El primer plano de 'Soñando con leones' transmite una calma inquietante. El mar balear se extiende inmóvil, y esa serenidad encierra el impulso principal de la historia: la búsqueda de un final decidido por uno mismo. Paolo Marinou-Blanco, cineasta portugués con una filmografía breve y dispersa, se adentra aquí en un terreno incómodo para cualquier espectador. No filma sobre la muerte, sino sobre la capacidad de asumirla sin miedo y sin ornamentos. Desde esa perspectiva, el relato avanza sin prisas, mostrando a sus personajes con una mezcla de ternura seca y mirada analítica. El director sitúa la acción entre Portugal y Mallorca, y utiliza ambos escenarios para mostrar la contradicción entre la belleza exterior y el deterioro interno. Su tono nunca se desvía hacia el sentimentalismo, y su cámara parece más interesada en observar que en conmover. Esa distancia le permite tratar un tema cargado de moral y política sin caer en dogmas ni consuelos fáciles.
La historia gira en torno a Gilda, una mujer que padece un cáncer cerebral que la va despojando de autonomía. Su objetivo es sencillo en apariencia: encontrar una forma digna de despedirse. A través de ella, Marinou-Blanco construye una reflexión sobre el control del propio destino en una sociedad que tiende a medicalizar cada instante. Gilda se topa con Joy Transition International, una empresa que promete acompañamiento y serenidad a quienes deciden adelantar su final. Desde la primera escena en sus oficinas, queda claro que el director utiliza esa empresa como símbolo de la mercantilización del alivio. Las reuniones, los folletos y las charlas motivacionales reproducen el lenguaje de las terapias de autoayuda, donde la muerte se ofrece empaquetada en planes premium. Frente a ese decorado de optimismo impostado, Gilda encarna la ironía de quien no se deja domesticar por los discursos del bienestar. Su lucidez desmonta la hipocresía de un sistema que pretende convertir la compasión en negocio.
En ese contexto aparece Amadeu, un joven empleado de funeraria que también carga con un diagnóstico terminal. Entre ambos surge una alianza que combina solidaridad, humor y desesperación. Marinou-Blanco filma su relación sin adornos, dejando que la complicidad se exprese en pequeños gestos y silencios que sustituyen a las declaraciones. Lo que une a Gilda y Amadeu no es la pena, sino la conciencia de estar fuera del guion social. Ambos rechazan las instrucciones sobre cómo “despedirse bien” y optan por improvisar su salida del mundo. Esa decisión los enfrenta a la empresa, a los médicos, a la familia y a la propia sociedad, que tolera la muerte solo si ocurre de forma reglada. El director consigue aquí su mayor acierto: mostrar cómo el deseo de autonomía se convierte en una forma de resistencia. Cada escena entre ellos tiene un tono cotidiano que refuerza la idea de que la libertad no es un concepto abstracto, sino una práctica concreta que se ejerce incluso en los márgenes de la vida.
La narración alterna momentos realistas con fragmentos de ensoñación en los que Gilda se enfrenta a sus recuerdos, conversa con su reflejo o revive escenas de su juventud. Estas secuencias no rompen el ritmo, sino que amplían la percepción del espectador, mostrando que la mente sigue activa incluso cuando el cuerpo se deteriora. Marinou-Blanco utiliza esos pasajes para explorar la relación entre memoria y deseo, entre lo que se recuerda y lo que se elige olvidar. La puesta en escena se caracteriza por su claridad y por un uso de la luz que dota a cada espacio de un sentido emocional preciso. Los interiores grises contrastan con los paisajes luminosos de Mallorca, donde la película alcanza su dimensión más simbólica. Allí, los protagonistas buscan un médico dispuesto a ayudarlos y, en ese viaje, el paisaje actúa como espejo de su serenidad. La fotografía evita cualquier dramatismo, confiando en que el entorno hable por sí mismo. Cada encuadre parece medir el tiempo con el pulso de quien se despide sin prisa.
El filme aborda sin rodeos el debate sobre la eutanasia. Portugal aparece como un país que, pese a su aparente apertura legal, mantiene una fuerte resistencia cultural a la idea de decidir el momento del final. Marinou-Blanco expone esa contradicción con un tono sobrio, sin necesidad de discursos. Los personajes secundarios representan las distintas posturas: la religiosa que ofrece consuelo condicionado, el médico que aplica el reglamento con precisión burocrática, el familiar que intenta retrasar lo inevitable por miedo a quedarse solo. A través de ellos se dibuja una sociedad atrapada entre la compasión y el control, entre la moral heredada y la libertad individual. La película no busca escándalo, sino reflexión. En lugar de insistir en el dramatismo, el director se detiene en las rutinas: la preparación de una comida, un paseo por la orilla, un baile improvisado. En esos gestos cotidianos reside la parte más viva del relato. Gilda no se presenta como víctima, sino como alguien que intenta mantener la coherencia de sus decisiones hasta el final.
El trabajo interpretativo de Denise Fraga sostiene gran parte del equilibrio del filme. Su personaje transmite una mezcla de ironía y cansancio que evita cualquier compasión superficial. En su mirada se percibe la determinación de quien acepta la fragilidad sin fingir fuerza. João Nunes Monteiro aporta ligereza al conjunto, y su presencia introduce un matiz generacional interesante: el de una juventud que convive con la enfermedad y la precariedad con idéntica naturalidad. Marinou-Blanco dirige a ambos con una precisión que rehúye la emotividad exagerada. Las escenas se construyen con un ritmo contenido, casi meditativo, que permite al espectador acompañar a los personajes sin sentir que se le dicta qué debe pensar. Esa contención convierte a la película en un espacio de observación, donde el espectador se convierte en testigo silencioso de la dignidad ajena. La dirección demuestra confianza en el poder de las miradas y las pausas, en lugar de recurrir a música o montajes enfáticos.
La llegada a Mallorca marca un cambio de tono. El relato adquiere un aire contemplativo, como si la proximidad del final exigiera un tipo distinto de atención. Las secuencias junto al mar transmiten una calma que contrasta con la agitación moral que domina el resto del filme. Marinou-Blanco filma esos momentos con una serenidad casi documental, interesado en registrar la textura de la luz y la respiración de sus protagonistas. En este tramo, la película deja de girar en torno a la enfermedad y se centra en el sentido del acto elegido. Los protagonistas parecen reconciliarse con el hecho de desaparecer, y lo hacen desde una complicidad que no requiere palabras. La dirección acierta al evitar cualquier moraleja. En lugar de explicar el sentido de sus decisiones, los muestra actuando desde la coherencia y la ternura, sin heroísmos. La cámara se convierte en testigo del último pacto entre dos personas que han decidido compartir su límite.
Marinou-Blanco combina la crudeza del tema con una mirada llena de matices sobre el deseo de autonomía. Su estilo se acerca al de cineastas europeos que utilizan la ironía para abordar dilemas éticos, como Bent Hamer o Veiko Õunpuu, pero sin copiar sus fórmulas. En 'Soñando con leones' prevalece una voz personal, capaz de alternar humor y gravedad sin contradicción. El guion juega con esa dualidad, incorporando momentos cómicos que no alivian el peso del argumento, sino que lo completan. La risa aparece como una forma de resistencia, un modo de conservar la dignidad frente a la impotencia. Esa mezcla de lucidez y sarcasmo sostiene una reflexión sobre la libertad individual que trasciende el tema de la eutanasia y alcanza el ámbito político. En un contexto en el que todo parece regulado y clasificado, la película defiende el derecho a decidir sin permiso. Esa idea atraviesa todo el relato, desde la primera imagen hasta el silencio final, sin subrayados ni conclusiones morales.
'Soñando con leones' se sostiene como una obra coherente y valiente, donde cada detalle contribuye a una misma dirección: examinar cómo una persona puede enfrentarse a su final sin renunciar a su identidad. Marinou-Blanco evita la lágrima y la épica, y en su lugar propone un viaje contenido que apela a la empatía y al pensamiento. La historia de Gilda y Amadeu se transforma en una reflexión sobre el control, la libertad y la dignidad, contada con claridad y sin pretensiones. Lo que queda después de verla no es tristeza, sino una sensación de serenidad difícil de definir. El director se limita a observar, y en esa distancia consigue una forma de cercanía más duradera. 'Soñando con leones' demuestra que, incluso en los márgenes de la vida, aún es posible tomar decisiones que nos pertenezcan por completo.
