Cine y series

Sandbag Dam

Cejen Cernic

2025



Por -

La lluvia parece querer borrarlo todo. En el pueblo donde transcurre 'Sandbag Dam', el cielo amenaza con desbordarse y arrastrar las certezas de quienes viven a su orilla. Entre los sacos de arena que los vecinos amontonan para contener el río, una historia mucho más íntima se abre paso: la de dos jóvenes que intentan entenderse a sí mismos mientras el mundo que los rodea se resquebraja. Čejen Černić Čanak dirige esta película croata con una calma engañosa, dejando que el espectador se asome poco a poco a un universo donde el silencio pesa más que las palabras y donde cada gesto cotidiano encierra una batalla invisible. Su mirada, directa y sin adornos, desmonta las apariencias rurales y coloca la emoción en primer plano, con una cámara que observa sin entrometerse y que logra convertir lo cotidiano en una fuente constante de tensión.

El relato gira en torno a Marko, interpretado por Lav Novosel, un muchacho que parece tenerlo todo bajo control: un padre orgulloso, una novia aceptada por su familia y una rutina marcada por el trabajo en el taller y las competiciones de pulsos. Pero detrás de esa imagen de seguridad late algo distinto. Su hermano pequeño, Fićo, con su inocencia y su fascinación por los conejos, representa el único espacio donde Marko puede mostrarse sin máscaras. La aparición de Slaven, su antiguo amigo, reabre una herida que nunca cerró. Slaven vuelve desde Berlín, obligado por el funeral de su padre, y su regreso desencadena un movimiento interno que afecta a todo el pueblo. Nadie lo dice en voz alta, pero todos lo perciben. Entre ambos se esconde una historia de afecto prohibido que la comunidad se encargó de enterrar, igual que los sacos de arena ocultan la tierra húmeda antes del temporal.

Černić Čanak filma ese reencuentro con un pulso paciente. No hay giros bruscos ni discursos moralizantes, solo miradas, silencios y respiraciones contenidas. El guion, firmado junto a Tomislav Zajec, evita los atajos y se centra en lo que realmente importa: la imposibilidad de vivir en paz cuando lo que uno siente choca con la estructura que lo sostiene. En el pueblo, la fuerza física es la medida de la valía, y la masculinidad se define en torno al cuerpo, la competición y la obediencia. Marko lucha en los pulsos con sus amigos, pero la verdadera contienda se libra dentro de él, entre lo que se espera y lo que desea. El arm wrestling, repetido una y otra vez, deja de ser un simple pasatiempo para convertirse en una representación clara del sometimiento: gana quien mejor sabe resistir, pero el precio de esa resistencia es la represión constante.

La directora consigue que esa tensión se sienta en cada plano. La fotografía de Marko Brdar encierra a los personajes entre paredes húmedas y horizontes nublados, con una cámara que se acerca tanto que casi invade su respiración. El sonido, diseñado por Julij Zornik, juega un papel esencial: el rumor del agua, los truenos lejanos, el chirrido de las herramientas en el taller y el murmullo de las conversaciones vecinales conforman un paisaje sonoro que refleja el estado de ánimo colectivo. Todo parece al borde del colapso. El montaje de Slaven Zečević refuerza esa sensación alternando tomas prolongadas con cortes abruptos, una forma de recordar que la calma siempre puede quebrarse.

El conflicto principal, sin embargo, no se limita al amor oculto entre los dos jóvenes. La película abre un debate mucho más amplio sobre la hipocresía y la moral social. En ese pequeño pueblo croata, la apariencia vale más que la verdad, y los padres actúan como guardianes de un orden que consideran inmutable. El padre de Marko, orgulloso y rudo, cree que formar un hombre pasa por endurecer el carácter y enterrar las emociones. Su madre prefiere la vigilancia al diálogo, y lo hace con la convicción de quien teme perder el control. Esa dinámica familiar, marcada por la obediencia y la represión, retrata un sistema en el que la tradición se confunde con la ley natural. Los vecinos actúan como un coro silencioso que observa, comenta y sanciona. Todos saben lo que ocurre, pero la consigna colectiva es fingir que nada pasa.

El regreso de Slaven rompe esa ficción. Su presencia altera la rutina y obliga a los demás a mirarse al espejo. Marko intenta sostener su doble vida: el novio modelo, el hijo obediente, el hermano protector. Pero en cada encuentro con Slaven se desmorona un poco más esa fachada. La película evita el dramatismo fácil y muestra la erosión de la mentira con una naturalidad incómoda. En sus conversaciones, cortas y torpes, se percibe la carga de los años perdidos y la imposibilidad de recuperar lo que una vez fue simple. La atracción entre ambos sigue ahí, pero la culpa pesa tanto como el deseo. En cada mirada hay un intento de resistirse y un reconocimiento inevitable.

La directora consigue que lo político se infiltre en lo cotidiano. No necesita discursos ni grandes escenas para señalar cómo la homofobia se enraíza en los gestos más simples: un padre que calla, una madre que aparta la vista, un amigo que bromea para ocultar su miedo. Todo el pueblo actúa como una máquina de control moral, y esa maquinaria aplasta con la misma fuerza que el río que amenaza con desbordarse. La película establece un paralelismo evidente entre la presión del agua y la del entorno. Cuando el dique cede, también lo hace la contención de los personajes. En esa coincidencia entre naturaleza y sociedad se resume toda la potencia del film: lo reprimido siempre encuentra su forma de salir a la superficie.

Las interpretaciones aportan una verosimilitud admirable. Lav Novosel da cuerpo a un personaje dividido entre la obligación y la necesidad de ser él mismo, con una presencia física que nunca se impone al conflicto interior. Andrija Žunac encarna a Slaven desde una quietud que revela tanto dolor como deseo de reconciliación. Entre ambos se establece una tensión que nunca se disuelve del todo, incluso cuando el guion parece empujarlos a caminos opuestos. Franka Mikolaci, como la novia de Marko, introduce una mirada paralela, la de quien presiente lo que ocurre y decide seguir adelante, consciente de que en ese pueblo nadie se atreve a decir la verdad. La presencia del hermano pequeño, interpretado por Leon Grgić, aporta una dulzura que rompe la dureza del relato. Su inocencia funciona como recordatorio de que la pureza emocional no pertenece a la infancia, sino a quienes todavía no han aprendido a fingir.

El trabajo de dirección se distingue por una contención que no implica frialdad. Cada plano parece pensado para evitar el exceso, y aun así la carga emocional se mantiene constante. Černić Čanak confía en los cuerpos, en las miradas y en los espacios más que en las palabras. Esa elección permite que la historia crezca con naturalidad, sin imposiciones. Su cine, heredero de cierta tradición centroeuropea, apuesta por el detalle antes que por la exposición. La directora se mueve entre la observación social y la sensibilidad íntima, consiguiendo un equilibrio que raras veces se sostiene con tanta coherencia.

'Sandbag Dam' no pretende levantar una bandera ni imponer una lectura. Su fuerza radica en mostrar cómo el miedo y la vergüenza moldean la vida cotidiana, cómo la represión se transmite de padres a hijos, y cómo la posibilidad del amor se abre paso incluso en los entornos más hostiles. Cada plano parece contener el mismo mensaje: nadie escapa de lo que siente, por mucho que lo esconda. Cuando la corriente arrastra las defensas, lo que queda no es destrucción, sino la oportunidad de empezar de otro modo. La película, sin estridencias, observa ese momento en que los personajes comprenden que el agua que tanto temían también puede limpiar.

'Sandbag Dam' ha sido proyectada en la más reciente edición del Queercinemad

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