Cine y series

Mango

Mehdi Avaz

2025



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La historia de ‘Mango’ transcurre bajo la luz intensa del sur, entre montes cubiertos de cultivos y un aire espeso que parece retener cada pensamiento. Mehdi Avaz dirige una película que arranca en un tono laboral y acaba convertida en un retrato del desajuste entre lo que una persona quiere y lo que la vida espera de ella. Lærke, una ejecutiva danesa, viaja con su hija a Málaga para convencer a un agricultor de vender la finca en la que crecen los mejores mangos de la Axarquía. Lo que parece una tarea profesional se transforma poco a poco en una historia sobre la necesidad de escuchar al entorno y entender que el trabajo y la afectividad nunca funcionan en compartimentos estancos. La dirección apuesta por un ritmo calmado y un uso expresivo de la luz que muestra la tensión entre dos mundos opuestos: el del negocio rápido y el del cultivo paciente. Desde el principio, la cámara observa con detalle la incomodidad de Lærke, atrapada entre el mandato de su empresa y la intuición de que está destruyendo algo más que una plantación.

El eje central del argumento se apoya en la relación entre Lærke y Alex, dueño del terreno, un hombre que vive de lo que produce y que no concibe la tierra como un activo comercial, sino como una forma de permanencia. Entre ambos se levanta un muro invisible que va cediendo a medida que las conversaciones dejan espacio al afecto. La llegada de Agnes, la hija adolescente de Lærke, introduce un tono distinto, menos calculado y más vital, que actúa como punto de equilibrio entre dos adultos dominados por la presión. Ella se mueve entre la curiosidad y el desencanto, y en esa mirada sin filtros se refleja la vulnerabilidad de los mayores. La convivencia forzada revela las grietas de la relación materno-filial y, al mismo tiempo, abre la posibilidad de un acercamiento basado en la comprensión. En la plantación, donde el tiempo depende de la naturaleza, los tres personajes aprenden que toda decisión económica deja huella en los vínculos personales.

El personaje de Paula, cuñada de Alex, añade una capa de realidad cotidiana. Representa la permanencia frente a la prisa, la vida comunitaria frente al aislamiento urbano. Su relación con Agnes funciona como contrapeso al conflicto principal y aporta un aire de frescura. Gracias a esa trama secundaria, la película evita el exceso sentimental y gana en naturalidad. Mehdi Avaz combina la calidez del ambiente con un guion que avanza mediante gestos pequeños, encuentros casuales y silencios que dicen más que las palabras. Esa manera de filmar permite que el espectador perciba la transformación de los personajes sin que nada parezca impuesto. La Axarquía, con sus laderas repletas de árboles, actúa como espejo del cambio interior de los protagonistas, como si el paisaje recordara que la tierra no se puede poseer sin entender lo que significa cuidarla.

La parte media del film es la más sólida y también la que concentra el verdadero conflicto moral. Lærke, que llegó con la seguridad de quien domina las cifras, empieza a percibir el daño que provoca un sistema que confunde el progreso con el desarraigo. Su relación con Alex le sirve para comprender que la riqueza no siempre se mide en beneficios, y que una comunidad se mantiene viva cuando quienes la habitan encuentran sentido en su trabajo. El guion evita el dramatismo y apuesta por la observación, permitiendo que cada personaje muestre su evolución sin grandes discursos. La maternidad de Lærke, inicialmente un obstáculo para su carrera, se convierte en el punto desde el que empieza a reconstruirse. La hija, sin ser consciente de ello, le recuerda que toda ambición pierde valor si no se acompaña de vínculos reales.

En la parte final, la narración acelera y retoma el conflicto romántico que había quedado latente. Lærke y Alex se enfrentan a la evidencia de que sus mundos funcionan con reglas distintas. Ella pertenece a una empresa que busca transformar los campos en hoteles; él, a un modo de vida que mide el tiempo en estaciones. La tensión se resuelve con rapidez, pero deja claro que ambos han cambiado. La relación entre ellos no queda definida en términos de triunfo o derrota, sino como una reconciliación con el entorno. La última secuencia, rodeada de árboles y luz dorada, condensa la idea de que las relaciones, como las cosechas, necesitan cuidados constantes. El amor aparece aquí como un aprendizaje, no como una redención. Mehdi Avaz evita la solemnidad y prefiere que la historia respire, confiando en la capacidad de sus personajes para sostener el relato sin artificios.

La dirección se apoya en una fotografía que realza la textura del sur sin convertirla en postal. El color, el polvo del camino y la densidad del aire transmiten la sensación de un verano que parece eterno. Josephine Park interpreta a Lærke con una mezcla de rigidez y vulnerabilidad que dota de sentido a cada escena. Dar Salim, por su parte, construye un Alex sereno, consciente de que la resistencia también puede ser una forma de afecto. Los secundarios completan el retrato coral de una comunidad que defiende su modo de vida frente a una economía que pretende uniformarlo todo. La cámara no juzga, simplemente observa, y en ese ejercicio encuentra una claridad que pocas comedias románticas contemporáneas alcanzan. El guion de Milad Schwartz Avaz utiliza el humor y la ironía como herramientas para hablar de trabajo, familia y deseo sin necesidad de discursos morales.

Mango propone una lectura sobre la conciliación entre progreso y pertenencia. La película retrata una sociedad donde el beneficio inmediato amenaza con arrasar cualquier vínculo que escape al control del mercado. Lærke encarna la lógica de la empresa global; Alex, la de la supervivencia local. Entre ambos surge una posibilidad de encuentro que no elimina las diferencias, pero las hace habitables. El relato deja entrever una crítica a la idea de éxito y una defensa de la vida compartida, de la cooperación frente al individualismo. Mehdi Avaz filma con serenidad ese aprendizaje y lo sitúa en un entorno que respira historia y comunidad. La película transmite la sensación de que la armonía se alcanza cuando el deseo deja de ser una meta individual y se convierte en una forma de entender el mundo.

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