Cine y series

La buena hija

Júlia de Paz

2026



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Júlia de Paz Solvas, tras su primer largometraje 'Ama', regresa con una historia que nace de la expansión de su propio corto 'Harta'. La cineasta, que también colaboró en los guiones de la serie 'Querer', construye un relato donde la mirada de una adolescente se convierte en el filtro principal para examinar las grietas de una familia rota por la separación y la sombra de la violencia. La película se presentó en el festival de Tallín, donde obtuvo el premio del público y a la mejor película, un espaldarazo que llamó la atención sobre una propuesta que evita los grandes aspavientos para centrarse en la complejidad de los vínculos dañinos. La directora opta por un punto de vista restrictivo, el de la hija, y desde ahí explora hasta dónde puede llegar la lealtad de una niña hacia un progenitor que muestra una doble faz difícil de encajar.

La trama sigue a Carmela, una chica que vive con su madre y su abuela después del divorcio de sus padres. El padre, un pintor de carácter expansivo, recibe a la hija en visitas supervisadas en un centro especial. Lo que parece una relación cariñosa se va tiñendo de pequeñas incomodidades, de comentarios fuera de lugar y de una tensión que el espectador percibe antes que la protagonista. El conflicto central reside en la dificultad de Carmela para conciliar la imagen del padre idealizado con los indicios de un comportamiento agresivo y manipulador. La película avanza hacia un punto de inflexión que obliga a la chica a tomar una posición en un tribunal, una secuencia que muestra la presión de un sistema que pide a los menores decisiones para las que no están preparados. La directora no desarrolla apenas la figura de la madre, una mujer serena que ejerce como sostén, para concentrar toda la energía dramática en el carisma peligroso del padre y la confusión de la hija.

Los personajes funcionan como piezas de un engranaje donde cada una ocupa un lugar definido. Kiara Arancibia, debutante, carga con el peso de la cámara y refleja esa mezcla de admiración y miedo a través de una mirada que vigila cada movimiento del padre. Julián Villagrán compone a un hombre simpático y voluble, capaz de pasar de la broma a un silencio amenazador en un instante, una interpretación que muestra al maltratador sin necesidad de subrayados groseros. Janet Novás, como la madre, representa la contención y el aguante, una mujer que sabe más de lo que dice y que protege sin aspavientos. Petra Martínez encarna a la abuela, esa figura que prefiere ocultar los problemas para mantener las apariencias, un recurso familiar que perpetúa el silencio. Las amigas de Carmela aportan los momentos de respiro adolescente, con conversaciones sobre besos en ascensores que contrastan con la gravedad del hogar.

La dirección de De Paz se caracteriza por una puesta en escena elegante y cercana, con la cámara al hombro que sigue a la protagonista como si fuera su sombra. La cineasta emplea una sutileza calculada: el plato que se estrella contra la pared en la primera secuencia anuncia la violencia sin mostrarla del todo, y las llamadas de las amigas para confirmar que se ha llegado sana y salva a casa dibujan un protocolo de seguridad no escrito. La película prefiere sugerir antes que explicar, aunque ese hermetismo juega en su contra en el apartado legal. El espectador supone la existencia de una orden de alejamiento y de unas visitas tuteladas, pero la falta de concreción sobre el estado judicial del caso deja algunas secuencias, como la comparecencia ante el juez, con una carga de extrañeza que la directora no termina de resolver. Esta opción, válida por mantenerse en el punto de vista de la chica, resta información al público para evaluar las virtudes o deficiencias del sistema de protección.

Las implicaciones sociales de 'La buena hija' resultan evidentes. La película se inserta en el debate sobre la violencia machista y, más concretamente, sobre el daño a los menores expuestos a ella. La gran pregunta que la sociedad se ha formulado sobre si un maltratador puede ser un buen padre atraviesa cada escena. De Paz muestra que el carisma y el cariño aparente no borran el fondo violento, y que los hijos suelen quedar atrapados en una lealtad dividida. La obra también critica la presión judicial sobre los menores, obligados a elegir entre dos progenitores en un proceso que escapa a su madurez. La abuela representa esa vieja escuela del “los trapos sucios se lavan en casa”, un obstáculo generacional para afrontar los abusos. La película no llega al grado de tensión de un thriller social como el que firmó el cineasta galo sobre la custodia compartida, pero mantiene una crudeza contenida que evita el efectismo.

El guion, escrito junto con Nuria Dunjó, presenta un equilibrio frágil entre los momentos de complicidad paterna y las señales de alarma. La primera mitad construye una ambigüedad necesaria para que el espectador dude junto a Carmela, mientras que la segunda mitad decanta la balanza hacia el rechazo. El problema aparece en algunas escenas que resultan forzadas, con diálogos que explican en exceso lo que la imagen ya ha mostrado, como si la directora desconfiara de la capacidad de observación del público. La reiteración de ciertas situaciones, como la tensión en el coche durante los trayectos de vuelta, resta eficacia a un conjunto que gana enteros en sus silencios y en sus planos cerrados sobre el rostro de la protagonista. El metraje de 101 minutos se siente adecuado, aunque la parte final pierde algo de impulso al optar por un desenlace agridulce que deja abiertas varias heridas. La película funciona como un retrato de la confusión adolescente ante un padre tóxico, un tema que el cine español ha abordado en contadas ocasiones con esta perspectiva femenina y generacional.

Crítica elaborada por Emma Castillo

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