Nunca podrías pensar que tu peor pesadilla fuese un animal que guarda tantos parecidos con los humanos, y esa es precisamente la idea que Johannes Roberts aprovecha para construir 'Primate'. En un momento de la película, Lucy, la protagonista interpretada por Johnny Sequoyah, observa a Ben, el chimpancé que ha crecido junto a su familia, mientras este la mira desde la orilla de la piscina. Esa mirada fija, inmóvil, encierra todo el sentido de la historia: la confianza convertida en amenaza, la familiaridad transformada en algo irreconocible. El director organiza a partir de ese instante un relato que mezcla terror doméstico, análisis de las relaciones familiares y una lectura clara sobre los límites del control que el ser humano ejerce sobre la naturaleza.
Johannes Roberts, junto con el guionista Ernest Riera, plantea un argumento de aparente sencillez que se sostiene por la fuerza de su ejecución. Lucy regresa a Hawái tras un tiempo en la universidad para reencontrarse con su familia y con Ben, un chimpancé que pertenece más al entorno familiar que a la categoría de mascota. El reencuentro, planteado con una calma engañosa, da paso a un escenario de encierro en el que la seguridad del hogar se disuelve con rapidez. La piscina, que en cualquier otro contexto sería un espacio de descanso, se convierte en refugio improvisado ante la violencia del animal infectado. Esa inversión de los significados habituales, unida a la tensión progresiva de cada secuencia, demuestra el interés del director por manipular lo cotidiano hasta que adquiere un tono asfixiante.
El diseño de la puesta en escena contribuye a mantener esa sensación de encierro físico y psicológico. Roberts aprovecha los reflejos del agua, los pasillos estrechos y la oscuridad para reforzar la idea de vulnerabilidad. La cámara se mueve con precisión entre los personajes, atrapándolos en un espacio que se siente cada vez más reducido. El resultado no depende del sobresalto, sino de una acumulación de situaciones que van cerrando las salidas posibles. El montaje alterna los momentos de calma con estallidos de violencia que interrumpen cualquier sensación de control. En lugar de distanciarse del espectador, la película lo arrastra hacia un estado de tensión continua, donde la acción deja de ser espectáculo para convertirse en una reacción de supervivencia.
El trabajo del intérprete Miguel Torres Umba como Ben, reforzado por los efectos prácticos creados por Millennium FX, ofrece uno de los elementos más llamativos de la producción. El chimpancé conserva una apariencia real, con movimientos imprevisibles y una presencia que genera una inquietud constante. Esa fisicidad tangible permite que el terror se perciba como algo cercano. Roberts evita los artificios digitales para recuperar la textura de los filmes de criaturas de los años ochenta, donde la amenaza dependía más del montaje y la luz que de la tecnología. Esa elección dota al relato de una crudeza que se alinea con el tono del conjunto. La transformación del animal, de compañero doméstico a símbolo de violencia descontrolada, se desarrolla de manera gradual y sirve como punto de partida para reflexionar sobre la arrogancia con la que el ser humano intenta someter lo que no comprende.
La trama encierra un comentario claro sobre la convivencia forzada entre especies. La familia de Lucy, presentada como un grupo unido por la pérdida de la madre, mantiene una relación con el chimpancé que mezcla cariño y paternalismo. La convivencia se convierte en una metáfora del dominio y sus consecuencias. Cuando la enfermedad convierte al animal en agresor, el vínculo afectivo se derrumba y deja al descubierto una dependencia sustentada en la ilusión del control. Roberts utiliza esta inversión como un recordatorio de la fragilidad de las estructuras sociales que se apoyan en la jerarquía y en la idea de propiedad sobre los seres vivos. La violencia de Ben funciona como una forma de ajuste natural frente a esa manipulación constante.
El papel de Lucy dentro de la historia refleja un proceso de adaptación ante el desastre. La joven, inicialmente retratada como alguien que regresa a casa con una mezcla de nostalgia y distancia, se ve obligada a asumir decisiones que la enfrentan a su propia pasividad anterior. Su relación con Ben, asociada al recuerdo de la madre fallecida, se transforma en una confrontación con todo lo que representaba la estabilidad familiar. En esa evolución se concentran las ideas principales del film: el duelo, la pérdida y la reconstrucción de una identidad cuando el entorno deja de ser seguro. El padre, interpretado por Troy Kotsur, aporta un matiz adicional con su sordera, que se convierte en una metáfora del aislamiento comunicativo dentro de la familia.
La dirección de Roberts mantiene una coherencia constante. Su estilo evita la ornamentación y apuesta por una claridad narrativa que realza el impacto de las escenas violentas. La fotografía de Adrian Johnston combina tonos fríos y luces rasantes que subrayan la textura húmeda del entorno. La música, con influencias de los sintetizadores del terror ochentero, refuerza la tensión sin imponerse al sonido ambiental. El conjunto técnico funciona como un engranaje en el que cada elemento contribuye a la sensación de encierro y amenaza. Esa precisión formal demuestra una intención consciente de recuperar la esencia del cine de género sin recurrir a la nostalgia.
La violencia que atraviesa 'Primate' no se presenta como espectáculo gratuito, sino como expresión de un desequilibrio moral. Cada ataque del chimpancé refleja un intento desesperado de recuperar un territorio perdido, mientras los personajes humanos actúan movidos por el miedo a perder lo que consideran suyo. En esa pugna se revela la ironía del relato: el animal actúa por instinto, mientras los humanos se comportan con una brutalidad más irracional que la del propio agresor. Roberts construye en torno a esa idea una crítica a la forma en que la civilización se disfraza de control para ocultar su fragilidad. El terror se convierte en un espejo de esa contradicción, y el espectador percibe cómo el orden se desintegra sin posibilidad de retorno.
'Primate' se inscribe dentro del cine de terror con una identidad propia. Roberts combina el tono del thriller de supervivencia con una mirada seca sobre los vínculos familiares y los límites del progreso. Cada decisión narrativa busca sostener un equilibrio entre entretenimiento y observación social. El resultado es una película que utiliza el miedo como instrumento para exponer una verdad incómoda: la violencia que creemos externa forma parte de nuestra propia naturaleza. Sin dramatismos, el director logra que el terror funcione como una reflexión sobre la convivencia, la pérdida y la imposibilidad de separar el instinto de la razón.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
