El azar, cuando se disfraza de costumbre, actúa con una crueldad mecánica. Ciertos mecanismos sociales repiten sus errores con tal naturalidad que casi parecen voluntad divina. En ese territorio sombrío donde el destino de cada uno se confunde con el nombre escrito en la historia clínica de una cuna equivocada, se sitúa ‘Nuevo Rico, Nuevo Pobre’. La serie dirigida por Rodrigo Triana no nace tanto del deseo de crear como de reinstalar un relato conocido, adaptándolo a una época en la que el espectáculo de la desigualdad parece más evidente que nunca, pero también más domesticado.
El intercambio de identidades no opera aquí como un simple recurso narrativo, sino como una alegoría casi mecánica de las barreras invisibles que separan el privilegio de la carencia. En un país donde la cuna pesa más que el carácter, la historia de Andrés y Brayan funciona como un teatro de marionetas sociales: uno es educado en la rigidez del capital, el otro en la flexibilidad de la necesidad. Lo que podría ser una comedia ligera sobre el error de una enfermera en estado inconveniente, se transforma progresivamente en una disección de lo que significa pertenecer y fingir pertenencia.
Rodrigo Triana estructura la serie con un rigor de telenovela tradicional, dejando que el relato se desarrolle sin el vértigo de lo moderno. La narración opta por un tempo pausado, a veces excesivo, pero que permite examinar cada rincón del decorado: desde el lujo sobrio del mundo empresarial de Andrés Ferreira, hasta los espacios algo genéricos donde habita Brayan Galindo. Esta elección visual revela una intención clara: construir dos universos estéticos con códigos distintos, aunque no siempre parezcan pertenecer al mismo plano dramático.
Las actuaciones se alinean con esta estrategia. Juan Guilera como Andrés sostiene el gesto firme de un personaje moldeado por el poder y la frialdad administrativa, mientras Variel Sánchez entrega un Brayan más dúctil, más conectado con los impulsos que con los protocolos. El contraste entre ambos no siempre resulta orgánico, pero su fricción constante ofrece una lectura clara del enfrentamiento de clases representado sin ambigüedad. En cambio, Lina Tejeiro encarna a Rosmery con solvencia técnica, aunque sin alcanzar una construcción que revele capas nuevas del personaje. Su trabajo actoral se sostiene, pero no siempre enriquece.
La serie evita los extremos del humor grotesco y también los del drama lacrimógeno. Su equilibrio, por momentos logrado, por momentos mecánico, reside en una forma de ironía cotidiana que se instala en los diálogos, en las miradas y en los silencios más que en las acciones. En ese punto, el guion muestra un conocimiento agudo de los códigos telenovelescos, pero no se permite desviarse de ellos, ni siquiera para cuestionarlos. La sátira social, aunque sugerida, nunca se desborda.
Uno de los aciertos técnicos se encuentra en la secuencia inicial, donde el error hospitalario que desencadena todo está planteado con claridad narrativa y coherencia dramática. No se presenta como excusa, sino como síntoma. La puesta en escena evita florituras, pero funciona como punto de partida para un relato que no exige suspenso, sino observación atenta. Ese ritmo reflexivo se sostiene gracias a una estructura episódica que reserva sus giros para momentos muy medidos, sin caer en sobresaltos artificiales.
La producción destaca más por su funcionalidad que por su riesgo. El diseño de arte se esmera en el mundo de Andrés, donde hasta los figurantes parecen escogidos por casting social. En contraste, los espacios de Brayan resultan menos definidos, casi genéricos, como si la ficción no terminara de asumir el desafío de representar la diversidad del margen. Esta asimetría, más que reforzar la diferencia entre mundos, expone una debilidad estética: el desequilibrio no siempre es intencional.
Laura Barjum, en el rol de Fernanda Sanmiguel, aporta momentos de cierta agilidad dramática. Sin embargo, su personaje repite patrones que ya le hemos visto en entregas anteriores, lo que impide que el espectador se sienta interpelado por una evolución real. La eficacia de su presencia en pantalla no suple la falta de riesgo. A su lado, los personajes secundarios oscilan entre lo funcional y lo decorativo, con pocas oportunidades de interferir realmente en el núcleo del relato.
La música y el sonido actúan como extensiones emocionales, sin imponerse. Retoman motivos de la versión anterior con ligeras actualizaciones, evitando la tentación de construir una identidad sonora autónoma. En ese aspecto, la serie permanece fiel a su origen sin proponer una transformación estilística.
El mayor obstáculo de ‘Nuevo Rico, Nuevo Pobre’ es su propia sombra: la memoria de la versión original y la pregunta inevitable sobre la pertinencia de este regreso. La serie reposa sobre una historia que ya funcionó y cuyo eco todavía resuena en la memoria colectiva. Frente a eso, la apuesta de Rodrigo Triana se despliega como una reafirmación, más que como una relectura. Hay oficio, hay cálculo, pero escasea el vértigo.
La obra puede interesar por su capacidad de condensar con claridad los elementos que estructuran la desigualdad en la ficción latinoamericana. Sin embargo, esa claridad se transforma también en previsibilidad. Lo que se cuenta está claro desde el principio y no hay un movimiento estético ni narrativo que lo desestabilice.
Aun así, esta nueva entrega de ‘Nuevo Rico, Nuevo Pobre’ ofrece una lectura reconocible del presente: un presente en el que las jerarquías sociales persisten, camufladas bajo formas renovadas pero siempre fieles a su lógica de origen. Lo que se revela no es lo desconocido, sino lo que se conoce tan bien que se acepta sin cuestionamiento.
'Nuevo Rico, Nuevo Pobre' ya está disponible en Netflix
