Cine y series

La lucha

José Ángel Alayón

2025



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Las tradiciones mantienen vivas las raíces de los pueblos incluso cuando el tiempo parece arrasar con todo. En ‘La lucha’, de José Ángel Alayón, esa permanencia se manifiesta en la arena donde un padre y su hija entrenan bajo el sol abrasador de Fuerteventura. Miguel, veterano de la lucha canaria, corrige los movimientos de Mariana mientras el viento levanta polvo a su alrededor. La escena, aparentemente simple, resume la tensión de la película: una herencia que pesa, una relación que intenta recomponerse y un entorno que impone su propio ritmo. Desde ese punto de partida, el director canario articula una historia que combina duelo, disciplina y resistencia, sin dramatismos innecesarios ni sentimentalismo, para retratar la vida de dos personajes atrapados entre el deber y el deseo de avanzar.

La película, escrita junto a Marina Alberti y Samuel M. Delgado, se centra en el vínculo entre un padre que se aferra a una tradición y una hija que busca un espacio propio dentro de un mundo cerrado por las normas del deporte. Miguel representa la obstinación de quien ha dedicado su vida a una práctica que moldea su identidad. Mariana encarna la necesidad de abrir grietas en un entorno donde las reglas se transmiten de generación en generación sin apenas cambios. Su convivencia después de la pérdida de la madre funciona como eje narrativo de un relato que evita el exceso y confía en los pequeños detalles. La relación entre ambos avanza con silencios prolongados y con la incomodidad de dos personas que comparten dolor sin saber cómo expresarlo. La lucha canaria se convierte en el terreno donde esa distancia se reduce y donde cada enfrentamiento adopta un significado distinto, ya que la arena no solo es un espacio deportivo, también es el lugar donde se mide la resistencia interior de cada personaje.

José Ángel Alayón utiliza la textura del 16 mm para reforzar la sensación de cercanía. La imagen granulada y el uso de la luz natural confieren a la película una fisicidad que transmite la aspereza del entorno. Fuerteventura aparece como un personaje más, un paisaje que impone su carácter a quienes lo habitan. Las carreteras desiertas, las montañas erosionadas y el viento constante configuran un territorio donde la supervivencia se vuelve un modo de estar en el mundo. Esa decisión estética evita la postal turística y permite que el espectador perciba el peso de cada jornada. El director consigue que el ambiente natural dialogue con las emociones de los protagonistas: la sequedad del terreno refleja la dificultad de comunicación entre padre e hija, y la inmensidad del horizonte sugiere la distancia que separa sus formas de entender la vida.

La dirección de Alayón destaca por su observación paciente. No busca adornos ni artificios, y cada plano se construye con un propósito claro. Los enfrentamientos en la arena están rodados con precisión, sin énfasis ni glorificación. Se aprecia el esfuerzo físico y la disciplina, pero también la serenidad que requiere el dominio de la técnica. La cámara se mantiene cerca de los luchadores, siguiendo la tensión entre sus brazos, la respiración agitada, el esfuerzo por mantener el equilibrio. Esa proximidad genera una lectura simbólica del combate: más que un enfrentamiento deportivo, se trata de un diálogo físico entre generaciones, una forma de transmitir respeto, resistencia y conocimiento. Mariana aprende de su padre, pero también lo desafía, cuestionando los límites impuestos por la tradición. En ese pulso se refleja una mirada sobre la identidad canaria contemporánea, que valora la herencia cultural sin dejar de buscar nuevos caminos.

La película se apoya en actores que proceden de la propia disciplina de la lucha canaria, y esa elección otorga verosimilitud a las escenas. Los intérpretes actúan con naturalidad, sin impostaciones, lo que permite que el espectador sienta la sinceridad del relato. El guion intercala la rutina diaria con momentos de entrenamiento y competiciones, sin marcar divisiones tajantes entre lo público y lo íntimo. Cada conversación, cada comida compartida o cada preparación para un combate está pensada para revelar el estado emocional de los protagonistas. Alayón evita subrayar los conflictos con música o con frases grandilocuentes; confía en la acumulación de acciones pequeñas que van dibujando el retrato de una familia que intenta recomponerse a través de la práctica deportiva.

El uso del sonido resulta decisivo para reforzar esa idea de autenticidad. El rumor del viento, el roce de la arena o la respiración de los personajes crean una atmósfera inmersiva. La música aparece en momentos puntuales, sin invadir el espacio natural. Esa contención permite que la película respire y que el espectador perciba el paso del tiempo sin artificios. La fotografía de Mauro Herce acompaña esa intención: cada encuadre parece medido para mantener el equilibrio entre la dureza del paisaje y la fragilidad de los protagonistas. En lugar de recurrir a una estética pictórica, el director prefiere una mirada funcional que prioriza la relación entre figura y entorno. La arena, el sudor y la luz se convierten en elementos narrativos que refuerzan el carácter físico del relato.

La obra aborda temas sociales y culturales con claridad. La figura de Mariana representa la ruptura de barreras en un ámbito tradicionalmente masculino. Su empeño por participar en los combates refleja el deseo de igualdad dentro de un espacio que se rige por normas heredadas. La historia de Miguel y Mariana puede leerse como una metáfora del cambio generacional en una comunidad que intenta preservar su identidad frente a la modernidad. Alayón retrata esa tensión sin recurrir a discursos ni subrayados ideológicos. Su punto de vista se apoya en la observación y en la coherencia entre forma y contenido: la lucha canaria sirve para hablar de un modo de vida que combina orgullo, sacrificio y sentido de pertenencia.

El desarrollo del relato avanza sin grandes sobresaltos. Cada secuencia contribuye a mostrar la evolución de los personajes y su manera de afrontar la pérdida. Miguel intenta mantener la estabilidad a través de la rutina y del respeto a la tradición, mientras Mariana canaliza su rabia mediante la rebeldía. El enfrentamiento entre ambos encuentra su equilibrio cuando comprenden que el combate se gana con técnica y control. Ese aprendizaje compartido se convierte en el centro de la película y sintetiza la mirada de Alayón sobre la relación entre pasado y presente.

La conclusión de ‘La lucha’ refuerza la idea de que el esfuerzo y la disciplina pueden actuar como herramientas para reconstruir vínculos rotos. El director logra que la emoción surja de los hechos concretos, sin buscar artificios narrativos. La película ofrece un retrato honesto de una familia y de una tradición que resiste al paso del tiempo. La combinación de naturalismo, rigor formal y sensibilidad convierte este trabajo en una obra coherente y sólida dentro del panorama actual del cine español, en especial por su capacidad para mirar lo local con una perspectiva universal.

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