David Osit construye su documental con la paciencia de quien examina una herida que aún supura. El director, que confiesa una obsesión personal con el programa, no se acerca al material desde la distancia académica sino desde una implicación que va desvelándose conforme avanza el metraje. ‘Predators’ disecciona el fenómeno de ‘Atrapa a un depredador’, el segmento de ‘Dateline NBC’ que entre 2004 y 2007 convirtió la caza de pederastas en un producto de entretenimiento masivo. Osit, que también firma la fotografía y el montaje, articula su relato en tres movimientos que progresan desde la crónica nostálgica hacia la indagación moral más incómoda. Lo que comienza como una revisión del programa termina convirtiéndose en una interrogación sobre la mirada del espectador, los límites entre el periodismo y el vigilantismo, y las consecuencias de reducir un trauma colectivo a un formato televisivo con su propio eslogan y su galán de televisión.
El documental se abre con la voz de un hombre que describe el esmalte de uñas rosa de una niña que cree tener trece años, y esa incomodidad visceral impregna cada fotograma posterior. Osit presenta a los actores que interpretaban a los señuelos, jóvenes adultos que simulaban ser menores para atraer a los sospechosos hasta una casa camuflada con cámaras. Algunos recuerdan aquella época con una sonrisa que se va desdibujando cuando el director les muestra material inédito: los interrogatorios posteriores donde los detenidos, lejos de la humillación pública que emitió la cadena, aparecen deshechos, suplicando ayuda psicológica, preguntándose por qué sienten esos impulsos. Un etnógrafo de Cambridge observa esas imágenes con la cabeza ladeada y apunta que si la audiencia viera a esos hombres como seres humanos, el programa entero se derrumbaría. Osit no busca disculpar a nadie, pero señala con precisión quirúrgica que la construcción mediática eliminó deliberadamente cualquier matiz para convertir el sufrimiento ajeno en un producto de consumo semanal donde el público podía situarse en la acera de los justos sin necesidad de entender nada.
La estructura del filme se sostiene sobre la acumulación de voces que vivieron el proceso desde diferentes trincheras. Un exfiscal general de Kentucky defiende sin titubeos que su trabajo era atrapar, no rehabilitar, mientras una agente policial describe su participación como una mancha en el alma. Osit recupera la figura de Dan Schrack, el señuelo que habló por teléfono con Bill Conradt, un fiscal de distrito de Texas que nunca acudió a la casa trampa y al que la producción decidió ir a buscar a su domicilio acompañada de un despliegue policial. Conradt se suicidó mientras las cámaras rodaban desde el exterior, y el programa emitió el episodio con un tono de tráiler sensacionalista que prometía algo nunca visto antes en televisión. Schrack confiesa que ni todo el dinero del mundo le haría repetir aquella experiencia, y su rostro al recordar el sonido de los disparos desmiente cualquier pretensión de que aquello fuera un servicio público limpio. Osit filma estas entrevistas con una cámara fija que concede a sus entrevistados todo el tiempo necesario para que sus dudas y contradicciones afloren sin necesidad de empujones editoriales evidentes.
El tercer bloque del documental se desplaza hacia el presente para explorar la descendencia digital del formato original. Un youtuber autodenominado Skeet Hansen reproduce el esquema con menos recursos y menos escrúpulos, utilizando colaboradores que fingen ser policías porque la plataforma elimina los vídeos si no aparece un agente real. Osit le acompaña en una de sus intervenciones y se encuentra firmando un consentimiento de imagen a un hombre sentado en un coche patrulla, abatido, mientras el supuesto justiciero celebra la jugada con la misma energía de quien ha ganado una partida. La escena revela cómo la lógica del espectáculo ha permeado cualquier intento de abordar la pederastia, convirtiendo la captura en un fin en sí mismo que alimenta algoritmos y llena cuotas de visionado. Una colaboradora de este imitador, superviviente de abusos sexuales, justifica su participación con una vehemencia que también esconde su propia necesidad de convertir el trauma en una causa ordenada donde los depredadores reciben su castigo inmediato. Osit muestra cómo esa pulsión, por comprensible que resulte, no hace sino perpetuar el mismo ciclo de espectacularización que critica.
La pieza central del documental, sin embargo, es la conversación que Osit mantiene con Chris Hansen. El presentador, que continúa con su labor en plataformas independientes, se sienta frente a la cámara y responde con una seguridad inexpugnable. Cuando Osit le pregunta por qué después de dos décadas sigue sin saber qué lleva a estos hombres a cometer esos delitos, Hansen desvía la respuesta hacia los supervivientes que le han dado las gracias. El director, que en los compases finales revela su propia historia como víctima de abusos en la infancia, intenta encontrar en Hansen la reflexión que el programa nunca permitió a su audiencia, y se topa con un muro amable pero sólido. Osit despide al presentador con la misma frase que Hansen utilizaba para despedir a sus capturados, y la cámara le sigue con el mismo dispositivo de vigilancia múltiple que la producción empleaba en sus casas trampa. El gesto formal, lejos de resultar gratuito, convierte al cazador en una pieza más del engranaje que el documental se empeña en comprender.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
