En una escena de 'Putain', Gigi levanta la voz desde un andamio mientras carga ladrillos bajo un sol que apenas calienta. Protesta a Yves, su amigo, por haberle prometido un trabajo ilegal que acaba resultando ser un empleo en una obra. Yves, con una naturalidad que roza lo absurdo, le contesta que el trabajo resulta ilegal solo porque él aún no ha alcanzado la mayoría de edad. Ese intercambio, breve y mordaz, define la mirada de Deben Van Dam y Frederik Daem sobre la juventud de Bruselas: una mezcla de precariedad, humor y desencanto que atraviesa cada plano. La serie se sostiene sobre situaciones reconocibles, conversaciones directas y una cámara que no embellece nada, como si la vida de sus personajes se filmara sin filtros. Filmin la incorpora a su catálogo como un retrato de una generación que intenta sobrevivir entre la indiferencia social y la necesidad de afecto, una combinación que da sentido a todo lo que ocurre a lo largo de los diez episodios.
El relato se centra en Gigi, interpretado por Liam Jacqmin, un adolescente que abandona su casa cuando su madre decide retomar una relación con un antiguo amante con el que compartió un pasado marcado por la adicción. A partir de esa ruptura familiar, la serie se convierte en una mirada cercana a la ciudad y sus jóvenes, un mosaico de situaciones que muestra cómo cada uno se las apaña para mantenerse en pie. La dirección elige una narración limpia, sin adornos, confiando en la naturalidad de los intérpretes y en la fuerza de los espacios. Bruselas aparece con una mezcla de dureza y vitalidad, una ciudad donde las calles pueden ser un refugio o una trampa según quién las recorra. En ese entorno, Gigi intenta construir su lugar, acompañado por amigos que funcionan como una familia improvisada, con una complicidad que oscila entre la ternura y la desconfianza.
Rania, Zola, Yves y Snokkie completan el grupo que rodea al protagonista. Cada uno aporta una mirada distinta sobre la adolescencia en un entorno urbano que combina ironía y agotamiento. Zola expresa un cansancio frente a la mediocridad de los chicos de su entorno, Rania mantiene una distancia protectora ante el caos general, Snokkie actúa como observador extravagante y Yves representa la desorientación adulta que se niega a madurar. Sus conversaciones, mezcladas con expresiones en flamenco, árabe y francés, retratan la diversidad de la ciudad sin artificio. Esa mezcla lingüística, lejos de ser un adorno, se convierte en una herramienta para mostrar la manera en que los jóvenes se identifican y se distancian de su entorno. Cada palabra refleja una lucha por definirse, por mantenerse firmes dentro de una sociedad que los margina, y esa tensión constante es lo que impulsa la narrativa.
El papel de la familia en 'Putain' actúa como una herida abierta que nunca cicatriza. Anaïs, la madre, vive atrapada entre el deseo de rehacer su vida y la incapacidad de asumir las consecuencias de sus actos. Su relación con Gigi está marcada por reproches, silencios y promesas incumplidas. Fabrice, el antiguo amante, funciona como un recordatorio de los errores pasados y de la fragilidad emocional que se instala cuando las dependencias sustituyen al cariño. El reencuentro con el padre, interpretado por Gorik Van Oudheusden, acentúa ese retrato de vínculos fallidos. Thierry, un hombre que apenas puede sostenerse, refleja un modelo de paternidad incapaz de ofrecer apoyo. La dirección muestra estos vínculos con una frialdad deliberada, evitando dramatismos y dejando que las miradas, los espacios vacíos y los objetos acumulados transmitan el desgaste. Cada escena familiar deja una sensación de estancamiento, como si los personajes se movieran dentro de un círculo del que nadie logra salir.
La representación de la adolescencia en la serie se apoya en un equilibrio entre crudeza y comprensión. Gigi vive entre la rebeldía y la frustración, incapaz de aceptar un entorno que lo trata como un adulto pero lo juzga como un niño. Sus conflictos amorosos con Zola y su rivalidad con el resto del grupo reflejan la dificultad de comunicar emociones en un contexto dominado por la desconfianza. Van Dam filma esas interacciones sin moralizar, utilizando la cámara como testigo discreto de los gestos más pequeños: una conversación a media voz, una risa forzada o un silencio incómodo tras una discusión. La serie se detiene en esas situaciones para mostrar cómo los jóvenes construyen vínculos sin manuales, aprendiendo a base de errores. Esa naturalidad convierte cada episodio en un retrato sincero de lo que significa crecer en un entorno que apenas concede oportunidades.
El trabajo visual de Jordan Vanschel mantiene una coherencia que refuerza el tono del relato. La luz natural y la ausencia de artificio permiten que la ciudad se convierta en un personaje más, una presencia que lo invade todo. Cada calle, cada bloque de viviendas o local abandonado aparece con una textura reconocible, como si la cámara buscara registrar los restos de una vida cotidiana que nadie observa. La banda sonora, compuesta y seleccionada por Zwangere Guy, utiliza el rap como medio para expresar lo que los personajes no logran decir en voz alta. Las letras hablan de rabia, desencanto y supervivencia, pero también de pertenencia y orgullo, un reflejo directo de la vida en los márgenes. Esa música, combinada con los silencios prolongados de la dirección, marca el ritmo de una serie que se mueve entre la violencia contenida y la necesidad de seguir adelante.
La dirección de Deben Van Dam apuesta por una puesta en escena que prioriza la observación sobre la espectacularidad. Las secuencias se alargan lo justo para que los actores respiren dentro de ellas, y esa decisión genera una sensación de realismo constante. Las influencias de cineastas como Fernando Meirelles o Andrea Arnold se perciben en la forma de retratar la ciudad como un organismo en tensión permanente. Sin embargo, Van Dam aporta una mirada más sobria, sin buscar la épica ni el drama gratuito. Cada plano parece construido para que el espectador perciba la incomodidad de los personajes, su manera de adaptarse a un entorno que los supera. La serie construye así un retrato de una juventud europea marcada por la precariedad y por la necesidad de apoyarse unos en otros para resistir.
El resultado de 'Putain' combina realismo, observación social y un lenguaje audiovisual directo. La serie confía en la acumulación de momentos pequeños que, sumados, forman una visión coherente de un mundo en el que las relaciones personales se convierten en el único refugio posible. Van Dam y Daem logran una obra donde cada personaje tiene un lugar y cada escena contribuye a una idea clara: la adolescencia, lejos de la idealización, se define por la contradicción entre el deseo de libertad y la imposibilidad de alcanzarla. Esa idea, sostenida con firmeza y sin sentimentalismo, convierte a 'Putain' en una serie que observa sin moralizar y que retrata una generación atrapada entre la desilusión y la supervivencia cotidiana.
Crítica elaborada por Marina Rivas
