Un desastre familiar sirve de punto de partida para comprender el propósito de ‘Padre no hay más que uno, la serie’. La mudanza de los Vicho Vaello desencadena un caos doméstico que, más que una simple anécdota, define el tono de la ficción. Helena consigue el trabajo que siempre había perseguido en una empresa tecnológica y su marido, Mateo, decide dejar su carrera para encargarse del hogar. Esa reorganización del día a día no solo altera las rutinas, también pone a prueba el equilibrio entre ambición profesional y vida privada. Desde ese punto, la serie, dirigida por Inés de León y Raúl Navarro, utiliza la comedia como una lupa que amplía los desajustes de una familia que quiere funcionar con lógica moderna, aunque tropieza con la complejidad de convivir en un mismo espacio donde cada uno persigue sus propios intereses. Atresplayer, y después Amazon Prime Video, sirven como escaparate para una propuesta que se desmarca del tono histriónico de las películas de Santiago Segura, pero conserva su raíz popular y su mirada hacia la familia como espejo de la sociedad actual.
Helena, interpretada por Mariam Hernández, encarna la ambición y el esfuerzo por lograr independencia dentro de un entorno que siempre la había situado en segundo plano. Su ascenso laboral simboliza un cambio de rol que transforma la dinámica familiar. Mientras tanto, Daniel Pérez Prada da vida a un padre entusiasta que intenta aplicar métodos de crianza basados en la llamada educación consciente. Ese ideal pedagógico, más teórico que práctico, se enfrenta a la realidad de cinco hijos que prueban sus límites constantemente. El humor nace del choque entre la planificación y el caos, entre la convicción de que todo puede controlarse y la evidencia de que cada hijo actúa movido por su propio criterio. Las pequeñas conspiraciones infantiles para frustrar la mudanza se convierten en el hilo que une los episodios y aportan energía a una historia que avanza con ritmo rápido y un tono cercano. La serie se sostiene sobre esa mezcla de situaciones reconocibles, diálogos ácidos y un retrato generacional que evita exageraciones.
El formato de falso documental, con cámara en mano y miradas directas a cámara, transforma la narración en algo más dinámico. Este recurso, heredado de ficciones como ‘Modern Family’, sirve para romper la distancia entre los personajes y el espectador. Cada miembro de la familia se convierte en narrador parcial de los hechos, ofreciendo su versión de lo ocurrido y generando un ritmo que imita la espontaneidad del día a día. La estructura en episodios de veinticinco minutos permite que las tramas se resuelvan con agilidad, adaptándose al consumo rápido que caracteriza a la televisión actual. De León y Navarro manejan ese formato con oficio, combinando la ligereza del humor con una observación muy concreta de los gestos cotidianos. La casa, el colegio y la empresa donde trabaja Helena funcionan como escenarios donde se exponen las tensiones entre los roles tradicionales y las nuevas aspiraciones de igualdad.
El conflicto central gira alrededor del cambio de funciones entre padres. Mateo representa al progenitor que intenta equilibrar ternura y autoridad, convencido de que los manuales bastan para mantener el orden. Sin embargo, su buena voluntad se transforma en confusión cuando la teoría se enfrenta al desorden real. Helena, por su parte, encarna una visión práctica y decidida, impulsada por la necesidad de demostrar que su valor profesional no depende de su papel dentro del hogar. Esta oposición genera un pulso constante entre dos formas de entender la vida familiar. Mientras él busca armonía a través de la pedagogía, ella persigue estabilidad mediante la eficacia. Ambos se complementan y chocan a partes iguales, convirtiendo su relación en el eje de una serie que reflexiona sobre cómo se redefine la pareja en una sociedad que exige eficiencia en todos los ámbitos.
El retrato de los hijos completa el cuadro. Cada uno refleja un tipo de comportamiento común en la infancia contemporánea: el inconformista que se rebela, la niña que busca atención, el pequeño que interpreta el mundo a su manera. Las escenas en las que los cinco se alían para sabotear la mudanza concentran la energía más fresca del guion. Esos momentos de caos planificado transmiten la idea de que la infancia no funciona bajo normas impuestas, sino bajo impulsos imprevisibles. La dirección de actores infantiles resulta clave para mantener esa naturalidad que evita el artificio. Frente a ellos, los adultos se muestran desbordados, intentando sostener un equilibrio que se escapa entre conversaciones triviales y promesas incumplidas. Ese contraste entre la disciplina ideal y la improvisación constante define el tono general de la serie.
Desde el punto de vista social, ‘Padre no hay más que uno, la serie’ aborda el cambio de roles en la familia con una mirada directa y sin dramatismo. El padre cuidador ya no es un personaje secundario, sino el centro de una historia que explora su vulnerabilidad sin ridiculizarlo. La madre profesional aparece como motor de progreso, aunque su avance conlleve tensión y distancia emocional. Esa representación se enmarca dentro de un discurso más amplio sobre la conciliación laboral y la educación de los hijos. La serie plantea que el ideal de igualdad requiere un esfuerzo constante y que cada decisión implica renuncias. A través del humor, se exponen las contradicciones de una generación que intenta adaptarse a los cambios sin perder la referencia de una estabilidad que se desmorona con facilidad.
La puesta en escena busca naturalidad sin perder ritmo. Las localizaciones domésticas se convierten en un ecosistema donde cada objeto y cada conversación construyen una sensación de cercanía. La cámara se mueve con libertad, siguiendo los movimientos de los personajes y captando sus reacciones más espontáneas. La luz clara y los colores suaves refuerzan esa idea de normalidad cotidiana. Los diálogos se apoyan en la ironía, evitando exageraciones y dando peso al intercambio verbal más que al gag visual. De León y Navarro demuestran precisión en el montaje y una comprensión exacta del tipo de comedia que quieren construir: accesible, reconocible y basada en situaciones que cualquiera podría haber vivido. Esa claridad formal convierte a la serie en una propuesta coherente con el tipo de público al que se dirige, sin renunciar a cierto análisis de la familia contemporánea.
‘Padre no hay más que uno, la serie’ encuentra su identidad en la observación del desorden familiar como reflejo de una sociedad que se reinventa sin descanso. El humor no pretende escandalizar ni provocar, sino evidenciar cómo las buenas intenciones pueden desembocar en malentendidos o torpezas. Cada episodio funciona como un pequeño estudio sobre la convivencia, donde los afectos se mezclan con frustraciones y la risa surge del contraste entre lo que se planifica y lo que termina ocurriendo. La ficción alcanza su fuerza cuando muestra la fragilidad de las rutinas y la imposibilidad de mantener el control absoluto. Bajo su apariencia ligera, construye una mirada lúcida sobre la vida doméstica y sobre la continua negociación entre el deseo de crecer y la necesidad de convivir.
Crítica elaborada por Mario Lozano
