Cine y series

Mantis

Lee Tae-sung

2025



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Bajo la dirección de Lee Tae-sung, asistente en su día de Byun Sung-hyun en ‘Kill Boksoon’, surge ‘Mantis’, un derivado que pretende ampliar un universo ya marcado por reglas férreas y traiciones internas. La producción llega con el respaldo de Netflix y con la mirada puesta en un terreno ya familiar: el entramado corporativo de un gremio de asesinos profesionales que, tras un colapso interno, se enfrenta a un futuro incierto. El director se estrena en solitario con un proyecto que combina ambición industrial y voluntad de consolidar una saga.

El relato se centra en Han-ul, apodado Mantis, interpretado por Yim Si-wan, un ejecutor con fama y estilo reconocible gracias a sus armas curvas que evocan las patas de su insecto homónimo. Reaparece tras un paréntesis personal en un momento convulso: la estructura de la compañía MK se tambalea después de la desaparición de sus dirigentes. Ese vacío de poder abre una pugna entre facciones, antiguos discípulos y figuras en retirada que ven la ocasión de recuperar protagonismo. Junto a él surge Jae-yi, encarnada por Park Gyu-young, compañera de formación y contrapunto constante, que reclama su propio lugar en un tablero dominado por jerarquías y rivalidades históricas.

La película arranca con dinamismo, utilizando secuencias de acción como carta de presentación. Sin embargo, tras ese arranque llamativo, el guion reparte su atención entre múltiples hilos: la ambición de Mantis, el pasado de Jae-yi, las maniobras de Dok-go —mentor veterano que regresa para reclamar influencia— y la irrupción de un empresario tecnológico con aspiraciones de remodelar las reglas del oficio. Esa dispersión narrativa resta fuerza al núcleo de la historia, que parece dividirse entre el retrato de un mercado en caos y el intento de describir vínculos personales cargados de tensiones.

El gran atractivo reside en la confrontación entre generaciones. Mientras algunos veteranos buscan preservar un orden perdido, las figuras jóvenes desean crear empresas propias y conquistar prestigio. El filme plantea un espejo de dinámicas sociales en Corea, con alusiones veladas a la precariedad y a las dificultades de los más jóvenes para establecerse en sectores dominados por conglomerados. Aun así, esas ideas aparecen diluidas, sin desarrollo suficiente para alcanzar contundencia crítica.

Los personajes funcionan de manera desigual. Han-ul se presenta arrogante, seguro de sus dotes, pero con una escritura que apenas le permite evolucionar más allá de su fachada. En contraste, Jae-yi se revela como una figura más atractiva: su esfuerzo por superar comparaciones, su lucha por validar su talento y la frustración acumulada se reflejan en escenas donde Park Gyu-young transmite intensidad contenida. La relación entre ambos, a medio camino entre complicidad y choque, sostiene buena parte del interés dramático, aunque la dirección se inclina demasiado hacia el lucimiento del protagonista masculino.

Dok-go, mentor marcado por viejas heridas, ofrece un contrapunto cargado de experiencia y ambición. Su retorno pone sobre la mesa la repetición de viejos conflictos y la dificultad de cerrar ciclos. A su lado, el personaje de Benjamin, joven inversor empeñado en influir en la reorganización del negocio, resulta más anecdótico: encarna la entrada del capital externo en un mundo tradicional, pero sin profundidad dramática.

En cuanto al estilo, Lee Tae-sung apuesta por combates coreografiados con precisión. Las escenas de lucha, supervisadas por veteranos del género, combinan armas blancas, movimientos veloces y ecos del cine hongkonés clásico. En esos momentos se aprecia cuidado técnico y un deseo de ofrecer espectáculo. Sin embargo, al quedar desligados de un trasfondo emocional sólido, los enfrentamientos transmiten destreza sin alcanzar verdadera contundencia. La espectacularidad funciona como reclamo, aunque se percibe desconexión entre el combate y el destino de los personajes.

La duración, cercana a las dos horas, introduce un ritmo irregular. Alterna secuencias de acción con largos diálogos sobre alianzas y traiciones internas, en ocasiones demasiado extensos para mantener tensión. La mezcla de comedia ligera, drama juvenil y thriller corporativo genera contrastes de tono que no siempre se integran de manera fluida.

Comparada con su origen, ‘Mantis’ se presenta como una derivación con aspiraciones de continuidad más que como un relato autónomo. La elección de un protagonista que en la obra inicial apenas recibía mención resulta arriesgada, y el resultado confirma las limitaciones de esa apuesta. A pesar de contar con un actor con carisma en pantalla, el personaje carece de una construcción sólida que lo convierta en eje narrativo convincente. Jae-yi, por el contrario, ofrece más matices, lo que invita a pensar que la película habría ganado fuerza si ella hubiese sido el centro del relato.

El trasfondo político del gremio de asesinos, con sus normas internas, rupturas y vacíos de poder, actúa como metáfora de un sistema laboral que expulsa con facilidad a quienes no se adaptan. Esa lectura se vislumbra en escenas donde los aspirantes luchan por un hueco en un mercado saturado. Sin embargo, al quedarse en apuntes, pierde impacto y se diluye en un conjunto irregular.

Netflix busca con esta producción consolidar un universo fílmico que recuerde a otras franquicias globales basadas en sociedades secretas y códigos de honor. El resultado de ‘Mantis’ oscila entre momentos vibrantes y pasajes dispersos, ofreciendo entretenimiento funcional sin alcanzar mayor resonancia. Es un título que sirve para mantener vivo un mundo de asesinos estilizados, pero sin lograr que sus nuevos protagonistas dejen una huella memorable.

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