La ciudad de Portland, con su cielo perpetuamente gris y sus calles mojadas, sirve de escenario para el segundo largometraje de James Sweeney, una producción que se presentó en la pasada edición del Americana Film Fest. Sweeney, quien también firma el guion y se reserva un papel principal, construye una narración que se aleja de los caminos trillados del drama sobre el duelo para adentrarse en un territorio donde la comedia incómoda y el thriller psicológico convergen. La propuesta, lejos de contentarse con explorar la simple pérdida de un ser querido, utiliza la premisa de dos hermanos gemelos para desatar una serie de eventos que desafían cualquier expectativa convencional sobre la amistad y la atracción. Lo que comienza como una aparente historia de conexión entre dos almas solitarias en un grupo de apoyo, pronto revela una complejidad estructural que obliga al espectador a reconsiderar todo lo visto, con un montaje que dosifica la información con precisión de relojero.
En el centro de la trama se encuentra Román, interpretado por Dylan O’Brien, un joven cuya vida queda en suspenso tras la muerte de su gemelo Rocky. O’Brien asume el reto de encarnar a dos personalidades diametralmente opuestas: la de Román, un muchacho de modales toscos, propenso a la ira y de intelecto sencillo, y la de Rocky, un hombre homosexual, extrovertido y dueño de una labia afilada que fascinaba a quienes le conocían. La pérdida deja a Román navegando por un mundo que de repente le resulta ajeno, ocupando el piso de su hermano en una ciudad que no es la suya y soportando las miradas de quienes ven en su rostro el reflejo del fallecido. La asistencia a un grupo de ayuda para personas que han perdido a su gemelo le presenta a Dennis, a quien Sweeney dota de una verborrea sarcástica y una vulnerabilidad mal disimulada bajo capas de ingenio. La relación entre ambos se forja en la realización de tareas mundanas, como comprar víveres o jugar a videojuegos, actividades que para ellos adquieren un carácter casi ritual al revivir la cotidianidad perdida con sus respectivas mitades.
La dirección de Sweeney demuestra una astucia notable al manejar los códigos de la comedia de situación para luego subvertirlos. La revelación, que llega cuando el título de la película aparece en pantalla, desmonta la premisa inicial y recoloca a Dennis en un lugar moralmente ambiguo. Se descubre entonces que su conexión con Román no es fruto del azar, sino el resultado de un encuentro previo con Rocky, un encuentro de una sola noche que para Dennis significó mucho más. Este giro argumental no es un mero truco, sino la puerta de entrada a una disección de la obsesión y la mentira como mecanismos para llenar un vacío existencial. La cámara de Sweeney, que hasta ese momento había adoptado la perspectiva de Román, se desplaza para mostrarnos la fragilidad de Dennis, un hombre que ve en el gemelo superviviente la posibilidad de revivir una fantasía, de reconstruir un vínculo que en realidad nunca existió. La película expone así la crudeza de una pulsión que transita entre lo fetichista y lo profundamente patético, sin juzgarla explícitamente pero sin edulcorar sus consecuencias.
La evolución de los personajes está trazada con una voluntad de evitar los arquetipos simplistas. Román, a quien inicialmente se podría catalogar como el típico "macho" de buen corazón pero escaso entendimiento, revela capas de sensibilidad inesperadas, sobre todo en las escenas donde expresa su confusión y su rabia contenida hacia un hermano al que no terminaba de comprender. Su relación con Marcie, la recepcionista del trabajo de Dennis a la que da vida Aisling Franciosi, introduce un contrapunto de normalidad y honestidad en una ecuación marcada por el engaño. Franciosi construye un personaje que, desde su aparente simplicidad y optimismo, se convierte en un agente catalizador que acelera el inevitable desmoronamiento de la amistad entre los dos protagonistas. Por su parte, Dennis se debate entre la culpa por sus actos y el deseo egoísta de mantener a Román a su lado, lo que le lleva a urdir pequeñas trampas que, lejos de resolver su soledad, la agravan. La tensión entre ambos alcanza cotas de un suspense incómodo, especialmente en los momentos en que la cámara se detiene en los silencios y las miradas que delatan la asimetría de sus intenciones.
Las implicaciones sociales y políticas que subyacen en el relato tienen que ver con la construcción de la identidad masculina y la hombría en la contemporaneidad. Sweeney disecciona la figura del "hombre sencillo" encarnada por Román, mostrando su incapacidad para verbalizar el dolor y su tendencia a recurrir a la violencia física como única salida a la frustración. Frente a él, sitúa a Dennis y al recordado Rocky, personajes cuya homosexualidad no es un estigma ni una bandera, sino una faceta más de su personalidad que, sin embargo, condiciona su forma de relacionarse con el mundo. La película plantea así un comentario sobre cómo la orientación sexual y los mandatos de género determinan las alianzas y los conflictos, y cómo la soledad puede llevar a establecer vínculos de dependencia malsanos al margen de cualquier consideración ética. La narrativa sugiere que tanto Román como Dennis buscan en el otro una completitud que les es negada, una fusión que recuerda a la que teóricamente existe entre gemelos, pero que en su caso está contaminada por la mentira y la idealización de un pasado que solo uno de ellos vivió realmente.
La factura técnica de la película, con una fotografía que explota la melancolía de los paisajes urbanos y una banda sonora de Jung Jae-il que oscila entre lo inquietante y lo conmovedor sin resultar nunca invasiva, contribuye a crear la atmósfera de desasosiso contenida que la caracteriza. El uso del split screen en determinadas secuencias no es un mero adorno formal, sino una herramienta narrativa que subraya la dualidad temática y la creciente distancia emocional entre los personajes. La resolución del conflicto, lejos de ofrecer un cierre catártico, mantiene la ambigüedad que ha definido el relato desde su punto de inflexión. La última escena, con un gag visual que remite a un libro infantil, deja al espectador con una sensación agridulce, preguntándose si la conexión humana es posible incluso cuando se construye sobre los cimientos más endebles y los engaños más imperdonables. La película de Sweeney se sostiene así como un ejercicio de funambulismo entre géneros, una exploración de la orfandad afectiva que encuentra en sus contradicciones y en el talento de su reparto su principal razón de ser.
Crítica elaborada por Marina Rivas
