Una cinta como 'Peter Hujar’s Day' no necesita de grandes escenarios para construir su universo. Desde la primera imagen, el espectador se instala en un apartamento neoyorquino que parece suspendido en el tiempo, con una luz que cae sobre las paredes como si la ciudad estuviera contenida en ese espacio. Ira Sachs elige situar su película en ese rincón cerrado para levantar una reflexión sobre la memoria y el oficio de vivir. La película reproduce una conversación real entre el fotógrafo Peter Hujar y la escritora Linda Rosenkrantz, y lo hace sin decoraciones ni artificios, solo con la palabra como materia. Esa decisión revela una mirada sobre la creación y la amistad que rehúye el sentimentalismo y apuesta por la observación minuciosa. Sachs, fiel a su costumbre de indagar en lo íntimo, parece querer resucitar una época en la que la conversación podía ser un acto artístico, y en la que el tiempo no estaba sometido a la velocidad actual de la comunicación ni al ruido de las pantallas.
El argumento se construye a partir de un único día, contado por Hujar con la precisión de quien fotografía con palabras. Desde que se levanta, describe cada gesto de su jornada: los encargos de fotografía, las visitas a amigos, las comidas rápidas, las llamadas pendientes. Todo ese recorrido, en apariencia trivial, se convierte en un retrato involuntario del Nueva York artístico de los setenta. Sachs no intenta adornar esa rutina; se centra en los detalles que revelan la relación del protagonista con su entorno. Ben Whishaw encarna a Hujar con una naturalidad que evita el dramatismo. Su interpretación está llena de matices, con una voz que oscila entre la ironía y el cansancio, entre la lucidez y el desencanto. Frente a él, Rebecca Hall representa a Rosenkrantz con una atención silenciosa que da ritmo a la charla y convierte cada intercambio en una coreografía doméstica. Ambos convierten la cotidianidad en materia narrativa, y la película logra algo infrecuente: mostrar la acción interior de un pensamiento.
Sachs utiliza la dirección con una sobriedad casi musical. La cámara no busca impresionar, sino acompañar. Los desplazamientos por el apartamento funcionan como compases que marcan el paso de las horas: del salón a la cocina, del suelo a la azotea, de la mañana al anochecer. La luz cambia, y con ella la conversación se transforma, adquiriendo una densidad distinta conforme el día se apaga. El director convierte el tiempo en un personaje más. Filmar en 16 milímetros aporta una textura que recuerda al tacto del papel fotográfico, y cada plano parece un negativo que captura la respiración de la época. La conversación se desarrolla entre humo de cigarrillos, ruidos de la calle y silencios que llenan más que las palabras. Sachs consigue que lo cotidiano se vuelva cinematográfico sin recurrir a artificios, y en ese gesto hay una declaración estética sobre cómo mirar la vida cuando se ha elegido observarla en lugar de protagonizarla.
La historia tiene un fondo político y moral que el filme no subraya, pero que se adivina en cada diálogo. La película transcurre en 1974, en una ciudad marcada por la efervescencia cultural y la precariedad económica. Hujar habla con naturalidad de sus trabajos mal pagados, de sus amistades con escritores y poetas, de las tensiones entre la libertad artística y la necesidad de sobrevivir. Esa convivencia entre la creación y la carencia atraviesa toda la película. Sachs sugiere, sin decirlo, que el arte también se alimenta de la escasez. En su conversación aparecen nombres como Allen Ginsberg, Susan Sontag o William Burroughs, pero lejos de servir como simple catálogo de celebridades, funcionan como espejos de un ambiente en el que la inteligencia y la contradicción convivían a diario. En esas menciones late el deseo de pertenecer a una comunidad artística que, con el paso de los años, quedaría arrasada por la enfermedad y la pérdida. Sachs no convierte esa idea en tragedia, pero el conocimiento de lo que vendrá impregna la película de una melancolía silenciosa que sobrevive más allá de los diálogos.
El núcleo de 'Peter Hujar’s Day' se sostiene sobre una idea: hablar es una forma de retratarse. Cada palabra de Hujar revela algo de su carácter, su manera de pensar y su forma de mirar el mundo. Sachs parece interesado en esa tensión entre la memoria y la representación, entre lo que se dice y lo que se escapa al decirlo. En su conversación con Rosenkrantz, Hujar va descubriendo sin proponérselo el sentido de su oficio. Cuando habla de fotografía, en realidad habla del tiempo, de la necesidad de detenerlo. Esa confesión indirecta convierte la película en una reflexión sobre la mirada, sobre la dificultad de ver de verdad lo que nos rodea. Sachs transforma el diálogo en un espejo del propio cine: un intento de atrapar lo efímero antes de que desaparezca.
La interpretación de Whishaw encarna esa paradoja. No hay en él una búsqueda de simpatía ni de grandeza, sino una honestidad contenida. Cada frase parece pensada al instante, como si el actor improvisara el pensamiento de otro. Hall, por su parte, da consistencia al ritmo de la conversación, sosteniendo el pulso narrativo con su escucha atenta. La química entre ambos hace creíble la relación, y su complicidad convierte la escena doméstica en una experiencia que oscila entre el teatro y la confesión. Sachs filma esa intimidad sin morbo ni distancia, con la serenidad de quien observa algo que se desvanece mientras sucede.
A lo largo del metraje, la conversación deja entrever un retrato colectivo. En las anécdotas del fotógrafo aparecen reflejadas las tensiones de una generación que vivió entre la libertad sexual y la censura social, entre la experimentación artística y la necesidad de trabajar para los medios. Sachs muestra ese equilibrio sin moralizar, y esa contención resulta más reveladora que cualquier discurso. La película captura la convivencia de lo banal y lo trascendente en la vida de un creador que apenas era consciente de que estaba dejando testimonio de un mundo en transformación. Cuando el día termina y el silencio llena el apartamento, el espectador percibe que esa jornada cualquiera resume toda una época.
En su conjunto, 'Peter Hujar’s Day' es una película sobre la permanencia de lo efímero, sobre cómo un diálogo puede contener la historia de una vida. Sachs consigue que la rutina se convierta en una forma de resistencia frente al olvido. Su dirección transmite la serenidad de quien entiende que el arte no siempre debe explicar, sino mostrar. Cada imagen parece nacida de la paciencia y del respeto por lo que se observa. En ese sentido, la película se alinea con una tradición de cineastas que han hecho del silencio un espacio de revelación, como Chantal Akerman o Nuri Bilge Ceylan. Pero Sachs se mantiene fiel a su propio tono, más cercano a la conversación que a la contemplación. Cuando la luz del atardecer desaparece y la cinta termina, queda la impresión de haber asistido a algo irrepetible: una jornada que se desvanece en tiempo real, una vida contada desde dentro, un diálogo que aún respira cuando los créditos ya han pasado.
'Peter Hujar's Day' ha sido proyectada en la más reciente edición del festival Queercinemad.
