El barrio de Piedrabuena, en Villa Lugano, funciona como un organismo enfermo donde las cloacas se desbordan y los fantasmas se sientan a la mesa. La miniserie 'Mis muertos tristes', dirigida por Pablo Larraín y basada en relatos de Mariana Enríquez, traslada a la pantalla un universo donde la muerte violenta deja residuos que los vivos aprenden a esquivar con indiferencia. Ema, una médica recién jubilada, interpretada por Mercedes Morán, habita ese paisaje de monoblocs gastados y vecinos crispados que exigen mano dura contra la delincuencia. La propuesta de Larraín y Enríquez, que firman el guion junto a Guillermo Calderón y Anastasia Ayazi, construye un relato donde lo sobrenatural se integra en la vida cotidiana sin estridencias. Los muertos aparecen como presencias incómodas, con quejas pendientes y asuntos sin cerrar, mientras los vivos intentan mantener a raya aquello que prefieren ignorar. La serie, presentada en el Festival de San Sebastián y estrenada en Netflix, adapta varios cuentos de la autora argentina, entre ellos 'Julie', 'Cuando hablábamos con los muertos' y 'Un lugar soleado para gente sombría', para armar un mosaico narrativo donde la memoria y el abandono social se entrelazan sin remedio.
La trama avanza a partir de la llegada de Julie, sobrina de Ema, que comparte el don de comunicarse con los difuntos pero lo vive desde el goce físico y la confrontación con sus padres, quienes pretenden internarla en un hospital psiquiátrico. La relación entre ambas mujeres articula dos maneras opuestas de gestionar esa herencia involuntaria: Ema contiene, Julie desborda. La subtrama policial, con el asesinato de tres adolescentes en el barrio, introduce un elemento de tensión social que desemboca en episodios de justicia por mano propia y discursos de odio vecinales. Larraín filma ese deterioro con una cámara que se detiene en los espacios vacíos, en el agua contaminada del tanque comunitario y en los rostros cansados de quienes sobreviven en la periferia. La evolución de Ema, desde el rechazo de su capacidad hasta la aceptación de que los muertos reclaman ser recordados, traza un arco donde la protagonista pasa de la apatía al compromiso con una realidad que la interpela. Mercedes Morán compone a una mujer harta, de respuestas cortantes y humor áspero, que prefiere la compañía de los difuntos a la de unos vivos que le resultan decepcionantes.
La dimensión política del relato emerge con claridad en la manera en que Larraín retrata una Argentina empobrecida, donde las instituciones fallan y la violencia se convierte en una respuesta aprendida. Las presencias espectrales encarnan aquello que la sociedad intenta enterrar bajo la alfombra: los crímenes impunes, los abusos silenciados, las desigualdades que se naturalizan. La serie evita el subrayado explícito y deja que el espectador extraiga sus propias conclusiones a partir de las imágenes de un barrio donde el agua turbia y los cuerpos ausentes funcionan como metáforas de un tejido social roto. La dirección de Larraín, con esa fotografía desaturada y esos planos largos que recorren pasillos y descampados, construye una atmósfera opresiva que remite a un realismo sucio donde lo fantástico se cuela sin pedir permiso. La colaboración entre el cineasta chileno y la escritora argentina logra un equilibrio entre la densidad literaria de los cuentos y una puesta en escena que prioriza el silencio y la elipsis, aunque en ocasiones la acumulación de tramas secundarias diluye el impacto del conjunto.
La serie plantea una reflexión sobre la memoria y el olvido que trasciende lo sobrenatural para instalarse en el terreno de lo ético. Los muertos de 'Mis muertos tristes' regresan porque nadie asumió la responsabilidad de sus muertes, porque sus vidas fueron desechadas por un sistema que prioriza el orden sobre la justicia. La relación entre Ema y su hija Carolina, interpretada por Dolores Fonzi, añade una capa de conflicto generacional donde los reproches y los silencios familiares reproducen las mismas dinámicas de abandono que la protagonista observa en su entorno. La serie muestra cómo las heridas heredadas condicionan los vínculos y cómo la única forma de romper ese ciclo pasa por escuchar aquello que se prefirió acallar. El reparto, completado por Alejandra Flechner y Carolina Álvarez, sostiene con solvencia un relato coral donde cada personaje carga con su propio duelo. La propuesta de Larraín y Enríquez se sostiene sobre una tensión sostenida que apela al compromiso del espectador, aunque su desarrollo irregular y su tendencia a la abstracción lastran un resultado que oscila entre la contundencia y la dispersión.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
