Una mirada infantil se detiene frente a un mostrador donde un tendero discute el precio de unos huevos. La niña observa con atención, como si entendiera que esa conversación sobre dinero y escasez resume toda la dificultad de su entorno. Esa escena de ‘La tarta del presidente’, dirigida por Hasan Hadi, representa con precisión la tensión diaria de una sociedad sometida al control político y a la miseria económica del Irak de los años noventa. A partir de situaciones pequeñas, el director construye una visión sólida sobre un país donde cada acto cotidiano se convierte en una forma de resistencia o en un intento de adaptación. La película no necesita discursos para mostrar la presión del poder; le basta con seguir a una niña que, sin entender del todo las reglas impuestas por los adultos, acaba enfrentándose a ellas a su manera.
El argumento parte de una premisa concreta y absurda a la vez: cada escuela debe ofrecer un pastel para celebrar el cumpleaños del dictador Saddam Hussein, y una alumna es elegida por sorteo para hacerlo. Lamia, la protagonista, resulta seleccionada y su suerte obliga a su familia a reunir ingredientes que se han vuelto inaccesibles por las sanciones internacionales. A partir de ahí, Hasan Hadi narra un viaje que combina realismo y crítica social sin necesidad de artificios. La relación entre Lamia y su abuela Bibi se presenta con un tono cercano, marcado por la complicidad y la preocupación, en un ambiente donde conseguir azúcar o harina puede equivaler a desafiar al sistema. El director evita cualquier dramatismo forzado y se centra en mostrar la dureza de las condiciones con claridad, apoyándose en los detalles que definen una época: la propaganda omnipresente, la pobreza rural y la burocracia absurda que convierte lo ordinario en una carga.
El desplazamiento hacia la ciudad sirve como estructura narrativa y también como retrato de un país dividido entre la sumisión y la supervivencia. Lamia y Bibi viajan acompañadas por un gallo, símbolo de orgullo y constancia, y atraviesan un entorno dominado por la corrupción y la vigilancia. Hadi utiliza ese trayecto para describir los mecanismos del poder sin explicarlos, dejando que cada encuentro revele una parte de la jerarquía social. Un comerciante aprovecha la desesperación de los demás, una mujer embarazada es humillada por pedir ayuda y los funcionarios tratan a los campesinos con desprecio. Cada personaje refleja una posición distinta frente a la autoridad, y la mirada de la niña actúa como filtro que ordena ese caos. La película mantiene un ritmo pausado, sin aceleraciones artificiales, y deja que la tensión crezca a partir del comportamiento de los personajes más que del desarrollo argumental.
La aparición de Saeed, compañero de clase de Lamia, transforma el relato en una doble búsqueda. Él intenta encontrar a su padre herido en la guerra, mientras ella se aferra a la misión de conseguir los ingredientes del pastel. Su encuentro introduce un tono más dinámico y permite que la historia adquiera matices de aventura sin perder coherencia. La relación entre ambos se desarrolla con naturalidad, entre discusiones infantiles y decisiones impulsivas que reflejan el aprendizaje forzado al que se enfrentan los niños en un país dirigido por el miedo. El gallo que los acompaña se convierte en un testigo silencioso, una presencia constante que simboliza tanto la obstinación como la esperanza. Hadi logra que estos elementos encajen dentro de un retrato social riguroso, sin idealizar la infancia ni convertirla en una metáfora vacía.
La puesta en escena combina sencillez y precisión. La cámara de Tudor Vladimir Panduru utiliza la luz del desierto, los reflejos del agua y el polvo de las calles para construir una atmósfera reconocible y coherente con la realidad histórica. Las composiciones no buscan impacto estético, sino claridad. La música, basada en instrumentos tradicionales, refuerza esa conexión con el territorio y acentúa el contraste entre la belleza natural del entorno y la opresión política que lo atraviesa. Los sonidos cotidianos —moscas, motores, gritos lejanos— generan una textura auditiva que transmite la sensación de vivir en un lugar permanentemente vigilado. Esa atención al detalle convierte la película en un retrato social preciso, donde cada plano tiene una función narrativa y cada silencio marca un punto de inflexión.
Las interpretaciones sostienen buena parte de la fuerza del film. Banin Ahmad Nayef dota a Lamia de una mezcla de ingenuidad y determinación que encaja con el tono realista de la historia. Sajad Mohamad Qasem, en el papel de Saeed, ofrece una presencia más pragmática, con gestos contenidos que muestran la diferencia entre quienes todavía conservan cierta inocencia y quienes han aprendido a adaptarse a las reglas del sistema. Waheed Thabet Khreibat, como Bibi, aporta una energía que combina ternura y desconfianza, encarnando a una generación agotada por las promesas incumplidas. Hasan Hadi consigue que sus actores, en su mayoría debutantes, se muevan con naturalidad dentro de un entorno hostil, lo que refuerza la credibilidad del conjunto.
El desenlace mantiene la coherencia del relato y evita giros innecesarios. La imagen de Lamia frente al agua resume el sentido del viaje: la necesidad de seguir adelante en medio de la incertidumbre. Hadi plantea una conclusión que observa sin dramatismo la continuidad de un ciclo marcado por el poder y la resignación. Su película se alinea con el cine social de Abbas Kiarostami o Bahman Ghobadi, aunque conserva un tono propio y directo. 'La tarta del presidente' apuesta por la claridad narrativa y muestra cómo un país se refleja en los ojos de una niña que intenta cumplir una tarea impuesta por un poder lejano. Esa mirada, directa y sin adornos, convierte la película en una obra de madurez sorprendente para un debut.
Crítica elaborada por Marina Rivas
