sino a través de imágenes que conectan la grandeza del pasado con el deterioro cotidiano de Nueva York. Al regresar, el director encadena escenas en las que la materia se convierte en personaje: carreteras agrietadas, muros desconchados y aceras llenas de parches. La observación se extiende al propio oficio cinematográfico, presentado como un intento de conservar algo que inevitablemente se degrada con el tiempo.

La relación entre Wilson y los personajes secundarios, especialmente Jack Macco, dota al documental de una dimensión emocional precisa. El músico, con sus conciertos sin público y su insistencia en seguir ensayando, se convierte en el reflejo de la misma perseverancia que sostiene al director. Ambos encarnan el esfuerzo de crear frente a un entorno que se descompone. Wilson filma su vida con una mezcla de distancia y respeto, dejando que su historia adquiera un significado más amplio: la obstinación de continuar cuando las estructuras se agrietan. Esa observación final une todos los hilos del documental. 'The History of Concrete' se consolida como una crónica sobre el esfuerzo por mantener en pie aquello que se resiste a desaparecer, una mirada lúcida sobre la materia que sostiene el mundo y sobre la vulnerabilidad de quienes la manipulan. Su claridad, su humor seco y su capacidad para conectar lo trivial con lo trascendente convierten el film en una pieza singular dentro del documental contemporáneo.

Crítica elaborada por Emma Castillo

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