Cine y series

Sorella di clausura

Ivana Mladenovic

2025



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Concebir una sátira sobre las fijaciones afectivas en un contexto de precariedad material constituye el punto de partida de Ivana Mladenović en 'Sorella di clausura', largometraje que transita por la Muestra de Cine Rumano de 2026 después de su paso por certámenes internacionales. La directora serbia afincada en Rumanía construye un relato donde el costumbrismo de bloques de viviendas atestados de familiares y alcohol se fusiona con una reflexión ácida acerca de la construcción de la fama en los Balcanes posteriores a la incorporación a la Unión Europea. Desde el inicio se instala una atmósfera densa donde la aspereza de los vínculos laborales en una fábrica textil convive con la ensoñación de una mujer adulta que canaliza su existencia a través de la veneración por un vocalista melódico en decadencia. La propuesta se desmarca de las reconstrucciones nostálgicas del periodo comunista para observar las contradicciones surgidas tras la apertura occidental, momento en que ciertos mitos del consumo sustituyeron a los antiguos referentes ideológicos, generando un paisaje moral tan resbaladizo como los interiores recargados que Marius Panduru registra con texturas granuladas y tonos ocres que recuerdan al soporte fotoquímico.

La protagonista, Stela, encarna una forma de desarraigo instalado en la intimidad doméstica: sobrepasa los cuarenta años, reside en una vivienda comprimida de Timișoara junto a parientes que dependen de la exigua pensión de un tío y soporta un empleo escasamente remunerado que parece diseñado para anular cualquier atisbo de ambición. Katia Pascariu compone esta criatura con una entrega física que sortea la caricatura gracias a una expresión facial donde el desconcierto y la terquedad se alternan sin estridencias. La obsesión sentimental por el cantante Boban (interpretado por Miodrag Mladenović, progenitor de la cineasta) arranca en la preadolescencia y se preserva como un mecanismo de defensa frente a un entorno que margina a quienes carecen de recursos o de una imagen normativa. La película detalla el hurto del subsidio del tío para costear una entrada a un concierto, hecho que desata un desahucio encubierto, pues la familia se ve forzada a desplazarse a una aldea mientras Stela se aferra al piso y da comienzo a una serie de encuentros sexuales con varones que, según escribe en una misiva jamás remitida, conservan al menos un uno por ciento de semejanza con el ídolo. La reiteración de este dato estadístico absurdo revela el sustrato cuantificador con que la protagonista mide sus nexos emocionales, un eco soterrado de la lógica mercantil que impregna las relaciones interpersonales contemporáneas.

La construcción narrativa se bifurca cuando el azar digital convierte el hostigamiento cibernético a una celebridad local, Vera Pop, en un vínculo laboral insospechado. Cendana Trifan dota a este personaje de una ambigüedad calculada: ejerce de mentora, explotadora y cómplice en un entramado de negocios que abarcan productos eróticos derivados del cáñamo y promesas editoriales que jamás cristalizan. La cercanía a esta mujer proporciona a Stela el espejismo de ascender en la jerarquía social, al tiempo que la sumerge en una Bucarest donde el oportunismo campa bajo la apariencia de sesiones de masaje transformadas en bodas ficticias y manuscritos redactados a toda velocidad para impresionar a un editor que prefiere el alias "X" antes que cualquier apellido reconocible. La realizadora evita subrayar con moralina el devenir de la protagonista: cualquier ridículo público (la masturbación con una chancla sobre un cartón publicitario del artista, la irrupción disfrazada de diplomática germánica para recuperar a un amante) se presenta como la gimnasia diaria de una mujer que carece de red de protección y decide revestir la humillación con la misma teatralidad que emplearía una cómica involuntaria. La película registra esos momentos con planos cenitales que extraen una extraña plasticidad de la miseria de los objetos, como si la mugre acumulada en los rincones mereciese idéntico tratamiento visual que un bodegón clásico.

La fotografía de Panduru y el montaje de Vanja Kovačević ensamblan un catálogo de situaciones que transitan desde el esperpento hasta la ternura contenida, despojando al relato de cualquier tentación sentimental. El diseño sonoro, donde se mezclan estribillos melódicos con el runrún de televisores que escupen programas del corazón, refuerza la sensación de un país atrapado entre la resaca de la transición postsoviética y el deslumbramiento por unos estándares de bienestar que Occidente exporta sin garantizar su cumplimiento. La directora articula esta madeja temática mediante una estructura episódica que recuerda a las peripecias de un antihéroe picaresco contemporáneo, donde cada capítulo añade un estrato de desesperación al tiempo que mantiene la sonrisa helada del espectador.

El tratamiento de las implicaciones políticas evita los panfletos y prefiere filtrar la crítica mediante situaciones que bordean el absurdo. La secuencia donde Stela simula un acento teutón para acceder a un encuentro con quien le ha dado esquinazo concentra en pocos minutos el estigma que Europa occidental proyecta sobre el este del continente, esa mezcla de paternalismo y desdén que el guion de Mladenović, Adrian Schiop y Momir Milosević condensa en la expresión "caos pintoresco de los Balcanes", pronunciada con fingida ligereza mientras la protagonista intenta cerrar un trato editorial para un manual de la OTAN.

La dirección de actores mantiene un equilibrio precario entre la desmesura que exige el género satírico y la verosimilitud psicológica que demandan las escenas de mayor crudeza. Pascariu asume desnudeces que el filme integra sin morbo, como un dato más de una cotidianidad donde la carne envejecida carece de valor de cambio en el mercado del deseo.

La elección de un título que alude a un coro de monjas enclaustradas (esas voces que solo se escuchan tras un voto de silencio) sugiere una paradoja que atraviesa toda la función: la protagonista rompe constantemente el mutismo social impuesto a las mujeres de su condición, grita, insulta, copula, escribe, gesticula, pero sus actos resuenan en una campana de vacío donde las instituciones y los afectos se han licuado hasta volverse irreconocibles.

Crítica elaborada por Marina Rivas

'Sorella di clausura' fue proyectada en la Muestra de Cine Rumano 2026 de Cineteca (Matadero)

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