Cine y series

Tell Me Lies - tercera temporada

Meaghan Oppenheimer

2026



Por -

Un mensaje de voz enviado minutos antes de una boda basta para que 'Tell Me Lies' reactive su maquinaria de secretos y resentimientos. Ese arranque marca el tono de la tercera temporada, donde los personajes se enfrentan al peso de lo que callaron y a la incomodidad de seguir fingiendo normalidad cuando las mentiras acumuladas empiezan a desbordarse. La creadora Meaghan Oppenheimer dirige la serie hacia una mirada más adulta, interesada en mostrar cómo el pasado se infiltra en el presente a través de pequeñas heridas que sus protagonistas se empeñan en disimular. La puesta en escena mantiene una serenidad calculada, apoyada en una planificación limpia que evita artificios y deja que las miradas entre los personajes se conviertan en el centro de la tensión narrativa. La fotografía ilumina los espacios universitarios con un tono uniforme que refleja el paso del tiempo y la degradación de las relaciones, sin recurrir a contrastes exagerados. La historia se apoya en las interpretaciones de Grace Van Patten y Jackson White, que sostienen la trama con una contención que potencia el malestar que impregna cada episodio.

La temporada continúa el recorrido iniciado en la anterior con un sentido de continuidad que resulta convincente. Lucy, más serena en apariencia, regresa a Baird College con la intención de cerrar una etapa que sigue abierta, mientras Stephen mantiene su actitud calculadora, incapaz de perdonar lo que considera una traición personal. Ese enfrentamiento emocional funciona como motor del relato, pero la serie amplía su alcance al situar en primer plano a los personajes secundarios, que dejan de ser meros testigos para convertirse en piezas esenciales del conjunto. Pippa y Wrigley retoman su relación tras la muerte del hermano de él, aunque la conexión de Pippa con Diana introduce un conflicto entre deseo y lealtad que aporta al relato una tensión constante. Bree, afectada por su relación con Oliver, trata de sostener una imagen estable que se resquebraja con la aparición de una nueva estudiante que despierta antiguos temores. Todas estas líneas argumentales confluyen en un retrato coral de jóvenes atrapados por la culpa, el deseo y la incapacidad para asumir las consecuencias de sus actos.

La dirección consigue que esas tramas se entrelacen sin dispersarse, construyendo una estructura sólida que alterna el presente con los recuerdos sin confundir al espectador. Oppenheimer utiliza los saltos temporales para demostrar cómo los errores del pasado condicionan cualquier intento de cambio. La serie presenta cada reencuentro con una tensión que no depende de giros forzados, sino de la memoria compartida entre los personajes. Los silencios y las frases a medias revelan más que las confesiones explícitas, y esa decisión da consistencia al tono de la temporada. La puesta en escena mantiene un equilibrio constante: los espacios cerrados, los dormitorios y los pasillos funcionan como lugares donde la intimidad se transforma en campo de batalla. Los personajes se mueven en entornos que aparentan calma, pero donde la vigilancia y la sospecha dominan cada relación.

El guion describe con precisión los mecanismos de manipulación afectiva que vertebran la historia. Stephen ejerce un control calculado sobre quienes lo rodean, utilizando la culpa y la dependencia como instrumentos de poder. Su relación con Lucy se sostiene sobre un intercambio desigual en el que cada uno busca imponerse al otro. Lucy, atrapada entre la atracción y la repulsión, intenta liberarse a través de su vínculo con Alex, un nuevo personaje que representa la posibilidad de una vida más equilibrada. Sin embargo, su relación con él solo sirve para evidenciar hasta qué punto su identidad depende de las dinámicas destructivas que ha aprendido a aceptar. Las conversaciones entre ambos muestran esa contradicción: la búsqueda de estabilidad frente a la necesidad de repetir los patrones del pasado. La serie consigue que cada diálogo tenga peso dramático, sin frases superfluas ni emociones impostadas.

La tercera temporada de 'Tell Me Lies' utiliza las relaciones personales como vía para abordar temas de fondo que van más allá del terreno sentimental. La serie explora cómo el poder se ejerce en los entornos íntimos y académicos, cómo la culpa se convierte en una forma de control y cómo el deseo de aprobación empuja a los personajes a mantener vínculos que los dañan. Oppenheimer plantea un retrato del entorno universitario como un espacio de competencia emocional, donde la amistad, el sexo y la ambición se mezclan hasta perder sus límites. El abuso de poder, la manipulación y la búsqueda de aceptación forman parte de un mismo mecanismo que sostiene la trama. Las decisiones de los personajes nunca son arbitrarias: cada acción nace de una necesidad de reconocimiento que la serie retrata con frialdad, sin sentimentalismo ni dramatismo excesivo.

El trabajo de los intérpretes sostiene esa mirada sin fisuras. Grace Van Patten dota a Lucy de una fragilidad contenida que transmite cansancio y ansiedad sin recurrir a la exageración. Jackson White construye un Stephen más agresivo que en temporadas anteriores, cuyo control sobre los demás se manifiesta en pequeñas humillaciones cotidianas. El resto del reparto contribuye a que el conjunto funcione con coherencia: Catherine Missal refuerza el arco de Bree con una vulnerabilidad que la aleja del arquetipo, mientras Sonia Mena y Alicia Crowder encuentran en Pippa y Diana un espacio para desarrollar personajes con matices propios. Las actuaciones encajan dentro de una dirección que prefiere observar antes que subrayar, permitiendo que los personajes se definan por sus acciones.

A medida que avanza la temporada, la estructura narrativa consolida un ritmo firme y sostenido. Cada episodio aporta una pieza a la historia sin recurrir a artificios ni giros innecesarios. El montaje mantiene una cadencia pausada que refuerza la tensión y otorga a los diálogos un peso específico. Los espacios, desde los dormitorios universitarios hasta las fiestas o los encuentros en los pasillos, se convierten en escenarios donde los personajes exponen su vulnerabilidad. La iluminación y el encuadre subrayan la idea de que cada lugar contiene restos del pasado, reforzando la sensación de encierro que recorre toda la temporada. El desenlace, construido con una progresión lógica, reúne las distintas líneas argumentales sin ofrecer consuelo a los personajes. Cada uno queda enfrentado a las consecuencias de sus actos sin posibilidad de escapar de ellas.

'Tell Me Lies' alcanza en esta tercera temporada una madurez narrativa que confirma su capacidad para analizar las relaciones afectivas con una mirada directa y sin concesiones. Oppenheimer dirige con precisión un relato que combina análisis social y drama íntimo, sin caer en sentimentalismos ni moralismos. La serie convierte la mentira en el eje central de un retrato generacional en el que la manipulación y la dependencia se confunden con la necesidad de sentirse deseado. En sus mejores momentos, consigue mostrar cómo el amor se transforma en una forma de poder y cómo la verdad deja de tener valor cuando el deseo de controlar al otro lo contamina todo.

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