Cine y series

Las líneas discontinuas

Anxos Fazáns

2025



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Algunas películas parecen surgir de un accidente cotidiano, de esos sucesos tan inverosímiles que solo el cine puede convertir en materia sensible. 'Las líneas discontinuas', dirigida por Anxos Fazáns y estrenada en el Festival de Gijón 2025, parte de un hecho así: un chico que, tras una noche de fiesta, se cuela en una casa ajena y se queda dormido en la cama de su dueña. Ese punto de partida, tan absurdo como posible, se transforma en un retrato íntimo sobre dos personajes que se encuentran sin buscarse y terminan compartiendo un espacio que les obliga a mirarse, a escuchar, a reconocerse en la vulnerabilidad del otro. Fazáns aborda esta historia con la calma de quien observa sin intervenir, situando su cámara en los márgenes, dejando que la convivencia de los protagonistas se imponga sobre cualquier expectativa de giro o moraleja.

Bea, interpretada por Mara Sánchez, atraviesa el final de un matrimonio y el desalojo de una casa cargada de recuerdos. Denís, interpretado por Adam Prieto, es un joven trans que encadena trabajos precarios y vive entre la frustración y la incertidumbre. Lo que empieza como un conflicto se convierte en una relación inesperada, nacida del desconcierto y sostenida por una complicidad que no necesita explicarse. En la convivencia forzada que sigue al incidente, ambos descubren un modo distinto de entender la soledad: ella, recuperando el impulso de desear algo propio; él, aceptando que el rumbo vital no se define a base de huidas. Fazáns no pretende que la amistad entre ellos funcione como terapia o redención, sino como un encuentro entre dos biografías que se tocan y se transforman. El hogar de Bea, medio deshabitado y lleno de objetos que ya no le pertenecen, se convierte en escenario y símbolo de ese tránsito entre lo que se desmorona y lo que aún puede sostenerse.

La directora gallega construye la narración con una precisión que evita adornos. La cámara observa los cuerpos, los gestos y los silencios con la misma atención que dedica a los objetos inmóviles de la casa. La fotografía de Sandra Roca captura una luz que parece flotar entre lo doméstico y lo espectral, y ese tono contenido se ajusta al espíritu del relato: cada plano transmite una pausa, un intento de respiración. Fazáns confía en la repetición, en la rutina compartida, en la espera. Su estilo recuerda a autoras como Kelly Reichardt o Lucrecia Martel, que entienden el cine como un medio para capturar la vida que sucede entre las palabras. Aquí, la acción no avanza a golpe de acontecimientos, sino a través de pequeñas transformaciones. La directora evita subrayar lo obvio y deja que la cercanía entre Bea y Denís se construya con gestos simples: limpiar, cocinar, escuchar música. De ese modo, el vínculo nace sin necesidad de discursos sobre la diferencia, el género o la edad.

El guion, coescrito por Fazáns e Ian de la Rosa, equilibra el retrato generacional con una lectura social clara. Bea pertenece a una generación que creyó en la estabilidad como forma de éxito; Denís encarna una juventud que vive atrapada entre la precariedad y el desencanto. En su convivencia aparecen dos tiempos enfrentados: el pasado que pesa y el futuro que no se ve. El diálogo entre ellos, más que conversación, es un intercambio de miradas que revela un país que ha cambiado demasiado deprisa. La directora usa esta relación como espejo de una sociedad que margina tanto a la juventud sin horizonte como a las mujeres que superan los cincuenta y pierden visibilidad. En esa tensión se adivina una crítica al modo en que la vida adulta se ha vuelto un territorio lleno de promesas incumplidas. Fazáns muestra con lucidez cómo la falta de propósito afecta a ambas generaciones, aunque cada una lo viva desde un lugar distinto del desencanto.

El contexto político y moral de la película se deja sentir en los detalles. Denís, con su identidad trans y su deseo de marcharse de Galicia, refleja el choque entre la libertad individual y las limitaciones estructurales de un entorno que apenas cambia. Bea, por su parte, encarna el agotamiento de una mujer que, tras años de sostener todo, se enfrenta al vacío cuando el papel asignado deja de tener sentido. El encuentro entre ambos, lejos de la moralidad o el paternalismo, reivindica una forma de empatía que no nace de la lástima, sino del reconocimiento. Fazáns no busca provocar emociones inmediatas; su apuesta es otra, más serena y más incisiva: mostrar cómo dos soledades pueden equilibrarse sin jerarquías, compartiendo un tiempo suspendido. En su aparente sencillez se esconde una mirada política sobre el cuidado, la interdependencia y la necesidad de construir vínculos fuera de los modelos convencionales.

La música, compuesta por Xavier Bértolo, y las canciones de grupos como Triángulo de Amor Bizarro o Pálida funcionan como columna vertebral de la película. No actúan como acompañamiento, sino como parte de la identidad de los personajes. En la relación entre Bea y Denís, la música es el lenguaje que permite compartir sin explicaciones. Ella había dejado de escuchar, él necesita sonar para sentirse visible. Esa afinidad sonora marca el tono de la película: un vaivén entre la melancolía y la energía contenida. Fazáns aprovecha cada tema para hablar del paso del tiempo y del deseo de seguir conectado a algo que todavía vibra. La elección musical, más que nostálgica, tiene algo de resistencia: en un mundo que fragmenta las relaciones, la música aparece como un modo de comunicación que sobrevive incluso cuando las palabras se agotan.

El puerto y los astilleros, presentes en varias secuencias, funcionan como metáforas visuales. La directora retrata el agua estancada, los barcos varados, los muelles vacíos. Esa imagen del tiempo detenido se corresponde con el estado emocional de Bea, atrapada entre el recuerdo y la obligación de seguir adelante. El paso de la piscina al mar marca su transformación interior: de un espacio cerrado a otro abierto, aunque incierto. Fazáns integra estos elementos con naturalidad, sin recurrir al simbolismo forzado. Todo se sostiene en el equilibrio entre lo concreto y lo poético, entre la observación de lo real y la necesidad de dotarlo de sentido. Denís, que mira el horizonte sin saber si marcharse o quedarse, encuentra en ese mismo paisaje una metáfora de su propia indecisión. La película utiliza esa ambivalencia para reflejar un sentimiento generacional: la imposibilidad de anclar el futuro cuando todo parece moverse bajo los pies.

'Las líneas discontinuas' ha sido proyectada en la más reciente edición del festival Rizoma.

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