Cine y series

Marty Supreme

Joshua Safdie

2025



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El vértigo de la pelota moviéndose de lado a lado durante uno de los torneos en 'Marty Supreme' condensa toda la tensión que Joshua Safdie construye a lo largo de su relato. En esa secuencia, la cámara parece temblar al mismo ritmo que el protagonista, Marty Mauser, atrapado entre la euforia y la desesperación mientras intenta mantener el control del juego. La escena no busca épica ni heroísmo, sino el reflejo de un carácter que confunde habilidad con poder. Esa manera de filmar, con la cámara pegada al sudor, define el estilo de Safdie: un acercamiento directo a la ambición desbordada y al ruido constante de un entorno donde el éxito se convierte en única meta posible. El director fija su mirada en los márgenes de la competitividad estadounidense de los años cincuenta, explorando el momento en que la ambición se vuelve rutina y el impulso de destacar se confunde con la supervivencia.

La trama sigue a Marty, un joven que vende zapatos en Nueva York mientras sueña con ser campeón de tenis de mesa. Su historia está inspirada en la figura real de Marty Reisman, un jugador que transformó el ping-pong en espectáculo y negocio personal. Safdie retrata ese mundo con precisión casi documental, pero lo enmarca dentro de un retrato social donde el deseo de triunfo se mezcla con la mentira, la trampa y la autopromoción. Marty se presenta como un tipo encantador y tramposo, capaz de convencer a cualquiera con una sonrisa, incluso cuando su discurso está vacío de verdad. Su entorno —familia, amigos y amantes— funciona como un reflejo de una sociedad que premia la audacia por encima de la coherencia. Cada relación que establece se contamina por su necesidad de escalar posiciones, y cada logro deja tras de sí un rastro de promesas rotas que le resultan indiferentes, siempre que pueda avanzar un paso más hacia su idea de grandeza.

Safdie combina esa energía individual con una lectura política clara. En 'Marty Supreme', el ascenso del protagonista coincide con el despertar económico de la posguerra y el nacimiento de un nuevo modelo de éxito basado en la autopromoción. El director retrata la época con un ritmo incesante: calles ruidosas, bares repletos, habitaciones minúsculas donde la ambición asfixia el aire. La cámara del director de fotografía Darius Khondji contribuye a esa sensación de encierro: cada plano está lleno de objetos, de luces artificiales, de reflejos que distorsionan los rostros. La textura granulada de la imagen y la iluminación irregular transmiten una sensación constante de desajuste. Nada parece estable, y todo vibra con una urgencia casi física. El espectador percibe la agitación como si compartiera el pulso del protagonista, cuya vida se resume en un intento continuo de impresionar a los demás.

La música de Daniel Lopatin, compuesta con sintetizadores y canciones de los años ochenta, refuerza esa contradicción entre época y estado mental. La banda sonora introduce un desfase temporal que define el tono de la película: aunque la acción transcurre en los cincuenta, suena como si el futuro ya estuviera presionando desde dentro de la historia. Es un recurso que expresa mejor que cualquier diálogo la ansiedad moderna de un personaje que vive por adelantado, incapaz de detenerse. Los temas elegidos, entre lo melancólico y lo exaltado, acompañan cada golpe de raqueta como una extensión de su ego. Safdie usa esa mezcla para retratar la energía enfermiza del sueño americano, donde cada derrota se transforma en excusa para insistir y cada éxito se vuelve combustible para la siguiente apuesta.

El guion, escrito junto a Ronald Bronstein, alterna el humor con la tensión de manera calculada. Las situaciones absurdas, los engaños y las conversaciones atropelladas generan una comedia amarga que nunca alivia, porque detrás de cada broma se esconde una estrategia. Marty engaña a clientes, seduce a mujeres casadas y manipula a socios con la naturalidad de quien confunde talento con derecho. Esa forma de actuar se convierte en metáfora de un país donde la picaresca se disfraza de mérito. Safdie muestra cómo el protagonista usa su ingenio para escalar, pero también cómo esa actitud lo aísla progresivamente. Sus relaciones carecen de estabilidad porque todo contacto humano se subordina a la ambición. El director consigue que esa dinámica se perciba sin necesidad de subrayarla: basta observar cómo los planos se saturan de movimiento o cómo las conversaciones se interrumpen sin pausa. Cada escena vibra con la misma inercia que domina la vida del personaje.

Rachel, la amiga de la infancia que mantiene una relación clandestina con él, se convierte en su espejo más incómodo. Representa la parte práctica de la supervivencia, la que calcula riesgos mientras él se deja arrastrar por impulsos. Su presencia introduce un contrapunto realista que evidencia la distancia entre deseo y madurez. Kay Stone, la actriz retirada con la que Marty inicia otro romance, encarna la decadencia de un glamour que intenta revivir a través de su contacto con la juventud. Su relación es tan interesada como simbólica: ambos se utilizan para conservar una imagen que ya les resulta ajena. A través de estos vínculos, Safdie muestra la imposibilidad de separar afecto y conveniencia en un entorno donde todo se negocia. Cada personaje busca mantener una posición, aunque esa lucha constante termine por vaciar el sentido de sus acciones.

El montaje mantiene una velocidad que imita la mente del protagonista: cada decisión se encadena con la siguiente sin espacio para la reflexión. Esa estructura genera una sensación de urgencia permanente, donde el tiempo parece escaparse a la misma velocidad que la pelota en los partidos. Safdie dirige con precisión, evitando el artificio y apoyándose en el caos controlado. Los diálogos se solapan, los personajes entran y salen del plano, y el relato se construye como un torbellino de impulsos. Esa técnica no solo transmite energía, también define una postura crítica. La película se desarrolla en una sociedad que premia la actividad continua y desprecia la pausa, donde el movimiento constante se interpreta como signo de éxito. Safdie expone esa idea a través de una puesta en escena que obliga al espectador a compartir la agitación del protagonista.

El contexto histórico funciona como marco de un análisis más amplio. Estados Unidos, en plena expansión económica, proyecta su poder mientras exporta la ilusión de que cualquiera puede triunfar con esfuerzo. Safdie desmantela ese mito al mostrar cómo Marty utiliza ese discurso para justificar su egoísmo. El deporte sirve de metáfora perfecta: un juego individual, rápido, competitivo, donde la destreza física se confunde con la legitimidad moral. La obsesión por vencer lo lleva a cruzar límites sin medida, convencido de que la victoria compensa cualquier método. Safdie convierte esa conducta en crítica social, mostrando cómo la ambición personal refleja la arrogancia colectiva. El éxito se representa como un acto de fe en uno mismo, y la película examina las consecuencias de esa creencia cuando se impone como modelo cultural.

El desenlace, ambientado en Tokio, amplía esa mirada al contraponer dos formas de entender el esfuerzo. El jugador japonés encarna la disciplina y el control frente a la impulsividad de Marty, que actúa movido por la necesidad de impresionar. Safdie filma el enfrentamiento evitando la épica deportiva y concentrándose en los pequeños detalles de tensión. La escena adquiere valor simbólico: la serenidad oriental frente al frenesí occidental, la constancia frente al exceso. La derrota final del protagonista se plantea como constatación de que su modelo de vida se ha agotado. El director utiliza ese cierre para evidenciar la fragilidad del sueño americano, basado en la idea de crecimiento perpetuo incluso cuando ya no queda nada por ganar.

'Marty Supreme' se convierte así en una reflexión contundente sobre la ambición y sus límites sociales. Safdie disecciona la relación entre deseo, poder y reconocimiento con una claridad que evita cualquier romanticismo. La película funciona como retrato de un carácter y también como diagnóstico de una cultura que identifica éxito con valor moral. Su puesta en escena, agitada y precisa, convierte cada secuencia en demostración de cómo la velocidad puede ser una forma de autodefensa. La historia de Marty Mauser sirve para ilustrar cómo la obsesión por destacar termina consumiendo todo lo que toca. Safdie firma una obra que combina análisis y energía, ofreciendo un retrato directo de la ambición como motor y condena de un tiempo que nunca se detiene.

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