Cine y series

Mi robot favorito

Kid Koala

2025



Por -

Kid Koala, nombre artístico del músico y dibujante Eric San, debuta en la dirección con una adaptación de su propia novela gráfica. El artista canadiense, conocido por sus mezclas de jazz y electrónica, traslada al cine una historia de ciencia ficción doméstica donde los gestos cotidianos pesan más que los grandes acontecimientos. La película, estrenada en abril de 2026, prescinde por completo del diálogo y apuesta por una animación de líneas limpias y colores apagados. Esa elección formal conecta directamente con la tradición del cine mudo, ese territorio donde la expresión facial y el movimiento del dibujo cargan con toda la responsabilidad narrativa. San construye un relato que mira de reojo a las comedias de Charles Chaplin, pero trasladando ese humor físico a un entorno de astronaves y jardines domésticos.

La trama enfrenta dos trayectorias paralelas. Por un lado, Celeste, una joven que ha crecido sin padre y con una madre astronauta desaparecida en el espacio, se prepara para su primera misión interestelar. Por otro, el robot guardián de primera generación que la ha criado desde la infancia afronta su propia crisis existencial. La película dedica sus primeros compases a mostrar la rutina compartida: desayunos meticulosamente preparados por el autómata, batallas de origami en una cafetería, visitas a la playa con helados que se derriten. Esa acumulación de instantes felices funciona como una trampa emocional porque todo estallará cuando Celeste reciba la oferta de seis meses en el espacio exterior. El robot, cuyo único propósito programado consiste en proteger y acompañar, se queda en tierra sin saber qué hacer con sus días. La directriz de su existencia se esfuma igual que se esfuma el horizonte cuando la nave de Celeste despega.

La película disecciona dos formas opuestas de encarar el abandono. Celeste, en su viaje interestelar, se topa con criaturas hostiles y paisajes alienígenas que ponen a prueba su ingenio. Encuentra una planta que imita sus movimientos, una compañera inesperada que alivia la soledad sideral, y consulta el cuaderno de bitácora de su madre desaparecida para orientarse. La joven astronauta convierte la ausencia en motor de supervivencia. El robot, en cambio, se hunde en la repetición de los recuerdos. Su hardware envejecido le exige eliminar archivos para liberar memoria, pero cada fotografía de Celeste niña, cada vídeo de sus logros académicos, resulta imposible de borrar. La parálisis del androide ante la necesidad de elegir qué olvidar dibuja una metáfora mordaz sobre el apego y la dificultad de soltar. Mientras la chica avanza hacia lo desconocido, la máquina retrocede hacia el archivo familiar.

Las implicaciones sociales del relato resultan evidentes. Kid Koala construye una crítica velada a las relaciones de cuidado en las sociedades occidentales contemporáneas. Celeste crece sin padres presentes porque la madre murió en servicio y el padre brilla por su ausencia. El robot ejerce de niñera, educador, amigo y confidente, pero carece de derechos o reconocimiento institucional. Cuando deja de ser útil, su destino probable sería el desguace. La película pregunta sin formular preguntas qué ocurre con quienes dedican su vida al sostén ajeno cuando ese sostén deja de necesitarse. El androide representa a tantos cuidadores invisibles, a esas figuras domésticas cuyo trabajo emocional nunca aparece en los balances. La astronauta, por su parte, reproduce el patrón de su madre: prioriza la misión, la exploración, el deber profesional, y deja atrás a quien la mantuvo en pie.

La dirección de San se caracteriza por una economía de medios deliberada. El director evita los alardes técnicos y confía en la claridad del storyboard. Cada plano encadena una acción comprensible sin necesidad de rótulos explicativos. La paleta pastel, con sus rosas pálidos y verdes apagados, suaviza la dureza del argumento. La música, compuesta por el propio Kid Koala, combina temas originales con versiones de clásicos como 'Fly Me to the Moon', y esa banda sonora actúa como narradora sustituta, marcando los cambios de tono entre el slapstick del robot pintando su apartamento y la melancolía de Celeste contemplando estrellas desconocidas. El director demuestra oficio al manejar dos líneas temporales que apenas se cruzan hasta el desenlace, manteniendo la tensión mediante cortes paralelos que contrastan la evolución de cada personaje.

La evolución de los protagonistas sigue caminos divergentes. Celeste madura porque la distancia la obliga a resolver problemas sin red. Aprende a negociar con plantas agresivas, a recolectar muestras geológicas en entornos hostiles, a leer las notas de su madre como un mapa hacia la supervivencia. Su crecimiento resulta funcional y previsible, pero efectivo. El robot, en cambio, muestra una transformación más compleja porque su estructura rígida dificulta el cambio. Pinta cuadros que nunca le satisfacen, riega las macetas de Celeste una y otra vez, espera cartas que no llegan. Su degradación física se convierte en símbolo de una obsolescencia sentimental: las máquinas también sufren cuando pierden su razón de ser. La escena donde el autómata selecciona archivos para borrar y cancela la operación una y otra vez sintetiza esa parálisis del que no puede aceptar el fin de una etapa.

La película retrata la resiliencia como una cualidad que ni se enseña ni se programa. Celeste la posee de serie, tal vez heredada de una madre que se adentró en el cosmos sabiendo que quizá no regresaría. El robot carece de esa herramienta y se desmorona. Esa asimetría plantea una reflexión política sobre quién puede permitirse el lujo de romperse. La astronauta tiene una misión que cumplir, un legado familiar que honrar, una sociedad que espera sus descubrimientos. El robot solo tiene recuerdos. Su dolor carece de valor productivo, así que la narrativa lo muestra en primer plano sin resolverlo del todo. San no ofrece consuelo fácil: la separación duele, el tiempo pasa, los recuerdos se corrompen como archivos dañados. El final, agridulce, reúne a los personajes pero señala que nada volverá a ser como antes.

Crítica elaborada por Estela Schiaffino

MindiesCine

Buscando acercarte todo lo que ocurre en las salas de cine y el panorama televisivo.