Cine y series

Sin cerrojos: Un experimento carcelario - segunda temporada

Michael Haertlein

2026



Por -

Un grupo de internos observa cómo las puertas de su módulo se abren y los funcionarios se marchan. Durante unos segundos nadie se mueve, hasta que alguien da el primer paso y el silencio se rompe. Esa escena marca el punto de partida de 'Sin cerrojos: Un experimento carcelario', la serie documental producida por Lucky 8 que retoma en Arizona la experiencia iniciada en Arkansas: permitir que un bloque de presos conviva sin la intervención directa del personal penitenciario. Bajo la supervisión del sheriff Ross Teeple, la idea consiste en comprobar si un entorno de autogestión puede reducir la violencia y fomentar la convivencia. La cámara de Netflix convierte ese intento en un retrato crudo del encierro y de la forma en que las jerarquías reaparecen incluso cuando se eliminan las órdenes externas.

El planteamiento se apoya en una premisa sencilla: ofrecer a los reclusos una posibilidad de organizar su día a día, desde la limpieza hasta las normas básicas de convivencia. Lo que parece una oportunidad para fomentar la cooperación acaba mostrando con claridad cómo el control y la desconfianza marcan cada relación. El programa se construye sobre esa tensión entre la esperanza del sheriff por mejorar el sistema y el objetivo televisivo de captar el desorden que surge cuando la autoridad desaparece. El montaje alterna momentos de aparente calma con estallidos de conflicto que evidencian lo difícil que resulta mantener un equilibrio entre libertad y seguridad dentro de una estructura pensada para contener.

El núcleo del relato lo forman los internos, retratados con una franqueza que evita el sentimentalismo. Ronald Dunmire, apodado ‘AO’, se enfrenta constantemente a los límites de su carácter. Elwood Murphy, conocido como ‘Woody’, analiza su adicción con una lucidez que sorprende, y Ronald Stricklett, ‘Irish’, intenta mantener la disciplina sin imponerla por la fuerza. Cada uno representa una estrategia distinta de adaptación. A través de ellos, la serie muestra cómo se establecen nuevas jerarquías informales donde el respeto se negocia a diario. El ambiente se carga de tensión racial, de rivalidades por la comida o por los espacios comunes, y de un deseo constante de ser reconocido dentro de un entorno que reduce cualquier identidad a un número.

La dirección de la serie adopta una mirada seca, sin adornos. La cámara se mantiene pegada a los pasillos, capta los diálogos entre celdas y se detiene en los silencios que surgen tras cada enfrentamiento. La luz artificial domina el ambiente y genera una sensación de asfixia incluso con las puertas abiertas. Ese enfoque acentúa la idea de que la libertad dentro de un penal siempre tiene un límite físico y mental. El ritmo pausado y la ausencia de una voz que explique cada acción obligan a interpretar los hechos sin filtros, lo que refuerza la credibilidad de las imágenes. Frente a otros documentales carcelarios más centrados en el espectáculo, este proyecto se aproxima al registro de observación constante, donde cada detalle adquiere relevancia.

El experimento ideado por Ross Teeple intenta reformular la relación entre castigo y reinserción. La serie plantea un dilema político: hasta qué punto el sistema penitenciario está dispuesto a ceder control para comprobar si los internos pueden convivir sin vigilancia. El proyecto se presenta como un ensayo social con fines rehabilitadores, aunque su desarrollo deja ver la distancia entre la teoría y la práctica. Las divisiones étnicas reaparecen, los grupos se agrupan por afinidad y los liderazgos se imponen por fuerza o por carisma. Esa dinámica deja al descubierto cómo las mismas estructuras de poder que rigen fuera del penal se reproducen en su interior, lo que convierte la experiencia en un reflejo directo de la sociedad que la observa a través de la pantalla.

A medida que avanza la temporada, la convivencia se transforma en un equilibrio inestable entre cooperación y miedo. Los internos asumen tareas de limpieza, preparan la comida y discuten normas para mantener el orden, pero cada avance genera un nuevo conflicto. Los responsables del programa insisten en que el experimento busca enseñar responsabilidad, aunque el resultado televisivo parece priorizar la tensión sobre la armonía. El montaje resalta las discusiones, las alianzas fugaces y las miradas desconfiadas, conscientes de que el espectador se mantiene atento cuando el descontrol se impone. Esa mezcla de ensayo institucional y entretenimiento convierte el proyecto en algo ambiguo: una iniciativa con intenciones reformistas y, al mismo tiempo, un producto diseñado para captar audiencia.

El impacto político y moral de 'Sin cerrojos: Un experimento carcelario' resulta evidente. La producción se sitúa en la frontera entre la observación social y la explotación de un entorno extremo. En Arkansas, la primera temporada generó críticas por el uso de las imágenes y la representación de los presos. En esta segunda entrega, los responsables intentan mostrar mayor transparencia, aunque las tensiones persisten. Las cámaras funcionan como un recordatorio de quién tiene el control real: los internos administran su bloque, pero cada paso queda registrado por un equipo que decide qué parte de la realidad llega al público. La supuesta libertad del experimento está siempre condicionada por el punto de vista del montaje.

La puesta en escena mantiene una estética directa y funcional. Las tomas largas y la falta de música permiten que la rutina se imponga sobre el dramatismo. Esa elección subraya la monotonía del encierro y la dificultad de mantener una convivencia estable sin la mediación de la autoridad. La dirección se centra en los rostros y en los sonidos del entorno: las rejas, los pasos, las conversaciones cortadas. Ese enfoque refuerza la sensación de vigilancia permanente y deja claro que la prisión, incluso sin guardias, sigue siendo un espacio diseñado para limitar cualquier iniciativa personal.

El cierre de la temporada deja la impresión de que el experimento produce avances pequeños pero significativos. Algunos internos logran establecer normas de respeto, otros recaen en la confrontación. El sheriff interpreta el resultado como una prueba de que la autogestión puede ser útil en determinados contextos, mientras que los espectadores asisten a una muestra clara de cómo el poder se redistribuye dentro de un grupo que intenta sobrevivir sin guía externa. Netflix convierte esa realidad en un relato ágil y directo, con un tono que evita la complacencia y que invita a observar cómo la convivencia se convierte en una forma de resistencia dentro del encierro.

'Sin cerrojos: Un experimento carcelario' presenta un análisis sólido sobre la convivencia, el poder y las contradicciones de un sistema que busca reformarse sin alterar su esencia. La serie utiliza el formato documental para exponer con precisión los límites de las iniciativas penitenciarias basadas en la confianza. Su segunda temporada confirma que el experimento, más que una medida de reinserción, se convierte en un espejo de las tensiones que atraviesan cualquier comunidad, tanto dentro como fuera de los muros del penal.

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