En un pequeño pueblo perdido del interior argentino, un grupo de creadores de contenido aterriza convencido de haber encontrado la historia perfecta para su canal. Buscan a un cantante excéntrico con orejas de conejo, pero pronto descubren que se han equivocado de San Cristóbal. A partir de esa confusión, 'Magic Farm' se abre como una comedia incómoda sobre la torpeza del mundo digital para comprender lo que filma. Amalia Ulman utiliza ese equívoco como punto de partida para retratar una sociedad que confunde la mirada con la apropiación y el interés con el consumo. Su forma de dirigir es contenida, sin adornos innecesarios, y deja que el absurdo se cuele de manera natural en las situaciones cotidianas. Desde el primer plano, se percibe una intención clara: mostrar cómo la distancia entre el que graba y el grabado nunca es inocente, y cómo detrás de la cámara se esconde una jerarquía de poder disimulada bajo sonrisas y filtros.
El grupo de documentalistas que protagoniza la historia encarna una generación acostumbrada a registrar cada minuto sin preguntarse por el sentido de lo que captura. Edna, interpretada por Chloë Sevigny, representa la fachada de un proyecto mediático que convierte la realidad en mercancía. Su equipo la sigue sin rumbo ni propósito, más pendientes de los likes que de los habitantes del lugar al que llegan. Dave, Jeff, Justin y Elena, interpretada por la propia Ulman, viven el viaje como un experimento que termina volviéndose contra ellos. Elena, puente lingüístico entre los visitantes y los locales, carga con la incomodidad de entender ambos mundos sin sentirse parte de ninguno. En esa tensión entre comprensión y desapego se sostiene buena parte del interés narrativo, ya que el lenguaje se convierte en la herramienta que revela las diferencias culturales, pero también en el muro que impide el entendimiento. Ulman coloca a sus personajes en una especie de laboratorio moral donde cada interacción muestra algo de su desconexión con el entorno.
La historia avanza entre enredos que mezclan humor y malestar, y poco a poco se insinúa un retrato más amplio: el de un país marcado por la desigualdad y por la indiferencia de quienes lo observan desde fuera. Las conversaciones entre los lugareños dejan entrever problemas reales, como la contaminación agrícola o la precariedad laboral, mientras el equipo de filmación se obsesiona con crear una narrativa que funcione bien en redes. Lo interesante es que Ulman no los ridiculiza de manera directa, sino que deja que la farsa se desgaste por sí sola. Cada escena muestra cómo la banalidad de lo digital arrastra a todos, incluso a los personajes locales, que aprenden a sacar partido de esa torpeza ajena. En este equilibrio entre crítica y observación radica una de las mayores virtudes de la película: retrata el ridículo sin burla, la ignorancia sin victimismo y la convivencia sin melodrama.
Visualmente, 'Magic Farm' construye un universo saturado de color que parece sacado de un catálogo publicitario. Esa estética artificial contrasta con el paisaje rural, lleno de polvo y calor, donde la vida sigue un ritmo que nada tiene que ver con el de los visitantes. La fotografía de Carlos Rigo juega con encuadres que imitan la estética de los vídeos en línea, mientras el montaje de Arturo Sosa introduce planos que podrían haber salido del propio material de los personajes, desdibujando los límites entre la ficción y el documental. Este juego constante con los formatos refuerza la sensación de que todo está siendo observado por múltiples ojos, algunos humanos y otros mediáticos, sin que nadie sepa muy bien qué historia se está contando. La música electrónica que acompaña muchas escenas subraya esa idea de desconexión: un sonido ajeno que invade un espacio donde la calma debería imponerse.
Los intérpretes consiguen transmitir la incomodidad de sus personajes sin recurrir al exceso. Sevigny encarna a Edna con una mezcla de altivez y cansancio, como si repitiera un papel aprendido mil veces. Simon Rex, en el papel de Dave, aporta un tono entre arrogante y patético que simboliza la confusión moral del equipo. Alex Wolff, como Jeff, actúa desde una ironía constante que roza el histrionismo y, al hacerlo, ilumina la ridiculez de su propio personaje. Frente a ellos, Guillermo Jacubowicz y Camila del Campo representan la vida local sin adornos, con gestos medidos y una naturalidad que contrasta con la torpeza de los visitantes. Esa contraposición entre mundos no se construye desde la superioridad moral, sino desde la observación de los pequeños detalles: las miradas esquivas, los malentendidos, la risa incómoda que surge cuando dos personas hablan el mismo idioma sin entenderse.
A través de la relación entre el grupo y los habitantes del pueblo, Ulman plantea una reflexión directa sobre el turismo mediático y su capacidad para deformar la realidad que pretende documentar. Los visitantes creen que pueden capturar lo exótico sin alterar su esencia, pero terminan contaminando todo lo que tocan. El hotel donde se alojan se convierte en una especie de escenario donde se cruzan la necesidad de pertenecer y el deseo de escapar. El recepcionista, el personaje más silencioso, encarna una dignidad tranquila frente a la avalancha de discursos vacíos que lo rodean. A su alrededor, los personajes locales se mueven entre la resignación y la astucia, aprovechando la confusión del grupo extranjero para sacar algún beneficio. Ulman retrata esas dinámicas sin sentimentalismo y muestra cómo, en los márgenes de la globalización, el espectáculo termina devorando cualquier intento de encuentro real.
El trasfondo político y social se percibe en los márgenes del relato, sin discursos explícitos. Los diálogos sobre las plantaciones fumigadas, los cuerpos enfermos o las promesas incumplidas por las grandes empresas agrícolas componen un retrato de un país herido. Mientras tanto, los protagonistas se enredan en conversaciones vacías sobre el algoritmo y la estética del contenido. Esa distancia entre los problemas reales y las preocupaciones artificiales funciona como el núcleo de la película. Ulman observa cómo la tecnología ha creado una forma de mirar el mundo que lo convierte todo en decorado. El título 'Magic Farm' sugiere precisamente esa ilusión: la granja mágica que produce imágenes y emociones prefabricadas, mientras detrás se acumulan las ruinas de lo que debería importar. El film convierte esa metáfora en una advertencia: la trivialidad puede ser tan destructiva como la ignorancia.
La dirección de Ulman demuestra una madurez que combina ironía y control narrativo. Su doble papel como realizadora y actriz le permite explorar el contraste entre la mirada detrás de la cámara y la que se exhibe ante ella. Cada decisión formal parece pensada para reforzar la idea de que la realidad, en manos de quienes buscan espectáculo, se descompone. A diferencia de otros cineastas que convierten la crítica social en sermón, Ulman se sitúa en un punto de observación paciente, confiando en que los gestos y las omisiones digan más que cualquier diálogo. El resultado es una película que expone con claridad la confusión ética de una generación obsesionada con documentar sin comprender y que refleja con crudeza la distancia entre la empatía real y la empatía fingida de los medios digitales.
'Magic Farm' ha sido proyectada en la más reciente edición de Rizoma.
