El presidente italiano Mariano De Santis recibe el apodo de ‘Hormigón Armado’ entre sus colaboradores, una etiqueta que sugiere solidez pero también una rigidez que el largometraje de Paolo Sorrentino se encarga de matizar desde sus primeros compases. La función de apertura de la pasada Mostra de Venecia sitúa al espectador en los estertores de un mandato de siete años, con un jurista de origen humilde que se enfrenta a la cuenta atrás de su vida pública mientras lidia con la ausencia de su esposa fallecida. El realizador napolitano, conocido por su fascinación por el poder y sus contradicciones, construye aquí un artefacto más contenido que sus trabajos anteriores, alejado del exceso visual de ‘Parthenope’ y más cercano a la melancolía reposada de ‘Las consecuencias del amor’. Toni Servillo, su actor fetiche en esta como en otras tantas ocasiones, encarna a un hombre que define su existencia como aburrida, aunque la cámara de Daria D’Antonio se empeñe en encontrar grietas en esa fachada de cemento a través de los reflejos de Roma en los ventanales del Palacio del Quirinale.
De Santis navega sus últimos seis meses en el cargo con una agenda que oscila entre lo trivial, una entrevista para la edición italiana de ‘Vogue’ sobre su vestuario, y lo trascendental, la firma de una ley de eutanasia junto a dos peticiones de indulto. La primera de estas gracias judiciales corresponde a un profesor que asesinó a su esposa con Alzheimer, un crimen por compasión que despierta el apoyo popular. La segunda implica a una mujer condenada por matar a su marido mientras dormía, un caso de violencia de género que su mejor amigo, Ugo, aspirante a sucederle en el cargo, le presenta con evidentes conflictos de interés. La hija del presidente, Dorotea, una especialista en leyes que ha aparcado su vida personal para cuidar de su padre, presiona para que la regulación de la eutanasia se convierta en realidad, enfrentando al católico De Santis con la paradoja de legislar sobre el fin de la vida mientras él mismo se aferra al recuerdo de su esposa Aurora. El guion hilvana estas decisiones políticas con las dudas domésticas del protagonista, especialmente la sospecha de una infidelidad conyugal ocurrida cuatro décadas atrás, un secreto que solo conoce su amiga Coco Valori, una crítica de arte mordaz que irrumpe en las cenas oficiales para ridiculizar la hipocresía del entorno palaciego.
El libreto explora las diferencias entre la verdad que se palpa de cerca y la justicia que se aplica desde la distancia, una dicotomía que Sorrentino resuelve con encuentros directos entre los representantes del estado y los reclusos. La visita de Dorotea a la prisión donde aguarda Isa Rocca, la mujer condenada por homicidio, revela a una persona áspera pero lúcida, capaz de diagnosticar la vida vacía de su visitante con una precisión quirúrgica. Este choque entre el protocolo oficial y la crudeza carcelaria desmorona las certezas de la jurista, que comienza a replantearse su dedicación exclusiva al servicio de su progenitor. Por otro lado, la negativa del presidente a aplicar la eutanasia a su caballo enfermo, un animal llamado Elvis, establece un paralelismo evidente con el debate legislativo sobre el final de la vida, mostrando la contradicción entre sus convicciones teóricas y su incapacidad práctica para dejar marchar. La amistad de De Santis con el sumo pontífice, un hombre sereno de raza negra que se desplaza en moto por el Vaticano, aporta conversaciones sobre la levedad del ser y el peso de la soledad, aunque el líder religioso evita consuelos fáciles para señalar la falta de alegría en la rutina del político.
La puesta en escena de Sorrentino alterna la grandiosidad institucional con la vulnerabilidad más privada, como las escapadas del presidente a la azotea para fumar a escondidas, vigilado por su jefe de seguridad, el coronel Labaro. Estos momentos, filmados con las luces nocturnas de Roma como telón de fondo, muestran a un mandatario que se permite confidencias prohibidas mientras su hija controla su dieta y le niega el tabaco. El director inserta rupturas estilísticas propias de su catálogo, como una banda sonora de tecno que acompaña la enumeración de las funciones constitucionales o un momento en el que De Santis canta rap de un artista italiano, detalles que impiden que el relato caiga en la solemnidad. El humor corrosivo de Coco Valori, que abandona una cena por el escaso tamaño de la ración de pescado, inyecta aire fresco a un personaje principal que tiende al mutismo y la repetición de rutinas. Sin embargo, el tratamiento de los dilemas morales resulta menos afilado que en otras obras del cineasta, pues los acontecimientos que empujan al presidente a tomar partido sobre la eutanasia se resuelven con una sencillez que desentona con la complejidad del asunto planteado.
El resto de personajes orbitan alrededor de De Santis con funciones claramente definidas, desde el hijo músico que vive en Montreal, símbolo de la libertad que el presidente nunca se permitió, hasta el amigo Ugo, cuya ambición política queda retratada en su intento de influir en los indultos para ganar favores. La evolución del protagonista no implica un cambio radical en su personalidad, sino una aceptación gradual de que la certeza absoluta resulta inalcanzable, una enseñanza que Sorrentino aplica tanto a la gestión del estado como al gobierno de los afectos. La secuencia del presidente portugués caminando bajo la lluvia torrencial mientras la alfombra roja se enrolla por el viento sirve como metáfora visual del ridículo al que se exponen las instituciones, observada por un De Santis que pregunta si él mismo aparenta esa misma decrepitud. El desenlace evita los discursos grandilocuentes y apuesta por una procesión discreta por la calle Condotti, acompañado de un perro robot de la policía, un detalle que equilibra la tradición del cargo con la absurdidad de los tiempos modernos. La dirección de actores de Servillo, que comunica la pesadumbre de un viudo y la rigidez de un jurista con mínimos movimientos, sostiene un relato que en manos de otro intérprete habría naufragado por la pasividad del personaje central.
La amistad femenina de Coco Valori emerge como la única voz capaz de sacudir la modorra existencial de De Santis, revelándole los secretos que su esposa guardó en vida y liberándolo de una obsesión de cuarenta años. Este giro argumental conecta la idea del perdón judicial con el perdón personal, ambos enmarcados bajo el mismo término italiano ‘grazia’, que da título a la película. Los encuentros con los familiares de los presos muestran un prejuicio de clase incómodo, retratados con desaliño frente a la opulencia del palacio, una contradicción que Sorrentino no termina de explorar a fondo. La relación entre Dorotea y su hermano Riccardo aporta un contraste generacional sobre el cuidado de los padres ancianos, una tensión filial que la cámara trata con una contención poco habitual en el cineasta. El resultado final propone una reflexión sobre el poder como una jaula dorada, donde las decisiones más relevantes no se toman en los despachos oficiales sino en los márgenes, entre el humo de un cigarrillo prohibido y la confidencia de un viejo amor.
Crítica elaborada por Estela Schiaffino
