Cine y series

The Copenhagen Test

Thomas Brandon

2025



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La vigilancia tecnológica nos conduce a una escena en la que Alexander Hale, analista de una agencia de inteligencia secreta, observa sin saberlo cómo sus pensamientos se convierten en material de espionaje. Esa secuencia de 'The Copenhagen Test', disponible en SkyShowtime, condensa el dilema central de la serie: el control absoluto que ejerce el poder sobre quienes lo sirven. El creador Thomas Brandon utiliza un relato de espionaje con tintes de ciencia ficción para exponer el peligro de un sistema que se alimenta del miedo y convierte a sus agentes en objetos de observación constante. Desde la dirección de Jet Wilkinson, Nima Nourizadeh y Kevin Tancharoen, el ritmo se apoya en una tensión calculada, en la que la desconfianza se extiende como una enfermedad que afecta tanto a los personajes como a la estructura narrativa.

El argumento sigue a Alexander, interpretado por Simu Liu, un trabajador de inteligencia que aspira a un ascenso dentro de la agencia conocida como The Orphanage. Su vida profesional se derrumba cuando descubre que un implante de nanites en su cerebro permite a desconocidos acceder a su vista y oído. A partir de ese momento, su entorno se convierte en un escenario vigilado donde cada acción queda registrada y reinterpretada. Thomas Brandon plantea una trama que combina espionaje, tecnología y dilemas morales para mostrar cómo la seguridad institucional termina afectando a la integridad individual. La serie plantea de forma clara que el espionaje moderno se sostiene en la invasión de la privacidad y en la sustitución del juicio personal por la obediencia jerárquica.

La relación entre Alexander y Michelle, interpretada por Melissa Barrera, da forma a un vínculo marcado por la ambigüedad emocional y el interés profesional. Ella actúa como compañera, vigilante y enlace dentro del sistema que controla al protagonista, y su papel refleja la dificultad de separar los afectos de los deberes impuestos por la organización. Ambos personajes se mueven en una red donde la confianza se convierte en una herramienta de manipulación. Michelle representa la parte más pragmática del espionaje, mientras que Alexander encarna la fragilidad de quien se descubre utilizado por la institución que le prometió estabilidad. La serie aprovecha su relación para analizar cómo las emociones pueden emplearse como instrumentos de control, sin sentimentalismo ni artificios innecesarios, sino con una mirada directa sobre la instrumentalización del vínculo personal dentro del trabajo de inteligencia.

El conjunto de personajes secundarios complementa este enfoque. Moira, interpretado por Brian d’Arcy James, encarna el poder burocrático que se esconde tras un aparente equilibrio. St. George, papel de Kathleen Chalfant, ejerce una autoridad discreta que impone respeto sin necesidad de recurrir a amenazas. Parker, interpretada por Sinclair Daniel, aporta una mirada analítica sobre los comportamientos ajenos y se convierte en símbolo de una generación acostumbrada a trabajar bajo la vigilancia constante. Cada uno refleja un tipo de relación con el control, desde la obediencia total hasta la resistencia silenciosa. El resultado es un retrato coral que muestra la estructura jerárquica del espionaje como una cadena donde todos observan y son observados, un circuito cerrado que se retroalimenta de la sospecha.

El componente político ocupa un lugar central. 'The Copenhagen Test' describe un sistema en el que la vigilancia se presenta como medida de protección, aunque en realidad perpetúa la desconfianza y reduce la autonomía de los agentes. La serie introduce una crítica directa al modo en que las instituciones manipulan la información para mantener su poder. A través de The Orphanage, Brandon construye una metáfora sobre la burocracia del control y sobre la imposibilidad de escapar de un entorno donde todo movimiento puede registrarse. El espionaje se convierte así en una forma de gestión del miedo colectivo, un mecanismo que transforma la seguridad en una obligación permanente. Los dilemas morales de los personajes ilustran cómo el deber y la conciencia terminan enfrentados en un contexto donde el secreto es la moneda más valiosa.

El estilo visual, sin recurrir a artificios, acompaña esa lectura política. Los directores aprovechan los espacios cerrados, los tonos grises y los reflejos metálicos para subrayar la sensación de encierro. Los planos de oficinas subterráneas y pasillos sin salida refuerzan la idea de que la vigilancia es una forma de confinamiento. Los cambios de luz marcan los estados mentales del protagonista, que sufre episodios de desorientación causados por la interferencia tecnológica. El montaje alterna diferentes líneas temporales para mostrar la confusión que genera el control externo sobre la percepción. Cada salto narrativo tiene un propósito: reflejar la fragmentación del conocimiento dentro de una organización que opera a base de secretos.

La serie dedica sus últimos episodios a examinar las consecuencias personales de esa situación. Alexander, afectado por continuos dolores de cabeza y pérdidas de orientación, se enfrenta a la posibilidad de perder su identidad. La tecnología que debía protegerlo termina definiendo su vida, y su entorno sentimental se reduce a un conjunto de vínculos condicionados por la utilidad estratégica. La historia retrata con claridad cómo la vigilancia transforma las emociones en recursos calculados, anulando cualquier margen de espontaneidad. Ese proceso culmina cuando el protagonista asume que su libertad depende de aceptar su papel dentro del sistema que lo controla. El desenlace plantea la persistencia del espionaje como una forma de orden social basada en la observación mutua y en la desconfianza estructural.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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