El nuevo trabajo de Mary Bronstein parte de un entorno doméstico cargado de tensión para construir un retrato de la maternidad que rehúye cualquier idealización. 'Si pudiera, te daría una patada' se apoya en una dirección cercana, casi invasiva, que encierra al espectador dentro del espacio mental y físico de su protagonista. La directora evita los adornos y se centra en una sensación de encierro constante, acentuada por el trabajo de cámara de Christopher Messina, que se mantiene muy próximo al rostro de Linda, una psicóloga interpretada por Rose Byrne que parece perder el control de su vida mientras el entorno se derrumba a su alrededor. Bronstein convierte cada rincón de la casa, cada ruido y cada conversación en una fuente de agobio. Desde el inicio, la película plantea una convivencia imposible entre las exigencias del trabajo, la maternidad y la falta de apoyo, y lo hace con una precisión que roza el documental, aunque siempre dentro de un lenguaje narrativo muy controlado. Estrenada en el Sundance Film Festival y distribuida por A24, la película se mueve entre el drama familiar y el retrato psicológico, sin buscar un tono grandilocuente, sino uno sostenido, cargado de nervio y observación.
La historia sigue a Linda, madre de una niña enferma que depende de un dispositivo médico para alimentarse. Esa situación marca la vida entera de la protagonista, que se ve obligada a atender su trabajo como terapeuta mientras su marido, interpretado por Christian Slater, se encuentra ausente en viajes laborales y solo aparece a través de llamadas telefónicas llenas de reproches. Las conversaciones entre ambos dejan claro un matrimonio agotado, sostenido por la rutina y el resentimiento. El derrumbe literal del techo de su vivienda, que la obliga a mudarse a un motel, actúa como símbolo de una estructura que se desmorona. Allí, el contacto con personajes secundarios, como el encargado del edificio o una recepcionista que la trata con desprecio, refuerza la sensación de aislamiento. Bronstein construye cada escena con una tensión creciente, en la que incluso los ruidos domésticos o los pitidos del aparato médico contribuyen a crear una atmósfera de agotamiento que envuelve toda la narración. El guion prescinde de explicaciones innecesarias y se concentra en mostrar la acumulación de responsabilidades que lleva a Linda a una situación límite.
Los personajes que rodean a Linda aportan matices importantes a la trama y sirven para ampliar el retrato de un entorno social que se desentiende del malestar ajeno. Conan O’Brien interpreta a su terapeuta, un hombre que representa el cinismo profesional de alguien más interesado en mantener la apariencia que en escuchar. Danielle Macdonald encarna a una paciente cuya ansiedad se refleja en la protagonista, mientras A$AP Rocky introduce una figura amable que rompe temporalmente la sensación de encierro, aunque su relación con Linda nunca llega a ofrecer estabilidad. Cada uno de estos personajes actúa como reflejo parcial de la frustración generalizada: padres desbordados, trabajadores sin descanso, individuos que aparentan control sin tenerlo. Bronstein evita convertirlos en caricaturas y los muestra como piezas de un entorno donde la empatía se ha vuelto un lujo. El modo en que Linda se relaciona con ellos evidencia su pérdida de equilibrio y la imposibilidad de encontrar un punto de apoyo real. Las conversaciones, cargadas de tensión y torpeza, transmiten la sensación de que todo diálogo acaba en un callejón sin salida.
El trasfondo político y moral de la película se construye con una claridad que va más allá del drama individual. 'Si pudiera, te daría una patada' expone cómo la sociedad impone a las mujeres un modelo de maternidad basado en la abnegación y el sacrificio permanente. Linda representa a una generación atrapada entre la exigencia profesional y la obligación de mantener un hogar funcional. Cada visita médica, cada informe clínico y cada comentario de su entorno subrayan una estructura social que mide el valor de una madre en función de su capacidad para resistir. Bronstein describe esa situación con un tono contenido, sin discursos explícitos, pero con una observación muy lúcida sobre la presión cotidiana que implica cuidar mientras todo se hunde alrededor. En ese sentido, la película conecta con otros retratos recientes del agotamiento femenino, aunque mantiene una voz propia al enfocarse en la monotonía de las rutinas, en la falta de descanso y en la incomunicación generalizada. El resultado es una crítica clara hacia un sistema que responsabiliza a las mujeres de todos los fracasos familiares y que trata el agotamiento psicológico como un defecto individual.
El trabajo de dirección se apoya en una puesta en escena austera y precisa. Bronstein utiliza la cercanía de la cámara para generar una sensación de asfixia constante. Los interiores están iluminados con tonos apagados, que transmiten una fatiga casi física, mientras el sonido del aparato médico de la niña se convierte en un zumbido que domina el ambiente. Cada plano transmite una presión sostenida, como si el aire se redujera con cada escena. El montaje de Lucian Johnston refuerza esa sensación de colapso al eliminar las transiciones suaves y presentar cortes secos que acentúan la desorientación. La música está ausente durante buena parte del metraje, lo que obliga al espectador a enfrentarse al ruido real de la historia: los pitidos, los gritos lejanos, los golpes de las cañerías. Esta decisión técnica crea un espacio en el que el sonido adquiere más peso que las palabras, y donde la sensación de fatiga se convierte en el eje central. La coherencia entre lo visual, el ritmo narrativo y el sonido muestra un trabajo de dirección muy meditado que consigue transmitir una sensación de encierro sin recurrir a artificios.
La evolución de Linda es el motor de la película. Al principio intenta mantener una fachada de control, pero poco a poco su comportamiento se vuelve más errático. Su dependencia del alcohol y del cannabis funciona como un intento de silenciar una mente saturada. Las discusiones con su terapeuta y con los médicos revelan su hartazgo y su impotencia ante un entorno que solo le ofrece juicios. La relación con su hija se transforma en una cadena de dependencia mutua que anula cualquier posibilidad de descanso. Cuando conoce al vecino James, interpretado por A$AP Rocky, parece abrirse un respiro, aunque la desconfianza y la inestabilidad impiden que ese vínculo avance. Bronstein muestra ese deterioro con naturalidad, sin exageraciones ni giros forzados. Cada acción, cada conversación y cada mirada transmiten una fatiga acumulada. Linda no busca redención ni castigo, sino una forma de detener la presión. Esa búsqueda inalcanzable define su recorrido y da sentido al tono cada vez más tenso de la película.
El tramo final lleva la tensión al extremo. El agujero del techo, que desde el principio funciona como metáfora del derrumbe doméstico, se amplía hasta convertirse en una imagen que une el caos físico y el mental. La suciedad, la humedad y los desperfectos del apartamento reflejan un colapso generalizado. La cámara se acerca aún más a Linda, mientras los sonidos se distorsionan y el entorno pierde nitidez. Bronstein logra que el deterioro material se confunda con el psicológico, y esa mezcla genera una sensación de vértigo difícil de sostener. Rose Byrne mantiene la credibilidad de su personaje con un trabajo de precisión, sin dramatismo excesivo, apoyándose en pequeñas reacciones que revelan agotamiento y rabia. Cuando la película concluye, la tensión acumulada deja un rastro de cansancio compartido entre la protagonista y el espectador. No hay alivio ni castigo, solo la persistencia del malestar y la sensación de que nada se ha resuelto porque la causa de ese malestar sigue intacta fuera del marco de la historia.
En conjunto, 'Si pudiera, te daría una patada' es una obra que retrata con rigor la fatiga contemporánea y la presión del cuidado constante. Mary Bronstein utiliza los recursos del cine independiente para componer un relato que evita el dramatismo gratuito y se centra en lo concreto: los espacios reducidos, el ruido continuo, la mirada perdida de su protagonista. La película convierte la vida doméstica en un territorio de resistencia donde la rutina se confunde con la supervivencia. Su fuerza radica en la claridad con la que muestra un sistema que exige sacrificio sin ofrecer apoyo, y en la forma en que traduce esa tensión en una puesta en escena que no concede descanso. El resultado es una mirada lúcida y exigente sobre la maternidad y la carga social que la acompaña, construida con rigor y sin concesiones.
