Una niña observa la ciudad a través de un caleidoscopio mientras llega por primera vez a Taipei. Esa imagen, que abre 'La chica zurda', introduce la mirada que recorre toda la película de Shih-Ching Tsou, un relato que transforma la rutina de tres mujeres en un retrato claro y contundente sobre la desigualdad familiar y económica en la capital taiwanesa. La directora construye la historia desde la cercanía, sin recurrir a la grandilocuencia ni al dramatismo excesivo, y consigue que cada detalle, desde la forma en que se ilumina un puesto del mercado hasta el tono de una conversación, revele un aspecto concreto de una vida marcada por la precariedad. Su forma de dirigir combina la observación directa con una puesta en escena precisa, que permite entender los vínculos y tensiones entre los personajes sin necesidad de subrayados. A través de la cámara ligera, siempre en movimiento, el espectador entra en un espacio que se siente real, lleno de ruido, comercio y contradicciones, donde las calles se convierten en el reflejo de una sociedad que exige sacrificios constantes a quienes intentan sobrevivir.
Shu-Fen, interpretada por Janel Tsai, regresa a Taipei con sus dos hijas después de varios años lejos de la ciudad. Instala un pequeño puesto de fideos en el mercado nocturno y se enfrenta a un entorno laboral competitivo y precario, donde cada venta supone un esfuerzo. Su hija mayor, I-Ann, busca independencia trabajando en un puesto de venta de betel nut, un negocio popular en Taiwán que mezcla sensualidad y explotación económica, y su hija pequeña, I-Jing, empieza a entender el mundo a través de las supersticiones que escucha de los adultos. A partir de esas tres trayectorias, la película construye una estructura clara donde cada personaje refleja una etapa diferente de la dependencia familiar: la madre agotada por la carga económica, la hija adolescente atrapada entre el deseo de libertad y la falta de opciones, y la niña que asimila las ideas heredadas sin comprender su alcance. El guion, firmado por Sean Baker junto a Tsou, ordena esas líneas narrativas sin artificios, de modo que los conflictos surgen de situaciones concretas, reconocibles, que muestran con precisión cómo se perpetúan las jerarquías dentro de una familia.
La superstición que define a I-Jing funciona como el núcleo moral de la película. Su abuelo le dice que usar la mano izquierda es un signo del demonio, y esa afirmación se convierte en un peso que condiciona su conducta. La niña empieza a robar pequeños objetos en el mercado, convencida de que esa mano, considerada impura, la impulsa a hacerlo. La directora utiliza este hilo narrativo para mostrar cómo las creencias tradicionales continúan moldeando la mentalidad de generaciones enteras, incluso en un entorno urbano que aparenta modernidad. La superstición actúa como un reflejo de las estructuras de poder: la palabra de un adulto, la autoridad familiar o la presión social determinan el comportamiento de los personajes sin dejar espacio para la autonomía. Tsou filma a la niña con respeto y distancia, evitando el sentimentalismo y mostrando su aprendizaje como un proceso de adaptación a un mundo que castiga la diferencia. En esa mirada se percibe un análisis claro de cómo las ideas antiguas sobreviven bajo nuevas formas y siguen condicionando la identidad de quienes crecen entre ellas.
La película se apoya en un trabajo visual muy cuidado, a cargo de los directores de fotografía Ko-Chin Chen y Tzu-Hao Kao, que logran convertir la ciudad en un escenario vibrante, lleno de movimiento. Las luces de Taipei, con sus reflejos sobre el asfalto mojado y los carteles luminosos del mercado, crean una sensación constante de vida que contrasta con la precariedad de los personajes. La cámara se sitúa a menudo a la altura de la niña, lo que ofrece una visión directa de la ciudad como un territorio enorme y confuso, mientras en otras escenas adopta una distancia mayor para observar las discusiones entre la madre y la hija adolescente. Esa alternancia permite que la película combine la energía del entorno con la tensión íntima del hogar, logrando que ambas dimensiones se complementen. La edición de Sean Baker, precisa y contenida, marca un ritmo que mantiene la atención sin recurrir a artificios. En la secuencia de la celebración familiar, la narración alcanza un punto de máxima tensión: los secretos acumulados emergen de manera abrupta, mostrando la fragilidad de los lazos familiares cuando se enfrentan a la verdad social y económica.
El retrato de las tres generaciones de mujeres plantea una lectura política que se expresa de forma directa. Tsou muestra cómo las relaciones familiares reproducen la estructura de poder de la sociedad: la abuela mantiene un papel de autoridad que repite los valores patriarcales que la oprimieron, la madre asume la responsabilidad económica como una obligación moral y la hija intenta escapar del mismo ciclo con los recursos que tiene a su alcance. La directora describe la desigualdad a través de hechos concretos: pagar un funeral en lugar de la renta, aceptar un trabajo degradante para obtener independencia o educar a una hija repitiendo las reglas aprendidas. A través de esos comportamientos, la película enseña cómo la jerarquía social se mantiene por costumbre, por miedo o por necesidad. En ese sentido, 'La chica zurda' comparte con autores como Edward Yang o Hou Hsiao-hsien una atención constante a los efectos del crecimiento urbano y a las consecuencias morales del progreso económico.
La interpretación de las actrices resulta fundamental para sostener ese equilibrio. Janel Tsai aporta a Shu-Fen una mezcla de cansancio y determinación que transmite la rutina de una mujer que carga con una responsabilidad desmedida. Shih-Yuan Ma, como I-Ann, encarna la tensión entre la rebeldía y el desencanto de quien descubre que la independencia prometida por la ciudad se apoya en concesiones permanentes. Nina Ye, en el papel de la niña, combina ingenuidad y curiosidad con una intensidad que da forma a la parte más inocente del relato. La dirección confía en ellas para transmitir los conflictos a través de acciones concretas: una conversación cortada a la mitad, un silencio en el mercado o un paseo en moto bajo las luces de la ciudad. Cada escena se mantiene fiel a la idea de que la supervivencia se construye en lo cotidiano y que el afecto puede expresarse incluso en medio de la tensión. Distribuida por Avalon en España, 'La chica zurda' consolida a Tsou como una directora capaz de retratar con precisión las contradicciones sociales y familiares de su país.
