La asfixia laboral marca el inicio de 'No hay otra opción'. Un hombre se sienta frente a una pantalla, repasando los perfiles de sus competidores como si fueran enemigos. Frente a él, la lista de candidatos para un puesto de trabajo que antes consideraba suyo. La respiración se le acelera, el cursor parpadea, y cada nombre se convierte en una amenaza directa a su supervivencia. Esa sensación de ahogo laboral, tan reconocible en cualquier entorno donde la estabilidad se derrumba de un día para otro, marca el tono de la película de Park Chan-wook. Desde ese instante, el director surcoreano plantea un relato que se alimenta de la presión económica y de la desesperación que genera la pérdida del sustento. La trama avanza sin discursos ni victimismos, observando cómo un hombre corriente, Man-su (interpretado por Lee Byung-hun) se desliza por una pendiente donde el trabajo deja de ser una ocupación para convertirse en un criterio moral que determina su valor ante los demás. La cámara lo acompaña con precisión, captando el deterioro progresivo de un trabajador que asume que solo la violencia puede devolverle el lugar que el mercado le ha arrebatado.
El despido de Man-su, lejos de presentarse como un golpe repentino, funciona como una grieta que se agranda cada día. Después de veinticinco años en la misma fábrica de papel, su despido deja de ser una simple pérdida laboral para transformarse en una condena social. El guion, escrito por Park junto a Lee Kyoung-mi, Don McKellar y Jahye Lee, aprovecha esa situación para construir un retrato minucioso de la frustración masculina en una cultura que todavía vincula la identidad al trabajo. La esposa, Miri (interpretada por Son Ye-jin), asume la reorganización doméstica con frialdad: recorta gastos, vende objetos y reorganiza el hogar con la serenidad de quien se acostumbra al sacrificio. Él, en cambio, interpreta cada ajuste como una humillación. La tensión entre ambos refleja un tipo de crisis económica que se infiltra en lo cotidiano, afectando la comunicación, la intimidad y la autoestima. La dirección de Park mantiene una distancia calculada, permitiendo que cada detalle (desde la venta del invernadero familiar hasta la ausencia de los perros) funcione como símbolo del vaciamiento progresivo de una vida que se desintegra sin escándalo.
La transformación del protagonista en un asesino torpe y obstinado introduce un cambio de tono que Park maneja con su habitual precisión. La sátira se impone sobre el drama sin perder densidad. Inspirado por la novela 'The Ax' de Donald E. Westlake, el relato convierte la búsqueda de empleo en una competencia llevada al extremo, donde eliminar al rival deja de ser una metáfora para convertirse en una estrategia literal. La comicidad surge del contraste entre la planificación minuciosa de los crímenes y la constante incapacidad del protagonista para llevarlos a cabo. Cada intento fallido se filma con un control visual impecable, gracias a la fotografía de Kim Woo-hyung, que transforma espacios ordinarios (carreteras, aceras mojadas, oficinas desiertas) en escenarios donde el absurdo adquiere una textura real. Park logra que la violencia pierda su grandilocuencia habitual y adopte un tono casi burocrático, como si matar fuera otro trámite dentro del sistema. El humor negro actúa entonces como un mecanismo de defensa frente a la crueldad del desempleo, una forma de soportar la degradación sin sentimentalismo.
El entorno familiar se convierte en el espejo donde se proyecta el deterioro social. Miri encarna la resistencia práctica, mientras Man-su se consume en una paranoia que crece con cada entrevista fallida. La relación entre ambos resume el conflicto central del film: la imposibilidad de separar el trabajo de la identidad personal. La dirección se detiene en los detalles domésticos (una conversación interrumpida por una videollamada, la venta de una planta, el silencio en el coche) para mostrar cómo el fracaso económico desmantela la convivencia. En paralelo, los personajes secundarios amplían la visión del desempleo como un fenómeno estructural: el ingeniero alcohólico, el vendedor resignado o el directivo arrogante componen un retrato coral de un país atrapado entre la productividad y el abandono. Park Chan-wook, con su precisión habitual, evita el dramatismo gratuito y apuesta por un tono sarcástico que evidencia la hipocresía de un sistema que convierte la competitividad en moral. El ritmo irregular de los intentos de asesinato refleja la inestabilidad del protagonista, mientras la puesta en escena articula un equilibrio constante entre el ridículo y la desesperación.
La frase que da título a la película, repetida por varios personajes, resume la justificación colectiva ante el colapso laboral: cada despido se disfraza de necesidad, cada sacrificio se ampara en una supuesta falta de alternativas. Park utiliza esa idea para construir una crítica directa al conformismo contemporáneo, donde la automatización y la precariedad se presentan como inevitables. En este sentido, el film se alinea con una corriente de cine social que examina los efectos de la globalización desde la sátira, más cerca de Marco Bellocchio o Aki Kaurismäki que del thriller convencional. El montaje, a cargo de Kim Sang-beom y Kim Ho-bin, aporta dinamismo a una estructura que alterna farsa y tragedia con fluidez. El resultado final es una película que retrata la precariedad sin victimismo y la ambición sin gloria. La sátira, más que una vía de escape, actúa como espejo: refleja una sociedad que ha aprendido a justificar su crueldad bajo la apariencia de eficiencia.
'No hay otra opción' circula entre la comedia y la tragedia con una seguridad que confirma la madurez creativa de Park Chan-wook. La colaboración con el compositor Cho Young-wuk aporta un acompañamiento musical que subraya los contrastes entre lo cotidiano y lo delirante. En el tramo final, la historia se cierra con un equilibrio engañoso que disfraza la derrota bajo la apariencia de estabilidad. El trabajo, convertido en obsesión, se impone como único modo de pertenencia. La película, distribuida originalmente por Neon y disponible en cines españoles próximamente gracias a Mubi, conserva su vigencia al describir un mundo donde la productividad se confunde con el valor personal. Park busca mostrar con precisión cómo el miedo a la irrelevancia puede llevar a un trabajador corriente a cruzar todas las líneas morales que le quedan. Su dirección se caracteriza por un control absoluto del espacio y del ritmo, lo que convierte cada escena en una observación lúcida sobre la ansiedad moderna. La risa que provoca 'No hay otra opción' confirma la incomodidad de reconocerse en ese reflejo.
Crítica elaborada por Dani Miguel Brown
