Cine y series

Lo sabes, ¿verdad?

Neeraja Kona

2025



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Una cena aparentemente tranquila se convierte en el principio de una batalla que nadie se atreve a nombrar. ‘Lo sabes, ¿verdad?’, dirigida por Neerraja Kona y disponible en Netflix, se adentra en los espacios cerrados de una pareja que vive entre la apariencia del bienestar y el desmoronamiento íntimo. La directora construye una historia donde el hogar funciona como espejo de una vida ordenada a base de silencios, y en cada habitación flota la idea de que el afecto puede ser una forma de dominio. La cámara se mueve despacio, como si temiera romper un equilibrio que ya está roto, y retrata con detalle cómo los vínculos más cercanos se transforman en territorios de vigilancia. Lo que comienza como un retrato de la rutina matrimonial termina revelando una radiografía del poder dentro de la intimidad. Kona evita cualquier sentimentalismo y apuesta por una observación contenida, consciente de que la calma puede resultar tan violenta como el conflicto.

Varun, chef meticuloso hasta el extremo, intenta sostener su vida bajo la ilusión del control. Todo en su entorno está medido: los horarios, los sabores, los gestos mínimos. Anjali, su esposa, participa de ese orden con la esperanza de encontrar en la disciplina una forma de calma. Pero el vacío que deja la imposibilidad de tener hijos se convierte en una grieta que transforma la convivencia en una serie de ritos sin afecto. El regreso de Raaga, médica y antigua pareja de Varun, introduce una tensión que altera el equilibrio y saca a la superficie una serie de heridas mal cerradas. A través de ellos, la película examina la fragilidad de los vínculos cuando la vida se mide en función del éxito o el fracaso de los planes familiares. Kona observa sin juzgar, y esa distancia permite entender que cada personaje se mueve por miedo: miedo a perder, a quedar fuera, a descubrir que lo que construyó ya carece de sentido.

El argumento se sostiene en un triángulo que va mucho más allá del deseo. Varun proyecta en la paternidad un intento de reparar su pasado y de imponer una idea de familia que le garantice permanencia. Anjali, atrapada entre la culpa y la resignación, acepta la maternidad asistida como salida posible, aunque intuya que su cuerpo ha sido desplazado del centro de su propia vida. Raaga representa la independencia convertida en amenaza: una mujer que ofrece su ayuda y, con ella, desordena un sistema fundado en la obediencia. Las tres figuras encarnan diferentes maneras de entender el cuidado, y la película examina ese choque con una claridad incómoda. Cada conversación revela un grado distinto de dependencia, y cada silencio actúa como confesión. La historia nunca se detiene en lo moral, sino que utiliza la intimidad como laboratorio para explorar cómo el amor se transforma en estrategia.

El retrato social que propone Kona resulta preciso y demoledor. La película no se limita a hablar de un matrimonio en crisis, sino que retrata un modelo de convivencia que sigue marcado por el control masculino y por el sacrificio femenino como sinónimo de entrega. Varun encarna esa figura que confunde la responsabilidad con la autoridad. Todo lo que organiza parece razonable, hasta que se descubre que detrás de su método hay una necesidad de poder. Anjali, en cambio, muestra el desgaste de quien intenta sostener el equilibrio sin recibir reconocimiento. La película sitúa esa relación en una sociedad que todavía asocia el valor de la mujer con la capacidad de ser madre y el del hombre con el éxito profesional. La propuesta de la maternidad subrogada aparece como metáfora de una cesión que trasciende el cuerpo: una entrega de identidad a cambio de estabilidad. Kona logra que esa lectura política fluya con naturalidad, sin convertir el discurso en lección.

Desde el punto de vista formal, la dirección apuesta por una estética precisa y controlada. Los planos fijos y la composición meticulosa de los espacios refuerzan la idea de encierro. Las habitaciones amplias, los muebles simétricos y la luz fría dan forma a una casa convertida en prisión. Cada objeto parece colocado para evitar el caos, pero lo que consigue es amplificarlo. La fotografía de Gnana Shekar VS utiliza los reflejos y las sombras para acentuar la distancia entre los personajes, mientras que la música de Thaman S introduce una tensión constante que vibra bajo la superficie. El montaje privilegia la pausa sobre el impacto, y ese ritmo permite que el espectador sienta la opresión sin necesidad de dramatismos. Kona demuestra una habilidad especial para dirigir actores, y consigue que las emociones aparezcan sin necesidad de subrayarlas. Todo en la puesta en escena respira contención y precisión.

El desarrollo de los personajes evita la transformación heroica. Varun avanza hacia el desconcierto, atrapado en una lógica que lo supera. Anjali recupera parte de su autonomía cuando comprende que su papel en esa relación ya no depende del amor, sino de la costumbre. Raaga se convierte en el espejo de lo que podría haber sido otra vida, aunque también carga con sus propias contradicciones. Ninguno de los tres alcanza lo que busca, y esa imposibilidad se siente en cada gesto contenido, en cada intento fallido de comunicación. Kona utiliza la repetición de escenas domésticas para mostrar la erosión del vínculo: los mismos diálogos, los mismos movimientos, hasta que la rutina deja de sostener el equilibrio. El desenlace elige la ambigüedad moral antes que la redención, dejando que los personajes convivan con las consecuencias sin dramatismo ni alivio.

‘Lo sabes, ¿verdad?’ funciona como una reflexión sobre la pareja moderna y las formas de dependencia que se disimulan bajo el afecto. La directora combina lo íntimo y lo social con naturalidad, dejando ver que el control emocional puede ser tan estructural como el económico. La película propone una mirada lúcida sobre la dificultad de mantener el deseo cuando el amor se convierte en contrato y la confianza en cálculo. Cada escena expone un tipo distinto de soledad, y en todas ellas se percibe la tensión entre querer y poseer. La película no busca consolar, sino describir con exactitud un sistema de vínculos que se mantiene por miedo al vacío. El resultado es un retrato de la fragilidad contemporánea, donde la estabilidad se consigue al precio de renunciar a la libertad.

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