Cine y series

La trampa

Isabel Kleefeld

2026



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Isabel Kleefeld firma con ‘La Trampa’ una adaptación de la novela de Melanie Raabe que aspira a convertir el aislamiento doméstico en un campo de batalla psicológico. La premisa acompaña a Lisa Konrad, escritora de éxito que lleva una década sin cruzar el umbral de su vivienda tras presenciar el asesinato de su hermana Anna. Cuando cree identificar al culpable en un rostro televisivo, urde una trampa que la tiene a ella misma como cebo. Kleefeld, responsable también de ‘Dear Child’, conduce la puesta en escena hacia un terreno donde la percepción de la protagonista se convierte en material narrativo, aunque su enfoque se apoya en una repetición de sospechas que acaba por diluir la tensión que el planteamiento inicial promete. La dirección prefiere el plano cerrado y el espacio opresivo del hogar para subrayar la condición de Lisa, si bien esa insistencia en el encierro termina por generar una sensación de estancamiento argumental que el montaje, fragmentado en seis episodios de duración similar, no logra corregir.

La interpretación de Friederike Becht sostiene buena parte del interés de la serie. Su trabajo presenta a una mujer quebrada por la culpa, incapaz de distinguir con nitidez entre el recuerdo y la reconstrucción que su mente elabora. Esa ambigüedad constituye el motor principal del relato, pues el espectador comparte la incertidumbre de Lisa sobre la identidad del asesino. Ahora bien, el libreto recurre a ese desconcierto de manera tan constante que la duda deja de ser un mecanismo de intriga para transformarse en un obstáculo repetitivo. La escritura como territorio de elaboración del duelo aparece esbozada con acierto en ciertos pasajes, pero Kleefeld desaprovecha su potencial al subordinar ese hallazgo a una sucesión de giros que buscan sorprender y que, en lugar de complejizar a la protagonista, la convierten en una figura errática cuyas decisiones cuesta acompañar. El resultado es una protagonista cuya vulnerabilidad resulta creíble, aunque su falta de criterio termine por erosionar la complicidad con quien la observa.

La confrontación entre Lisa y Robert Lenzen, periodista al que da vida Hans Löw, concentra los mejores momentos de la serie. Ambos personajes se estudian, se miden y ocultan información, y ese pulso conversacional genera una inquietud que el relato sostiene mientras mantiene a Robert en la penumbra. El problema surge cuando la narración revela demasiado pronto las intenciones del sospechoso, privando al enfrentamiento de la opacidad que lo hacía atractivo. La presencia de Matthias Brandt como editor y de Malaya Stern Takeda como Anna añade capas al entorno de Lisa, si bien sus intervenciones quedan supeditadas a una trama que prefiere el forcejeo psicológico entre los dos principales. Esa decisión empobrece el conjunto, pues los secundarios ofrecen la posibilidad de explorar la complicidad familiar y los celos que rodearon la relación entre las hermanas, un filón que Kleefeld toca con timidez y que habría enriquecido el retrato de la culpa sin necesidad de insistir en la misma sospecha una y otra vez.

El desenlace, aunque ordena las piezas dispersas, llega cuando el interés ya se ha resentido por una reiteración de indicios que el espectador había comprendido mucho antes. La recta final introduce un giro que invita a releer lo visto, pero su aparición tardía confirma que la serie confundió la complejidad con la acumulación de capas superpuestas. Kleefeld demuestra oficio en la construcción del clima y en la dirección de sus intérpretes, en especial de Becht y Löw, y acierta al situar el duelo y la culpa en el centro del relato. Sin embargo, la falta de contención en el desarrollo y la confianza excesiva en la ambigüedad como único recurso narrativo impiden que ‘La Trampa’ alcance la contundencia de su premisa. Queda una obra que se sigue con interés moderado, sostenida por sus actores y por una idea potente que la ejecución termina por deshilachar.