Cine y series

Mis derechos

Suparn Verma

2025



Por -

Un día de 1975, en una pequeña ciudad india, una mujer llamada Shazia Bano se presentó ante un tribunal con la firme decisión de exigir algo tan básico como la manutención que le correspondía tras un divorcio decretado por su marido mediante el triple talaq. Aquella acción, aparentemente doméstica, desencadenó una tormenta política y religiosa que acabaría dividiendo a la sociedad. En ese mismo punto arranca 'Mis derechos', dirigida por Suparn Varma, una película que reconstruye los hechos sin dramatismos superfluos, mostrando la valentía de una mujer que convierte su vida privada en un desafío público. Varma, lejos de sentimentalismos, expone con claridad cómo un caso familiar se transformó en un símbolo nacional, y lo hace con una mirada que combina la precisión del relato judicial con la sensibilidad del retrato social.

La historia sigue la vida de Shazia, interpretada por Yami Gautam, casada con Abbas Khan, abogado de prestigio encarnado por Emraan Hashmi. Durante años mantienen un matrimonio aparentemente estable, hasta que él decide introducir en su hogar a una segunda esposa, Saira, papel de Vartika Singh. Ese momento marca el punto de quiebra de la familia y el inicio de una batalla que trasciende el ámbito doméstico. A través de la figura de Abbas se dibuja el poder de la tradición patriarcal y la conveniencia de quienes manipulan la religión para conservar privilegios. Shazia, que parte de la resignación, transforma su desamparo en estrategia. Su decisión de acudir a la justicia civil en lugar de aceptar el dictamen de la ley religiosa convierte su historia en una metáfora sobre la resistencia frente a los límites que imponen las costumbres. El guion de Reshu Nath mantiene el pulso del relato con coherencia, y evita el dramatismo exagerado para centrarse en la firmeza del argumento y la claridad de los hechos.

Los personajes adquieren fuerza a medida que avanza el conflicto. Shazia crece con cada secuencia, pasando del desconcierto a una determinación serena que impone respeto. Su presencia se sostiene en la palabra, en la mirada firme con la que enfrenta al sistema judicial y a los líderes religiosos que intentan silenciarla. Abbas, en cambio, representa la hipocresía de una élite que invoca la fe para justificar su dominio. Hashmi lo interpreta con equilibrio, combinando elegancia exterior y rigidez moral, logrando que el espectador perciba el contraste entre su brillantez profesional y su mezquindad personal. Alrededor de ellos, el resto de intérpretes refuerza el sentido del relato. Sheeba Chaddha, como la abogada Bela Jain, aporta la serenidad de la razón jurídica y se convierte en una presencia constante que sostiene a la protagonista. Danish Husain, en el papel del padre, encarna la figura del apoyo moral, el hombre que comprende que la justicia no depende de los templos, sino del esfuerzo de quienes la reclaman con dignidad.

La dirección de Suparn Varma apuesta por una narración lineal que sigue el desarrollo del caso desde su inicio hasta el fallo judicial. Esa estructura permite comprender con detalle las consecuencias de cada decisión y subraya la progresiva transformación de Shazia en símbolo de resistencia. La cámara evita el artificio, se detiene en los espacios que concentran el conflicto, como los pasillos del juzgado o el salón familiar donde se fragua la ruptura. Cada escena está pensada para mostrar el contraste entre los ámbitos público y privado: el hogar como espacio de sometimiento y la sala de audiencias como terreno de emancipación. Varma dirige con precisión y sin grandilocuencia, consciente de que el poder de la historia reside en su claridad más que en la retórica. En esa sobriedad se percibe una afinidad con el estilo de directores indios que tratan la política y la vida cotidiana como caras de una misma moneda, similar a la mirada que Shyam Benegal aplicaba en sus dramas sociales.

El trasfondo político se presenta con nitidez. 'Mis derechos' se ambienta en una época en la que el país debatía el equilibrio entre las leyes civiles y las normas religiosas. La película refleja cómo el caso de Shazia Bano se convirtió en un terreno de enfrentamiento entre quienes defendían la modernización legal y quienes veían en ella una amenaza a su identidad cultural. Varma expone esa tensión con precisión documental, mostrando los efectos de la manipulación de la fe y la instrumentalización del discurso de los derechos femeninos. En los diálogos de los abogados, en los debates de los líderes religiosos y en las reacciones del entorno familiar se advierte la pugna entre justicia e interés político. El guion no busca ambigüedades: deja claro que el problema no radica en la religión, sino en su uso como excusa para preservar la desigualdad.

La película también retrata con rigor el aislamiento de la protagonista. Tras presentar su denuncia, Shazia se convierte en objeto de desprecio dentro de su propia comunidad, pierde el apoyo de vecinos y amistades, y se enfrenta a un entorno que la considera culpable por desafiar las normas. Esa soledad se muestra en detalles cotidianos: el silencio en su casa, los susurros en la calle, la desconfianza de los comerciantes. A través de esos gestos se construye un retrato de la exclusión sin necesidad de discursos. La fuerza de la película reside en la descripción minuciosa de las consecuencias sociales que implica enfrentarse al poder establecido. Shazia, sin heroicidad impostada, se mantiene firme, guiada por la convicción de que su lucha servirá para abrir un camino que otras mujeres recorrerán después.

El trabajo técnico refuerza la credibilidad del relato. El diseño de producción reproduce con exactitud los entornos de las décadas retratadas, desde las viviendas modestas de los barrios musulmanes hasta las salas judiciales y los despachos de abogados. El vestuario refleja la evolución de la protagonista: colores claros durante la etapa de sumisión, tonos más sobrios en el proceso judicial, hasta llegar al blanco de la independencia. La fotografía utiliza luces cálidas en los interiores familiares y tonos fríos en los espacios institucionales, destacando la diferencia entre el ámbito emocional y el burocrático. La música, contenida, evita subrayar la emoción y actúa como acompañamiento discreto de las palabras y los silencios.

El guion, adaptado del libro 'Bano: Bharat Ki Beti' de la periodista Jigna Vora, combina fidelidad histórica con sentido narrativo. Reshu Nath traduce un proceso judicial real en un relato accesible, centrado en las motivaciones personales de los protagonistas. La escritura da espacio al lenguaje jurídico, pero también a la vida diaria, logrando que las escenas de tribunal convivan con momentos de intimidad. Esa combinación mantiene el equilibrio entre información y emoción, sin perder precisión. Cada diálogo cumple una función, cada secuencia avanza en la construcción del debate entre la libertad individual y las estructuras de poder que la condicionan.

'Mis derechos' se convierte así en un retrato sólido de la desigualdad y de la capacidad de resistencia frente a ella. Varma logra un equilibrio entre el relato jurídico y el retrato humano, sin recurrir a sentimentalismos ni discursos moralizantes. La película muestra que la justicia requiere perseverancia y que la dignidad no depende de los privilegios, sino del valor de enfrentarse a las estructuras que los sustentan. Netflix, al difundirla, amplía la visibilidad de una historia que trasciende el contexto indio y conecta con debates universales sobre los límites de la ley, la religión y la equidad. 'Mis derechos' deja la sensación de haber asistido a una reconstrucción honesta de una lucha que cambió la historia de la jurisprudencia india y que sigue resonando en cualquier lugar donde el poder intente imponer silencio.

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