El aire húmedo de Panamá parece quedarse suspendido sobre la historia que Ana Endara Mislov construye con precisión y calma en ‘Querido trópico’. Desde los primeros planos, la directora sitúa al espectador en un entorno doméstico donde la quietud engaña: tras esa apariencia tranquila se mueven fuerzas sociales y emocionales que sostienen el relato. La película narra el encuentro entre dos mujeres que habitan extremos opuestos de la escala social, pero que comparten la misma sensación de abandono. Endara elige el encierro de una casa amplia y silenciosa para exponer con naturalidad cómo se entrelazan la enfermedad, la migración y la necesidad de afecto en un país que sirve de puente entre mundos desiguales. Su cámara observa sin prisas, confía en el ritmo de los gestos y en el poder de los silencios, construyendo una atmósfera que nunca se precipita hacia el dramatismo, pero que tampoco se refugia en la indiferencia.
Ana María, una mujer colombiana que ha dejado atrás su país para buscar estabilidad en Panamá, consigue un empleo como cuidadora de Mercedes, una empresaria retirada que lidia con los primeros síntomas de la demencia. La hija de esta, Jimena, impone las condiciones con la frialdad de quien considera el cuidado un trámite más que una entrega. A cambio de un salario justo y la promesa de ayuda con sus papeles migratorios, Ana María acepta un trabajo que pronto revela su lado más áspero. Fingir un embarazo se convierte en su única defensa ante un entorno que la percibe desechable. En ese punto, la película traza un retrato directo de la precariedad que viven las mujeres migrantes, expuestas a una doble exigencia: ser útiles y, al mismo tiempo, invisibles. La mentira del embarazo funciona como símbolo de un deseo de pertenencia que el sistema le niega, y la casa donde trabaja se transforma en un microcosmos donde se condensan las desigualdades sociales y la fragilidad emocional.
Mercedes, interpretada por Paulina García, aparece al inicio como una mujer acostumbrada al control, que se resiste a aceptar la pérdida de autonomía. Su deterioro mental la despoja lentamente de las certezas que sostenían su identidad, y esa caída libera a la vez una parte de sí que había permanecido enterrada bajo los privilegios. Ana María, en cambio, encarna la resistencia silenciosa de quien no puede permitirse el lujo de derrumbarse. Entre ambas surge una conexión que no se apoya en el afecto inmediato ni en la compasión, sino en el reconocimiento de una vulnerabilidad compartida. La directora evita las trampas del sentimentalismo y deja que el vínculo crezca a partir de lo cotidiano: preparar la comida, cruzar una mirada, acompañarse en el desorden de la memoria. Esa relación se convierte en el eje del relato, no como un ejemplo de redención, sino como un modo de supervivencia.
El espacio juega un papel esencial en la película. La casa, con sus paredes amplias y su jardín que parece devorarla, actúa como extensión del estado mental de los personajes. Los sonidos del trópico, la lluvia persistente, los insectos y la humedad se mezclan con el silencio interior de las habitaciones, generando una sensación de encierro vital. La cámara, siempre paciente, observa desde la distancia, sin entrometerse, pero sin perder detalle. Nicolas Wong utiliza una fotografía tenue y desaturada que resalta la melancolía de un entorno donde el tiempo parece suspendido. El montaje, firmado por Bertrand Conard, se apoya en el ritmo natural de las acciones, confiando en que la emoción se desprenda del gesto más simple y no del discurso.
La película también se adentra en el terreno de lo político sin levantar la voz. En ‘Querido trópico’, la desigualdad no se denuncia a través de grandes confrontaciones, sino en la forma en que se reparten las tareas, en la distancia con la que Jimena observa a su madre y en la naturalidad con la que Ana María asume su papel subordinado. Endara retrata una estructura social que se sostiene sobre cuerpos femeninos que cuidan y son cuidados, que limpian y son olvidados. En este sentido, la obra comparte la mirada analítica de cineastas como Carla Simón o Valeria Sarmiento, interesadas en la vida doméstica como espacio de conflicto y resistencia. La política aparece filtrada por los afectos, sin necesidad de proclamas, recordando que la intimidad también es territorio de poder.
El guion, coescrito con Pilar Moreno, se apoya en la palabra justa. Los diálogos son breves, pero cargados de intención. Cada frase parece pesar más por lo que calla que por lo que enuncia. Endara sabe que el silencio puede revelar más que cualquier confesión. Cuando Mercedes olvida, o cuando Ana María finge no escuchar, lo que emerge no es la incomunicación, sino una forma distinta de diálogo, una convivencia entre la memoria que se desvanece y la esperanza que apenas se sostiene. La evolución de ambas mujeres se construye sin giros forzados ni golpes de efecto. Lo que cambia es la manera en que se miran, la forma en que aprenden a ocupar el mismo espacio sin sentir que una invade a la otra.
El retrato que propone la directora no evita la dureza, pero la aborda desde una sensibilidad que se resiste al dramatismo. La enfermedad y la soledad no se presentan como tragedias inevitables, sino como partes de la vida que requieren acompañamiento. Endara se detiene en ese punto intermedio entre la lucidez y la pérdida, entre la entrega y la resignación, donde lo humano se define por la capacidad de sostener al otro sin esperar recompensa. La película avanza como una corriente lenta, pero constante, que arrastra con suavidad hacia un desenlace sin artificios, en el que la conexión entre ambas mujeres adquiere un sentido que trasciende la dependencia inicial.
‘Querido trópico’ se sostiene sobre una dirección que privilegia la observación antes que la explicación. Ana Endara Mislov demuestra una seguridad poco habitual en una ópera prima, confiando en que los rostros y los espacios hablen por sí solos. En su manera de filmar, cada detalle adquiere valor narrativo: una mano que se extiende, una silla vacía, una puerta entreabierta. Todo tiene peso, porque todo revela algo de las dinámicas invisibles que rigen las relaciones humanas. Lo que la directora consigue no es solo una historia de cuidado y enfermedad, sino una reflexión sobre cómo el afecto puede surgir incluso en medio de estructuras injustas. Esa claridad en la mirada convierte a la película en un ejercicio de madurez narrativa que retrata con precisión el encuentro entre dos soledades que, al cruzarse, consiguen sostenerse.
