Los primeros minutos de 'Ride or Die' plantean una sensación de calma que pronto se transforma en algo inquietante. Josalynn Smith no arranca su película con grandes estridencias, sino con un ritmo contenido que sugiere que todo lo que parece tranquilo está a punto de torcerse. Paula y Sloane, dos jóvenes que se reencuentran por azar en una tienda de segunda mano en St. Louis, deciden lanzarse a la carretera sin un plan concreto. Ese gesto aparentemente sencillo se convierte en el punto de partida de una historia donde la libertad, el deseo y el peso de las diferencias sociales y raciales chocan de forma inevitable. Smith, que dirige con una precisión casi física, se apoya en la cámara de Arlene Muller para situar al espectador muy cerca de los personajes, hasta el punto de sentir su respiración. El paisaje norteamericano que atraviesan no actúa como simple fondo, sino como una extensión de sus emociones: los horizontes abiertos parecen prometerlo todo, pero también contienen el germen del peligro.
Paula, interpretada con contención y firmeza por Briana Middleton, es una joven negra que sueña con ser cineasta y escapar de una casa donde el amor materno convive con la incomprensión. Sloane, a la que da vida Stella Everett, es su opuesto: blanca, impulsiva, desordenada y marcada por una historia familiar que la ha dejado a la deriva. La conexión entre ambas surge desde el primer cruce de miradas, pero lo que comienza como una atracción romántica se convierte pronto en una relación que revela sus desequilibrios. La película observa cómo el afecto puede deformarse cuando las heridas personales se mezclan con las desigualdades sociales. Smith construye el vínculo entre las dos protagonistas sin sentimentalismos y sin buscar la compasión del espectador. Cada gesto, cada silencio o discusión, se traduce en una tensión que no se disuelve ni siquiera cuando comparten los momentos más íntimos. La historia crece en esa contradicción: dos mujeres que se necesitan tanto como se desgastan.
El viaje que emprenden hacia California tiene una doble lectura. Por un lado, es el símbolo clásico del deseo de empezar de nuevo; por otro, es la constatación de que las promesas de libertad siempre llegan con condiciones. Smith utiliza el formato de thriller para mantener una tensión constante que estalla en escenas de violencia contenida, sin recrearse en ellas. Lo que realmente le interesa es cómo los personajes lidian con su entorno y con las estructuras que los atraviesan. Paula, consciente del lugar que ocupa en una sociedad que la observa con desconfianza, percibe las microagresiones cotidianas que Sloane apenas capta. Hay una escena en un motel en la que Sloane consigue una habitación que a Paula le habían negado minutos antes: ese momento resume de forma nítida el tipo de desigualdad que la directora quiere poner en evidencia. Sin discursos ni subrayados, deja que la acción revele la distancia que separa a las dos jóvenes.
A lo largo del recorrido, la película alterna momentos de calma y estallidos que rompen el equilibrio. Un accidente, una mirada malinterpretada, un encuentro con desconocidos en un pueblo que parece suspendido en otra época: cada episodio añade una capa al retrato de unas protagonistas que empiezan a comprender que su viaje no es una escapatoria, sino un espejo de su propia fragilidad. La dirección de Smith se apoya en el trabajo de Olivia Eliseo en el montaje, que permite que las escenas respiren, y en la música de Freya Berkhout, que acompaña sin imponerse, aportando una sensación de melancolía que impregna todo el metraje. El resultado es un ritmo irregular, pero coherente con la naturaleza emocional de la historia.
El guion que firma la directora junto a Alicia Louzoun-Heisler no se limita a contar una historia de amor. Es también una observación sobre el modo en que la juventud se enfrenta al fracaso de los ideales de independencia. Paula busca huir hacia una versión de sí misma que tal vez no exista, mientras Sloane parece perseguir un estado de euforia permanente que la consume. Ambas son víctimas de un entorno que asocia la libertad con la huida y el deseo con el peligro. El choque entre ambas visiones acaba arrastrándolas hacia un terreno de ambigüedad moral, donde las decisiones dejan marcas que ninguna puede borrar. Smith retrata esa deriva sin indulgencia y con una mirada que mezcla la empatía con la distancia crítica.
Cuando la historia alcanza el desierto de Arizona, la película adopta un tono más contemplativo. El espacio abierto deja de ser una promesa para transformarse en un escenario de agotamiento. Las dos protagonistas parecen avanzar hacia un punto sin retorno, donde el amor ya no es una salvación sino una carga. La fotografía, bañada en tonos dorados y azulados, refuerza la idea de que el viaje físico se ha convertido en una metáfora del desgaste interior. En este tramo final, la directora mantiene una serenidad que evita cualquier exceso dramático. La tensión se sostiene en los rostros, en los gestos contenidos y en el silencio que sigue a cada enfrentamiento. El desenlace sugiere más de lo que muestra, pero no deja espacio para la duda: el precio de su vínculo es demasiado alto.
La película de Smith, estrenada en el Queercinemad 2025 tras su paso por Tribeca, utiliza la estructura del cine de carretera para hablar de desigualdad, amor y desengaño. El acierto está en no convertir a sus protagonistas en símbolos ni en mártires, sino en mujeres que intentan entenderse a sí mismas en medio de un sistema que las empuja a huir. 'Ride or Die' no pretende dar lecciones, pero su fuerza radica en la manera en que muestra cómo el deseo puede volverse una forma de resistencia y, al mismo tiempo, de pérdida. Lo que queda al final es la sensación de haber recorrido con ellas una ruta llena de obstáculos, donde el amor se mide no por lo que une, sino por lo que revela.
'Ride or Die' ha sido proyectada en la más reciente edición de Queercinemad
