La historia de ‘Rut y Booz’ surge de un cruce entre tradición bíblica y escenarios contemporáneos. Alanna Brown dirige esta adaptación que traslada al presente un relato transmitido durante siglos, ahora enmarcado en la cultura musical del sur estadounidense. Con guion de Michael Elliot y Cory Tynan, la producción financiada por Tyler Perry y DeVon Franklin se presenta en Netflix como un drama romántico que busca equilibrar espiritualidad y entretenimiento masivo.
El relato arranca en Atlanta, donde Ruth Moably, interpretada por Serayah, desarrolla su carrera como rapera emergente. El brillo inicial de su trayectoria contrasta con un cansancio que la impulsa a abandonar los escenarios. Ese giro vital la conduce a Tennessee, donde asume el cuidado de Naomi (Phylicia Rashad), y en ese entorno rural se encuentra con Booz (Tyler Lepley), un viticultor cuya serenidad funciona como contrapunto de su agitación interior. El paso de una gran ciudad a un espacio agrícola establece desde el comienzo un cambio de ritmo que impregna toda la narración.
El filme retoma la esencia del episodio bíblico pero sustituye los campos de trigo por viñedos. La labor de pisar uvas y cuidar la tierra se convierte en metáfora de paciencia, dedicación y renacimiento. Esa elección visual resulta clave: mientras la música urbana representa la velocidad y la presión de la industria, la viña simboliza continuidad y cuidado comunitario. El contraste de escenarios articula un discurso sobre la necesidad de reencontrar raíces frente a la fugacidad de la fama.
El personaje de Ruth sostiene la atención del espectador. Serayah construye una figura dividida entre su pasado artístico y un presente que exige redefinición. La actriz aporta intensidad en la representación de una mujer que busca equilibrio entre ambición y vínculos afectivos. Frente a ella, Booz se convierte en presencia estable, con un carisma sereno que encarna valores de compromiso y confianza. La relación entre ambos se desarrolla de forma progresiva, sin perder la referencia a la dimensión espiritual que sostiene la trama.
Naomi, interpretada por Phylicia Rashad, ofrece un segundo eje narrativo de gran relevancia. Su personaje concentra el peso de la tradición y la herencia, y su vínculo con Ruth aporta complejidad al relato. Más allá del romance central, la película recuerda la importancia de los lazos entre generaciones distintas. Esa relación, inspirada directamente en el texto bíblico, da a la historia un trasfondo que conecta con la idea de comunidad elegida.
La producción incluye apariciones de figuras vinculadas a la música como Kenneth “Babyface” Edmonds o Jermaine Dupri, lo que refuerza la dimensión cultural de la obra. Kurt Farquhar firma una banda sonora que transita entre ritmos urbanos y melodías más clásicas, reflejando las dos etapas vitales de Ruth. La música se convierte en vehículo narrativo: funciona como recuerdo de un pasado que ella abandona y como medio de expresión íntima en su nueva vida.
En términos visuales, Michael Negrin ofrece una fotografía cálida para las escenas en Tennessee, con predominio de tonos dorados que transmiten sensación de refugio. Atlanta aparece retratada con luces artificiales y atmósferas cerradas, lo que genera un contraste que subraya el tránsito de la protagonista. El recurso a estos códigos visuales aporta claridad a un relato que se apoya más en símbolos reconocibles que en matices dramáticos.
Los valores centrales de la película se alinean con los del relato bíblico: fidelidad, apoyo mutuo y construcción de futuro compartido. El componente religioso atraviesa los diálogos y algunas decisiones de los personajes, reflejando la influencia cultural del cristianismo en la vida del sur estadounidense. La cinta nunca esconde ese trasfondo, aunque lo combina con convenciones propias del drama romántico contemporáneo.
Más allá de su superficie narrativa, ‘Rut y Booz’ plantea una reflexión sobre pertenencia y arraigo. El desplazamiento de la ciudad al campo funciona como metáfora de un regreso a lo esencial, mientras la convivencia entre Ruth y Naomi introduce la idea de familia más allá de los vínculos de sangre. El guion conecta con una tradición de relatos afroamericanos donde la comunidad y el cuidado colectivo aparecen como motores de resistencia frente a adversidades.
Sin embargo, el desarrollo dramático se apoya en estructuras previsibles. Los conflictos se resuelven con rapidez y la evolución de los personajes tiende a seguir un esquema lineal. Aunque la química entre Serayah y Tyler Lepley consigue sostener varias escenas, la construcción narrativa evita riesgos y privilegia la claridad sobre la complejidad. Esa decisión resta fuerza a ciertos pasajes que podrían haber ganado en densidad dramática.
El contexto industrial de la obra explica en parte esas elecciones. Tyler Perry y DeVon Franklin llevan tiempo produciendo cintas que combinan valores tradicionales con un alcance popular. ‘Rut y Booz’ se inscribe en esa línea, añadiendo un componente musical que busca atraer a audiencias diversas. Netflix refuerza esta estrategia al estrenar la película con proyección internacional, lo que la convierte en un producto diseñado para consumo global.
En la dirección, Alanna Brown opta por un estilo más accesible que el mostrado en su anterior trabajo, Trees of Peace. Aquí prima la claridad narrativa sobre la experimentación formal. El reto de adaptar un mito cultural a un lenguaje actual se resuelve mediante un equilibrio entre fidelidad al texto original y convenciones propias de la comedia romántica moderna. El resultado es irregular, con momentos de fuerza visual que conviven con pasajes de tono televisivo.
El reparto secundario incluye a Nijah Brenea, Gregory Alan Williams o Christopher Broughton, entre otros, que aportan capas adicionales a la narración. Cada personaje refleja distintas facetas de la relación entre fe, trabajo y vínculos afectivos. Esa coralidad enriquece el relato, aunque en ocasiones los personajes carecen de espacio suficiente para desarrollarse con profundidad.
‘Rut y Booz’ se mueve en un terreno intermedio entre el relato ancestral y la producción contemporánea de plataforma. Sus aciertos se encuentran en la fotografía cálida, la presencia sólida del reparto y el atractivo cultural de la música. Sus limitaciones residen en un guion que simplifica conflictos y reduce la complejidad de los personajes a trazos previsibles. Aun así, la película ofrece un acercamiento singular a una historia transmitida durante siglos, ahora reformulada para un público global que consume historias románticas desde la comodidad del streaming.
