Simon Sandquist, director sueco nominado al Oscar, se adentra en el subgénero slasher con su última película Horror Park. Situada en un parque temático durante la noche de Halloween, esta cinta pretende rendir homenaje a los grandes clásicos del género de terror, pero acaba tropezando con algunos de sus propios sustos.
La historia nos presenta a Fiona, una empleada encargada de cuidar a un grupo de adolescentes que han ganado una entrada VIP para pasar la noche en las instalaciones del parque. Para su sorpresa, este peculiar grupo resulta ser unos antiguos compañeros de instituto con los que comparte un oscuro secreto. Conforme avanza la noche, empiezan a suceder cosas extrañas y son acechados por un siniestro personaje enmascarado dispuesto a cobrarse una retorcida venganza personal.
A priori, el escenario del parque de atracciones resulta ideal para crear una atmósfera inquietante. Sus laberínticas instalaciones y amenazantes decoraciones consiguen transmitir una sensación constante de peligro acechante. No obstante, el director no logra exprimir todo el potencial terrorífico del lugar, abusando en exceso de los sustos baratos en lugar de construir una tensión más sostenida y elaborada.
En cuanto al argumento, éste repite las fórmulas más manidas del género sin aportar ningún elemento original. La trama resulta previsible desde el principio y los giros del guion están telegrafiados. Los personajes, por su parte, se muestran bidimensionales, cayendo en estereotipos ya muy vistos como la protagonista traumatizada, el gallito fanfarrón o la novia superficial.
Destaca la interpretación de la actriz principal Wilma Lidén, que transmite verosimilitud en su retrato de una joven atormentada por el pasado. El veterano actor Omar Rudberg (conocido por la serie Young Royals) también cuenta con algunos buenos momentos que aprovecha para demostrar su versatilidad. Por lo demás, el reparto cumple sin más, lastrado por la debilidad del material con el que tienen que trabajar.

En lo referente al apartado técnico, la fotografía consigue atrapar la decadente grandiosidad del parque abandonado durante la noche, jugando con luces y sombras para aumentar la sensación de amenaza. No obstante, el montaje resulta irregular, alternando escenas con buen ritmo con otras más planas que rompen el pulso narrativo.
La dirección de Sandquist muestra más interés en impactar visualmente que en coser una historia sólida y bien hilvanada. Su dominio estilístico no consigue compensar las carencias argumentales de la cinta, que transita de principio a fin por derroteros muy conocidos.
En definitiva, nos encontramos ante una película que no termina de cuajar, mostrando problemas en los pilares básicos de guion, personajes y resolución narrativa. Le faltan ideas frescas que le insuflen una personalidad propia, naufragando en un mar de tópicos donde es difícil destacar.
Pese a contar con una premisa y un escenario a priori idóneos para crear una buena historia de terror, Horror Park no pasa de ser un producto mediocre que apenas destaca entre la sobreabundante oferta de slashers del mercado. Su mayor pecado es conformarse con lo ya visto en lugar de arriesgar en busca de algo nuevo.
Si Sandquist hubiera mostrado la misma ambición y talento narrativo de sus compatriota Tomas Alfredson (Déjame Entrar), esta historia ubicada en un siniestro parque de atracciones podría haber dado mucho más de sí. Por desgracia, la película se pierde en un laberinto de guiños genéricos y sustos prefabricados del que no consigue salir.
Horror Park es un entretenimiento ligero con algunos destellos inspirados, pero adolece de una falta de identidad propia y de la profundidad necesaria para destacar en un género tan trillado. Los amantes más incondicionales del slasher quizás puedan pasar un rato divertido, pero para el resto supone una nueva oportunidad perdida de reinventar las viejas fórmulas.


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